Archivo | mayo, 2011

La tierra del cliché

31 may

Portlandia arranca con un número musical. Eso me hizo sospechar muchísimo, primero porque los musicales no son de mi preferencia, y segundo porque el tema hablaba de lo que pasaba en los ´90 en Estados Unidos y temí que la serie fuera total y absolutamente localista. Pensé que me quedaría afuera de todos los chistes.

Bueno, no. El musical con el que arranca Portlandia no es en realidad un manifiesto explicativo de la serie que vamos a terminar viendo. Pareciera una licencia poética: hablar de los clichés de hace quince o veinte años cuando, en realidad, la serie trata de los clichés de hoy.

De qué la va: sketches. Pequeños videos de entre dos y tres minutos que atacan a todas las tribus urbanas que podamos imaginarnos. Hypsters. Geeks. Hippies. Punks. Fundamentalistas de la decoración. Ciclistas. Feministas. Vendedores de celulares. Parejas progres. Dos o tres minutos que plantean el cliché y lo destrozan. Y tal vez en el planteo del cliché esté el problema: está todo tan hiperbolizado que el efecto se pierde, se vuelve previsible: las feministas son todas lesbianas, los hippies caminan por la calle hablándole a las plantas, los punks gritan y los vendedores de celulares marean con tantas opciones de planes.

Fuera de ese detalle, y como toda serie de sketches, tiene momentos grandiosos y momentos para aprovechar e ir a calentar el agua para el mate. Me quedo con los grandiosos porque me sacaron carcajadas (los fanáticos de la comida orgánica que viajan hasta la granja donde se crió el pollo que van a comerse para ver si realmente se crió con toda la libertad que la camarera afirma), y porque en ciertos casos, la exageración extrema está perfectamente utilizada (en este sentido colabora la edición de ciertos segmentos, atenti al video que pongo abajo). Suman (y mucho) las participaciones especiales de Kyle MacLachlan, Aubrey Plaza, Steve Buscemi, Selma Blair (que está más linda que nunca), Jenny Conlee (de The Decemberists) y Gus Van Sant (entre muchos más), y en especial las actuaciones de Aimee Mann y Sarah McLachlan haciendo de empleadas domésticas de la pareja progre que las admira pero al mismo tiempo les hace notar que no limpiaron bien la cocina.

Voy a terminar de ver el último capítulo de la temporada y voy a esperar a que salga la segunda (falta mucho, algo así como siete meses) porque a pesar de las fallas en ciertos segmentos, hay algo que no puedo negar: la pareja protagónica (Fred Armisen y Carrie Brownstein) me parece excepcional.

Sus deseos son órdenes

30 may

“Escuchame, Carlutti-Pareja estaba demudado-. ¿Cómo no me dijiste que tenías semejante verga?

-No sé…, Roberto-vaciló Carlutti-. Nunca salió el tema.

En Carlutti y Pareja (Mansalva, 2010) Ricardo Strafacce logra algo bien difícil: el manejo del humor en diferentes registros y en sus distintas variantes (slapstick, juegos de palabras, escatológico, costumbrista) dentro de una construcción ya de por sí absurda y grotesca.

Los personajes (un escritor de cierto renombre, su secretario loser y decadente) son una versión argentina de Muertos de Risa, la película de Alex de la Iglesia. El escritor (Pareja), un tipo narcisista y perezoso (sobre todo perezoso: es interesante que como personaje principal duerma la mona buena parte de la novela) se dedica a humillar, agredir verbalmente y someter impunemente a su secretario (Carlutti), cuando no a ignorarlo por completo. Lo que en parte desbarata esa relación de amo y esclavo es un elemento que ya fue señalado como lamborghiniano en una buena reseña: la tremenda verga de Carlutti.

