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Martha

4 ago

Hay algo en la cadencia de las frases, en su francés perfecto apenas argentinizado, en su inglés correcto pero no tan suelto como el idioma parisino, algo que seguramente tiene un poco que ver con dónde está puesta la cámara y mucho con lo que cuenta, que hace que los monólogos de Argerich (y ella misma) sean por momentos hipnóticos y adictivos. Por eso pasan tan rápido los poco más de 60 minutos de Conversaciones nocturnas (Evening Talks – Conversation nocturne, 2008), de George Gachot. Quizás ocurriría lo mismo si el documental fuera sobre Huxley o Mahler o Mauricio Kagel, pero para eso deberían estar vivos. La fascinación, entonces, puede provenir de que no es fácil encontrarse un genio viviente frente a cámara, descontracturado, hablando sobre su carrera y, lateralmente, sobre muchas otras cosas.

En esas notas al margen está lo más interesante de la película. Sin quejarse del don que posee, sin dramatizar ni un poco, con una melena leonina que avanza sobre su cara (de un negro que vemos volverse gris y que cambia todo, como si de nena grande pasara a ser sabia o bruja), Argerich dispara una anécdota mejor que la otra, y sabe callarse a tiempo y decirle que no a Gachot cuando hace una de esas preguntas sensibleras típicas del enamorado de su objeto de estudio.

Friedrich Gulda fue un pianista austríaco y, además, un personaje esencial en la vida de Argerich. Su primer gran maestro. Después de que ella lo  alaba y habla de él durante un buen tiempo, Gachot le pregunta si Gulda fue como su hermano.

“No. Para nada. Lo admiraba mucho”

Cuenta Argerich que una vez Gulda lo fue a ver a Errol Garner y, cuando terminó de tocar, se acercó al pianista norteamericano y le dijo que lo que hacía era parecido a Debussy. Gardner respondió: “Who´s that guy?” 

A los 9 años, antes de salir a tocar, Martha Argerich se metió al baño y pensó que si se equivocaba una nota se iba a morir. Pero literalmente. Dice que esa presión descomunal era algo espontáno, que le salía de forma natural. “Si sólo fuera placer y alegría sería maravilloso, pero no es sólo eso”.

A los 16 vivía con otra estudiante de piano, en Europa. Dormía de día. Como cuando ella estaba acostada su roomate practicaba el concierto de Prokofiev, lo aprendió de manera subliminal. Y lo aprendió con los errores de la otra. Hoy es uno de los conciertos que más le gusta tocar. “Nunca me jugó una mala pasada”.

A los 17 era una vieja en un cuerpo equivocado. Era miope. En el escenario, con todas las luces enfocándola, el público ahí sentado y ella todavía sin los lentes de contacto que usa ahora, se sentía, dice, un insecto. Mientras estaba en Florencia, leyó El inmoralista, de Gide. Por el impacto que le causó el libro, decidió saber qué pasaba si decidía no ir a tocar. Mandó el telegrama diciendo que se había cortado un dedo. Fueron a verla a su cuarto. Cuando llegaron tenía vendado el dedo mayor y la herida era verdadera. Perdió algunas presentaciones posteriores. Cuenta que lo hizo por miedo a que descubrieran que mentía.

A los 19, en Nueva York, tocó la Partita en Do menor de Bach (con la que le gusta arrancar sus conciertos porque, dice, es como improvisar) y se le acercó un periodista de la  Sound and Fury, una revista de la época especializada en  jazz, a decirle que su Bach tenía swing.

A esa edad (19), no quería aprender nada nuevo. Estaba bloqueada. Porque al aprender algo nuevo podía equivocarse. Estaba aterrada. “Sos como un hermoso cuadro sin marco” dice que le dijo Barenboim.

Ahora se ríe, Argerich. Tiene los dientes levemente amarillos. Tiene músicos jóvenes a su alrededor, que practican en su casa, a los que les dice “estás tocando muy straight”. Habla de los compositores como de viejos amigos. Con Schuman no le gusta jugar, porque es “muy íntimo”, aunque ella, dice, le cae bien. Le gusta el humor del joven Beethoven y de los rusos. “¿Y Ravel?”, pregunta Gachot. “No, Ravel, no. Tiene humor, pero es más sofisticado”.  