Lo fálico, el desborde orgiástico, lo argento (asado, vino, gatos de Barrio Norte), todo eso se combina en una trama que no da respiro y entretiene sin muchas vueltas, con grandes y muy graciosos aciertos de oralidad (“tarúpida”, “cerapio”). Tengo que decir que promediando más de la mitad del libro (en un cierre que algunos compararán a los finales abruptos de Aira) me reí a carcajadas en el asiento de un colectivo. Cuando empieza a desplegarse el pragmatismo del escribano frente a la catástrofe consumada en su quinta, cuando el cinismo despiadado de Pareja (son geniales sus peripecias para evitar practicarle sexo oral a una de las chicas) se pone en marcha, y todo va cuesta abajo a una velocidad de novela de aventuras, el texto activa un humor negro que termina por estallar lo poco de verosímil que quedaba, y se despide con un diálogo encantador entre maestro y discípulo que me dejó con una sonrisa idiota el resto del viaje en el 110.

Se sabe: una de las pruebas más complicadas para el escritor es hacer funcionar lo humorístico sin caer en los lugares comunes ni pecar de ingenuo. Y Strafacce, de más está decir, aprobó con sobresaliente.

Me gustan, son divertidos

26 may

Lo que me sucede cada vez que quiero escribir algo sobre música, es lo siguiente: no sé qué carajo decir. Todo mi discurso musical se compone de: “me gusta” (y sus variantes “me encanta”, “amé”, “copado”), “no me gusta” (lo mismo: “asco”, “odié”), “me divierte” y “me aburre”. Eso, y tal vez alguna similitud con algún otro músico o grupo que conozca, es todo lo que puedo decir sobre lo que sea que esté escuchando.

Por ejemplo, hace casi un mes se me ocurrió venir a recomendarles “Squirrel Nut Zippers”, una banda que se formó en 1993 en North Caroline y que desde el momento que la conocí me cautivó por completo. Y el retraso de la recomendación se debe, precisamente, a lo que explicaba más arriba: lo único que puedo decir de Squirrel Nut Zippers es: me encanta. Me divierte.

No sé bien por qué me encanta y me divierte, y supongo que en ese misterio reside todo mi amor: hacen, en pleno siglo XXI, música de los años ´30, y no sólo hacen esa música sino que además se visten como en los años ´30, hablan como en los años ´30, tienen videos ambientados en los años ´30 y todo, absolutamente todo lo que los rodea, parece una puesta en escena que se extiende sobre y más allá del escenario.

Me gustan los Squirrel Nut Zippers porque son lúdicos. Porque juegan a vivir en otra época (aquí quedaría resolver si lo hacen porque aman los años ´30 o porque odian la actualidad). Me divierte que en todas las fotos salgan ¿disfrazados? ¿metidos en el personaje?. Y porque juegan tan bien es que cada vez que los escucho yo también me animo a jugar con ellos, y cada vez que alguien me pregunta “¿Qué es esto que escuchamos” yo contesto “Los Squirrel Nut Zippers, me encantan, son divertidos, escuchalos”.

El triplete nacional: 3) Un Cuento Chino

23 may

Un cuento chino

Si el cine argentino alguna vez tuvo sueños de ser mainstream, convocante, de funcionar de boca en boca, se puede decir sin ánimo a equivocarse, que aunque sin la fuerza millonaria del país del norte, ésto se materializó estos últimos años alrededor, no de un director, sino de un actor: Ricardo Darín. Las causas parecen difíciles de deducir. No se le resta ningún mérito a las películas que protagonizó. Pero o tiene una buena estrella guiándolo éxito tras éxito, o justo su perfil encaja con los personajes que pueblan, casi en exceso, la actual industria cinematográfica nacional. Puede ser una combinación de ambas sumado a su capacidad de representar y actuar como nadie el imaginario argentino, todo aquello que los que argentinos creen que son los argentinos.

Por eso no es extraño que desde ese lugar arranque Un Cuento Chino. Desde el costumbrismo, desde la identificación, no propia, sino barrial,  de la mirada que se tiene sobre el otro, sobre los lugares comunes que por ser tan reales son vistos casi como ley, como una verdad científica que no admite duda. El ferretero que interpreta Darín es mal humorado, maniático, solitario pero buen tipo, al que todos quieren aunque de cada diez frases, ocho sean una puteada. Es el tipo, también, al que le repiten que no es bueno que el hombre esté solo, y para el que su diariero de confianza tiene una prima de la esposa para servirle en bandeja. Por un extraño giro del destino se cruzará con Jun, un chino que no habla español.

El mayor merito de Un Cuento Chino es que da un paso más allá. No se queda en el costumbrismo oscuro e intencionalmente afrancesado del ya viejo nuevo cine argentino o en la falsa y sobreactuada representación a lo Pol-ka, sino que confía en la historia, en la ficción. Se permite los giros, las situaciones en el límite de lo creíble. Esto no es nada nuevo para su director, Sebastián Borenztein, quien siempre se permitió jugar y confiar en la narrativa de estructura que no por clásica deja de ser efectiva. Como lo hizo en su creación para televisión, Tiempo Final. Se toma el tiempo necesario y exacto para construir personajes y situaciones, cosa que no había salido tan redondita en su película anterior La Suerte Está Echada. Por eso resulta un tanto extraño que a algunos chistes no le de el espacio para desarrollarse y crecer y que a veces parece no confiar en el lenguaje cinematográfico (o en el público) y necesita ponerlo en palabras que en boca de los personajes suenan un poco forzadas. Pero igual Un Cuento Chino sobrevive, con honor, tiene la medida justa para que estos errores se diluyan entre tantos aciertos. Como la presencia de Muriel Santa Ana que seduce desde la voz y emanando esa frescura e inocencia que se supone tiene la gente del interior de nuestro extenso país. Con el chino, que arrasa con la fuerza de los gestos. Con los personajes secundarios que dicen una sola frase, certera. Todo cierra entonces y se concluye que Sebastián Borenztein puede ocupar su merecido lugar de gloria junto al espacio vacío dejado por ese otro gran contador de mentiras que supo ser Fabián Bielinsky.

El triplete nacional: 2) Los Marziano

19 may

Es un poco arriesgado decir que Ana Katz actualiza un género dentro del cine nacional, sobre todo si se piensa que en ese género cabría, por ejemplo, Esperando la Carroza.

Pero vamos a intentarlo.

La comedia doméstica, los enredos de familia que a veces rozan el drama, la argentinidad de un almuerzo familiar, el pariente que está adentro (Capital, burguesía decadente) y el que está afuera (el Interior, pobres pero pintorescos), todo eso que se vio tanto y en diferentes envases: lavado, previsible, sensiblero (Burman, Campanella); ramplón y furiosamente comercial (Papá se volvió loco) o artificioso y medido hasta lo cool (Los Paranoicos).

Los Marziano es una película superadora por varios motivos, que no deberían sorprender a nadie, pero cuesta bastante encontrarlos tan bien encastrados y dosificados en algo de lo que se filma acá por estos días. Ahí van:

  1. Un uso perfecto de la billmurrayzación de actores: es el caso de Arturo Puig, que está de vuelta de su pasado de galán (el opuesto femenino de esto es Encarnación),  y literalmente le pone el cuerpo a la cosa, sus kilos de más, sus arrugas de fastidio, aunque por momentos los diálogos le salgan con poca soltura.
  2. Un conflicto clásico bien explotado. Hermanos peleados, uno en buena posición económica; el otro, un buscavidas de mochilita. Pero en vez de recurrir a golpes bajos y lugares comunes, de enfrentar a media familia contra la otra mitad, la película va por otro lado, se apoya en dos historias que corren paralelas sin preocuparse por resolver nada. Porque, por supuesto, no hace falta: la lección para el alumnado cinéfilo es que una trama se sostiene con un buen surtido de escenas bien logradas (Puig con grito cavernícola tirando al agua a un grupo de chicas).
  3. Dirección de actores. Todas las críticas que leí mencionaban el trabajo con el elenco, y está bien que sea así: Katz deja afuera los desbordes, la histeria, el griterío, la puteada fácil (o sea, Esperandola Carroza), los tics de cada personalidad (lo grotesco y visceral de Rita Cortese, afuera; el rictus pavote e insulso de Hendler, afuera).
  4. Francella. Al lado de Francella (ya que lo mencionamos antes) Bill Murray es un actor perezoso y chanta. ¿Cómo? ¿Me fui a la mierda? Puede ser. Pero Francella no hace de su cara un molde de circunstancia existencial que si lo mirás un rato invita a una risa amarga (lo que de todas formas no es poca cosa). Francella, en contra de toda su carrera, actúa. No es un amontonamiento de gags o muletillas del porteño pajero. Ni cerca. Compone un personaje border y lo hace desde la forma de caminar hasta cómo reacciona ante las irritantes intervenciones de su hermana. Y ni que hablar de las dos consultas a los médicos, donde unas pruebas de motricidad resultan a la vez graciosas y angustiantes, donde nunca pero nunca es el actor que conocíamos. Un gran momento de la película: Francella prende un cigarrillo y le habla a la hermana desde el sillón. Como ella no lo escucha, se tiene que parar y subir la voz. Suelta las líneas de diálogo con una naturalidad impresionante, metiendo las pausas y las inflexiones con un timming perfecto y, con ese ritmo y en el mismo tono, con la liviandad y ambigüedad de su personaje, cierra haciéndole un comentario despiadado a una Rita Cortese que lo odia en silencio.