Algunas leyendas sobre ella: no da entrevistas. No ensaya.

A Conversaciones nocturnas la pasan cada tanto en Encuentro. En este video tenía 24 años.   

 

Suban el volumen

14 jun

Detrás de todo gran guitarrista no hay una gran mujer ni una Gibson sino una idea más o menos cerrada sobre lo que es o debería ser la música. Pero no a nivel teórico: se trata de un gusto definido, personal; la estética que el artista prefiere y fue moldeando con las influencias, los años y las horas pasadas junto al instrumento. En definitiva, un buen guitarrista intentará hacer la música que le gusta escuchar. Algo de eso puede verse y escucharse en It Might Get Loud (2008), el documental de Davis Guggenheim (el mismo que dirigió la increíblemente exitosa An Inconvenient Truth, con toda la sanata de Al Gore)  que reúne a Jimmy Page, Jack White y The Edge.  

La película tiene más de recorrido personal de la carrera de cada uno que de debate o charla entre ellos. Por supuesto, al final tocan juntos. Pero como un must que el director no se podía perder, no es que eso sume mucho. Por lo demás, el documental tiene una imagen impecable y aprovecha muy bien a los tres con un archivo a veces sorprendente.

Page niño con su guitarra en un programa de televisión dice que va a ser biólogo.

Los U2 punks ochentosos.

Los hermanitos White en un asilo de ancianos surrealista de Chelsea (los viejos están vestidos así porque son soldados retirados).    

Pasa algo raro: el más joven de los tres resulta ser el más conservador. White (34) no se cansa de decir que el blues crudo es la base de todo el rock and roll. Que la estética roja, blanca y negra con la que el mundo los conoció a él y a Meg era en realidad una distracción para hacer música anacrónica, anticomercial; cercana a, por ejemplo, Sun House, su artista favorito (en particular, una canción hecha con palmas y voz, nada más). Que la tecnología aplasta la creatividad. Le gusta la vida de granja, con vacas y también amplificadores y mucha madera. Cualquier amago de encasillarlo en pose de rockstar del indie norteamericano cae bajo el peso de su personalidad, que es demoledora. Además hace el mejor chiste de la película: casi atropellan a un peatón distraído hablando por celular, vestido de traje negro. Jack dice: “Seguro venía diciendo oh, sí, es todo orgánico”. 

Un poco lo contrario pasa con The Edge (50). Menos pasional, más medido y dedicado a bases con notas que recorta porque, dice, alcanzan así un sonido puro. En el documental, lo mejorcito de este dublinés devenido en neoyorquino es cuando escucha con entusiasmo unos cassettes donde grabó pistas para las futuras canciones de U2, que enseguida reconocemos. Y después: una guitarra enchufada frente al mar, la playa vacía, los acordes perdiéndose al viento (lo peor es sin duda cuando se detienen en la causa política, lo inevitable de la banda de Bono).

Jimmy Page (66). Hace poco Beatriz Sarlo escribió (a propósito de Borges) que los lugares comunes a veces aciertan. Bueno, ahí va: Page tiene una “relación” especial con la guitarra. Te das cuenta cuándo es él el que está tocando por la manera exquisita en que puntea o rasguea, por esos arranques explosivos que duran lo que crea necesario hasta que vuelve a la calma inicial (él propone un yin & yang musical, firma que le conocemos de Zeppelin). Durante todos estos años de relación íntima y furiosamente creativa con el instrumento no perdió ni un milímetro de elegancia ni potencia. Todo lo que dice es interesante, por momentos se roba la película. Me quedo con dos o tres cosas de Page (sin adelantar mucho más: hay que verla). Cuando sobre el final reconoce entre risas que no le sale cantar (frente a la voz avasallante de White). Cuando en su casa escucha un disco y, haciendo las notas en el aire, dice “son dos personas nada más, bajo y…”, y justo ahí entra la voz. Cuando se deleita con Rumble (Jack White coincide: tiene mucha personalidad ese tema. Aparte: puede resultarte familiar porque lo usó Tarantino en Pulp Fiction). Cuando dice que a Led Zeppelin IV le dedicaron 1 párrafo (¡uno!) de crítica.  Me imagino que debe ser difícil ser Page y ser viejo. Más que nada aburrido. Como él mismo dice en un pasaje de It Might Get Loud: “Hacíamos cosas que todavía no se sabía qué eran”.