En definitiva, la película entretiene. Divierte. Hace reír a veces a carcajadas, a veces con cierta incomodidad. La puede ver un estudiante de cine (sacudiéndose los prejuicios que pueda tener de sólo mirar el póster), tu mamá o tu hermano. Y a todos les va a gustar. Aunque por alguna razón que tendrá que ver con los misteriosos y gastados recovecos de la industria cinematográfica o con el gusto promedio o el bolsillo de los espectadores, a Los Marziano no le está yendo bien. Pero ese es otro tema.

El triplete nacional: 1) Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo

17 may

Otro homenaje de Cohn y Duprat al mejor narrador oral de la Argentina. No sólo está basada en un relato suyo: Laiseca es parte de la película. Y hace de él; no de contador de historias tenebrosas ni de loco fumador compulsivo que mira a cámara y habla con la seguridad pícara del que la tiene muy clara. Laiseca escritor cuenta detalles de la trama -agregándole condimentos propios: vozarrón, acidez, una forma hasta de meter la puteada- con una biblioteca a su espalda, y sin muchas morisquetas. A veces también su voz en off se intercala con la del protagonista (un Emilio Disi impecable).

Entonces, repito, por las dudas: la película es el cuento de Laiseca adaptado, con un  guión lleno de aciertos -a los que ya los directores nos tienen acostumbrados- pero que funciona como una puesta en escena del texto (que si quieren saber de qué se trata, acá) a la que se le ven todas las costuras: dos partes bien marcadas, con conflictos claros y desenlaces, un bache en el medio (algo que en el relato seguramente es una elipsis bien lograda y necesaria), y con intervenciones que en cualquier otra película (que no sea documental) sobrarían (aunque hay que decir que Laiseca siempre, siempre te saca una sonrisa). La escena del chico que mira a su padre cortar el pasto encuentra sentido sólo en la explicación que  da después el escritor sobre por qué la incluyó en su cuento (un gran momento del autor, que pese al humor deja bien en claro el odio hacia su padre y los mecanismos que pueden llevarnos a escribir algunas cosas).

Sí, ya lo dijeron, tenían que decirlo (después no se quejen si Diego Rafecas pide a gritos de facebook la prohibición de los críticos de cine): la película no es tan redondita como El hombre de al lado. Pero las líneas de diálogo, en su mayoría, funcionan a la perfección. Hasta Darío Lopilato se luce (sobre todo en la escena en que es lapidario con una novia pueblerina a la que deja). Poncela está correcto, no es el gallego histérico y drogón que recordamos de algunas películas (Martín Hache). El resto del casting no tiene fisuras: la mujer de Emilio Disi es simplemente increíble. Y hay grandes frases, de ésas que todavía te hacen reír cuando ya saliste del cine (sólo en el Gaumont) y estás comprando empanadas fritas en La Americana (continuará…).

La Belleza Calculada

17 may

Es imposible no sospechar. O tal vez solo sea un poco de envidia oculta. Cuando alguien es bonito y talentoso uno suele preguntarse por qué a unos tanto y a otros tan poco. Y nos defendemos tratando de encontrarle defectos. Como cuando sale alguna nueva boy band nunca falta el que dice “todos putos” y “no cantan ellos”. Además todos estamos apiolados de que existen asesores de vestuario, asesores de imágen, publicistas, jefes de prensa y ladrones varios que se ocupan de presentar a todo aquello que genere la sospecha de ser una futura superstar con una natural pero visible y paradójicamente forzada elegancia, rebosante de coolness.

Y ahora tenemos a Kimbra. Kimbra Johnson. Neozelandesa. Dicen que es singer, songwriter y dancer. Dicen también que se dedica a los géneros soul, alternative y jazz. La verdad es que es tan morocha que tranquilamente podría ser de por acá, de Villa Crespo, ponele, que se compra la ropa en Palermo, en el local de una amiga que es diseñadora de indumentaria. A ella todo le queda bien, además, diría una vecina, mientras nos pasa el mate. Su disco debut salió hace poco. Se llama Vows. Claro está, su primer hitazo se tira para el lado del pop, lo cual nos hace sospechar que el ejército marketinero del que hablábamos al principio está haciendo su tarea. Sea así o no, la cosa parece funcionar. Ella canta, con un vestidito negro, unas nenas atrás haciendo una rara coreografía. Y la canción se te pega.

 

Y ya se viene el segundo. Más vestiditos, mas nenitas, más coreografía y agregamos muchachos.

 

La sospecha se hace certeza: esto está fabricado. No puede ser todo tan perfectito. Hasta que la escuchas en vivo, con la banda atrás. Parece que sí, cualquier porquería que se ponga le queda bien. Y corriendo el tan menospreciado velo del pop, aparece su voz, profunda y juguetona que le debe mucho a Regina Spektor. Te resistís pero la sospecha se diluye: parece que tiene talento, nomás. Y buen gusto: su MySpace dice que ahora está escuchando a Young Men Dead. Y entonces sí, el lamento, una vez más: por qué algunos tanto, Señor Nuestro, y otros, tan poco.

El combo de las calderas ardientes

13 may

Dos hermanos.

Habría que arrancar por los Carpenters. Richard y Karen, que metieron unos hitazos en los 60´s y después vino la anorexia fulminante de ella –muerta a los 32- y la adicción de él a una sedante hipnótico extrañísimo (quaaludes).

La junta de dos hermanos (nena/nene) no es algo tan común en el mundo del pop/rock. Los Beach Boys no cuentan porque eran todos hombres. Por eso Jack y Meg White ocupan el primer lugar del podio de la hermandad rockera, y en su momento fueron lo cool. Vale aclarar que Jack no se quedó ahí. Superó las expectativas de todos, incluso las de su hermanita, que desde la batería lo ve crecer, multiplicarse y convertirse en el (¿único?) referente actual del rock crudo, un paso adelante de lo garage: guitarras poderosas, bajo, batería y estribillo.

Están los nuevitos Sleigh Bells, que copiando el modelo nena/nene confundieron a todos pero no, no son hermanos (aunque también: ellos son tan cool).

En el 2004 (hace 500 años) hubo un disco que se llamó “The Blueberry Boat” (Rouge Trade, 2004). Trece temas de entre los cuales por lo menos cinco superan los 5 minutos y llegan a 8, 9, o pasan los 10. Además de canciones de una duración anticomercial, el disco de los Fiery Furnaces es un cambalache de estilos fusionados y estribillos pegadizos que duran lo que Eleanor y Matt Friedberger quieren; un zapping musical frenético, como si estuvieran haciendo el Odelay del futuro.

Súper recomendable (si hace 500 años escuchaste cualquier otra porquería) “The Blueberry Boat”. Si yo tuviera que vender esta banda a alguien que no los conoce, el combo increíble que arman con 1 solo tema, lo haría escuchar Mason City. Canta ella, canta él, hay una balada con arreglitos electrónicos, hay explosión de guitarras, un detenimiento, y después cierra la voz encantadora de Eleanor entre un piano y una calma engañosa, hasta que viene la distorsión.

Componen bien, los Friedberg. A veces no controlan tanta creatividad hiperactiva , y se van al carajo. Los discos Rehearsing My Choir (cantan con la abuela), Bitter Tea y Take Me Round Again (se versiona entre ellos: mismo tema cantado primero por uno, después por el otro) son, en su mayoría, infumables.

La posta, la vuelta a la desmesura que nos gusta, las canciones-combo que uno nunca puede memorizar del todo, adivinar cómo siguen, es Widow City (Thrill Jockey, 2007). Tiene la densidad de un disco conceptual pero con sus buenos toques pop (“But she means nothing to me now, i tell myself that everyday”), y la escucha es exigente sin ser soporífera: 16 temas interminables, adictivos, barrocos. Y, por qué no, alegres, para arriba.

Cabellera Salvaje

12 may



Siempre se debe felicitar a todo aquel que convierte cualquiera de sus debilidades en una verdadera fortaleza. Ya desde joven notamos que Nicolas Cage no era el muchacho más agraciado del barrio. Tiene un inamovible gesto de preocupación en la cara y por la extraña y pajosa textura de su pelo nunca fue elegido para ser la nueva imagen de un champú, ni siquiera anti-caspa. Pero eran los ochenta, tenía a su favor la juventud, que siempre minimiza cualquier defecto y se filmaban muchas películas de high school norteamericana donde sobraban personajes que se destacaban por no encajar en los cánones habituales de belleza. Así fue como en sus comienzos apareció en la mítica Fast Times at Ridgemont High, donde entre otras cosas, empezamos a querer mucho a Sean Penn y Judge Reinhold protagoniza una de las más memorables escenas de vergüenza masculina jamás filmada. Sin muchas escalas filma con Francis Ford Coppola, La Ley dela Calle, junto a otros futuras estrellas. Entre ellas, Matt Dillon, quien curiosamente nunca supo capitalizar del todo la facha que Dios le dio. Un par de películas más, buenas pero olvidables como Adiós ala Inocencia y Cotton Club. Su primera punta de estrella aparece con Birdie, de Alan Parker. Pero como siempre suele ocurrir, para confirmarse como actor serio empieza a protagonizar intragables dramas históricos como The Boy in Blue, donde Nicolas luce su mejor cara de boludo. Vuelve con Coppola en Peggy Sue got Married. Acá es donde empieza su edad de oro. Donde acepta su poca gracia y se convierte en el adorable perdedor de espíritu trash que el cine estaba necesitando: Arizona Baby, Hechizo de Luna, Vampire’s Kiss y toca(mos) el cielo con las manos cuando se convierte en Sailor Ripley en Corazón Salvaje. Inmediatamente después empieza a aparecer afeitado, peinado con mucho gel y cara de matador en más de cuatro películas que ni vale la pena mencionar. Ya en el borde del precipio filma la inexplicable ¿comedia? Guarding Tess. Lo vemos en It Could Happen to You y descubrimos que de no haber sido actor, Nicolas había nacido para usar uniforme de policia. No resulta difícil imaginárselo mangueando un par de porciones en la pizzeria de la esquina. Y entonces sí, finalmente, la gloria: Leaving Las Vegas. ¡Cara de borracho! ¡Claro! ¡Nicolas Cage tiene cara de borracho!

No conforme con esto, avanza hacia el terreno que todo actor de Hollywood quiere probar: las películas de acción. La Roca, ese vómito llamado Con Air, la brillante Face/Off y un tiempo después la olvidable 60 Segundos. Evolución natural también es la de investigador, la de ángel caído, de justiciero por error: Ojos de Serpiente, 8 MM, Al límite, Family Man. Y con La Mandolina del Capitán  Corelli confirmamos lo que tratábamos de negar: de ahí en adelante todo es cuesta abajo. Salvo por Adaptation y tal vez por El Señor de La Guerra, la cosa se pone cada vez peor. Peliculas de acción de muchas explosiones 3D que no alcanzan a tapar con el ruido sus nefastas intenciones, injertos capilares monstruosos para películas monstruosas para niños. Y mirá que hay que tener mala leche como para protanizar una de las peores adaptaciones de un comic, que para colmo ahora se viene la segunda parte.

Tal vez la culpa no sea del todo suya y este tratar de estar siempre en lo que “se usa” en realidad solo deja en evidencia cierta decadencia cinematográfica general. Tal vez el futuro lo encuentre con la calvicie asumida, protagonizando el papel de su vida. Pero por ahora parece que Nicolas Cage se está perfeccionando y pretende lograr la maestría en hacer mala elecciones. Peluquero incluido.


No sex without monogamy

11 may

“Tenés que ver el documental”, me dijo Pau. Y me lo dijo a modo de recomendación inversa, como cuando alguien te dice “tenés que ver la entrevista que le hizo Ricardo Fort a Carlos Menem” o “tenés que ver a la niña que enloquece en YouTube porque no puede cantar como Withney Houston”. Acá, en Soltando Monos, somos fanáticos de las recomendaciones inversas. Esas cosas que por inverosímiles, mal hechas o bizarras, no se pueden dejar de ver. El Juan, por ejemplo, siempre recomienda programas periodísticos políticos, especialmente ese cuya escenografía es un avión. El Perro, en cambio, es experto en programación de cable. Yo nunca puedo decir que no a las recomendaciones inversas: son mi debilidad. Y por eso acabo de terminar de ver: “Married in a year”, el documental de Patty Stanger, una casamentera (o, mejor dicho, tercer generación de casamentera, porque su abuela y su madre se dedicaron a lo mismo) que promete la fórmula mágica para, bueno, exactamente eso que dice el título: casarse en un año. Nada más. Nada menos.

Ninguna película en la vida me resultó tan graciosa.

Desde que si te gusta mucho tener sexo nunca vas a encontrar al hombre de tu vida hasta que te conviene hacerte una tarjeta personal para entregar, por ejemplo (y ojo que estoy citando el ejemplo que da la película), a una abuelita que está tejiendo al lado tuyo en el avión y puede tener un nieto interesante, la película de Patty es un océano de estupideces para que vos, mujer soltera que lo único que quiere en la vida es casarse y tener hijos, lo logres en un año. El documental, en realidad, es un show que hizo Patty con un centenar de mujeres desesperadas en la platea, intercalado con algunas escenas de Patty en su fantástica mansión (tirada en la cama en patas, parada en el living o en su cocina impoluta) donde repite una y otra vez que hay que esperar que él te llame. Que sin monogamia no hay sexo. Que si usás un escote prominente no te van a tomar en serio. Que sin monogamia no hay sexo. Que lo mejor es salir con varios tipos a la vez para matar la ansiedad. Que sin monogamia no hay sexo. Que hay que hacer una lista con cinco y solamente cinco características que tiene que cumplir tu futuro marido. Que sin monogamia no hay sexo. ¡Hasta llega a tirar los diez mandamientos a cumplir en una salida!

Está orientado a las que todavía insisten en buscar al príncipe azul y en la búsqueda dejan todas su vida, a aquellas para las que sólo existe un hombre en la tierra que las hará feliz y a ésas que se atoran con un kilo de helado después de cada cita fallida. Por supuesto, tiene grandes momentos, uno de mis preferidos es cuando Patty ayuda a una de las actrices que la acompañan (y van haciendo performances de cada burrada que la profeta declara) a llenar un perfil en una página de citas online. La chica no decide qué foto poner, hasta que llega a una, en la que está con un trago en la mano, sobre la que dice “Acá estoy linda” y Patty la corrige diciendo “¿Vos querés atraer un alcohólico? ¿O querés que los hombres piensen que te emborrachás rápido?”. Patty promete. Te dice que si cumplís todos esos pasos en un año estás casada. Que es tan fácil como proponérselo y hacer todo lo que ella diga. Ella es el camino, la verdad y la vida. Y el casamiento.

Nunca había visto en poco más de una hora tantos clichés pasadísimos de época, extemporáneos y delirantes. Tanto alimento para princesas y príncipes que sólo existen en las ficciones. Nunca había escuchado tantas veces a alguien diciendo cálculo, estrategia y plan, hablando de una relación de pareja. Tantas reglas para el amor. Tantos conceptos machistas en boca de una mujer. Tantas mentiras juntas. Tanto todo.

Desde este humilde espacio lo recomiendo. Lo recomiendo inversamente, para una noche de chicas, para una reunión de amigos, para que en el mundo haya menos mujeres desesperadas por conseguir al hombre de su vida, para entender qué es todo lo que no hay que hacer, para agarrar la biblia de Patty, su promesa de salvación y sus diez mandamientos, y prenderlo todo fuego a carcajadas diabólicas y puteadas en cinco idiomas.

Ah, me olvidaba, un detalle que no quiero pasar por alto: Patty es soltera.

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