Enemigos íntimos

3 may

Me encantan las películas-cenicienta: la transformación de chica medio pelo a femme fatale, a mujer maquiavélica, a dueña del mundo. Por eso me encantó “Devil wears Prada”. Y también me encantó por Miranda (Meryl Streep), esa jefa despótica que enloquece a la inocente Andy (Anne Hathaway) hasta convertirla en una asistente perfecta, hasta que Andy, la inocente Andy, deja de reconocerse y tiene que abandonar el lugar.

Los villanos siempre atraen. Y la construcción del villano gracias a su inocente víctima siempre es llamativa. Miranda es Miranda porque existe Andy. Uno no puede ser sin el otro, y tan poderosa es a veces esta relación que hoy recordamos más a Miranda que a Andy, de la misma manera que recordamos a Cruella de Vile y no a los simpáticos perritos, o recordamos a Gargamel y los pitufos nos resultan medio boludones. Ya sea por la manera de hablar, de moverse, por las cosas que hacen o simplemente por esas miradas que están a pasitos del arma mortal, los villanos quedan anclados en nuestra memoria. Sólo nos tranquiliza una cosa y tal vez por eso podemos recordarlos con cierto cariño: son personajes de ficción. Suponemos que no existe Miranda. Que no existe una mujer tan fría y demandante, tan mal educada, tan conchuda.

¿Pero qué pasaría si existiera Miranda? ¿Cuántos de nosotros veríamos la película con otros ojos, con otras intenciones, casi con miedo, como si fuera una película de terror? “Devil wears Prada” está basada en un libro que a su vez está basado en las experiencias personales de una Andy real que fue asistente de una Miranda real. Y esa Miranda no es cualquier Miranda del mundo: es Anne Wintour, editora de Vogue USA. Y entonces volvemos a preguntarnos: ¿será Anne Wintour semejante conchuda como Miranda?

Entonces llega “The september issue”, un documental sobre el armado de la edición de septiembre de la revista Vogue, la más importante del año, porque aparentemente (esto lo dice una de las entrevistadas), septiembre es el enero de la moda. Y nos encontramos con la Anne Wintour de verdad: una señora muchísimo más menudita que la interpretada por Meryl Streep. Con un cortecito de pelo carré prolijito y sin siquiera una hebilla. Con unos anteojos negros que le tapan la mitad del rostro y la acompañan hasta en los interiores más oscuros.

A primera vista, Anne Wintour no es como la habíamos visto en la ficción. Sí, es una mujer poderosa. Sí, es una mujer de pocas palabras. Sí, es una mujer que no sonríe. No, no es la conchuda de Miranda.

Pero.

Aparece entonces una nueva antagonista: la bohemia Grace Coddington, directora de arte de la misma revista que Anne, una ex modelo desprolija, siempre vestida de negro, un poco encorvada, con una melena colorada y un ojo medio deforme, producto de un accidente de auto que, veinte años atrás, la alejó de las pasarelas. Interesada en el aspecto artístico de la moda, simpática y siempre sonriente, es la contracara perfecta de la fría Anne. Grace y Anne se tratan de igual a igual (no es casualidad que el documental ponga un acento marcadísimo en contar que las dos ingresaron a trabajar a Vogue exactamente el mismo día), se respetan, se entienden y se tironean. Pero Grace propone y Anne dispone: Grace arma una producción de fotos inspirada en los años ´20 y Anne elimina la mitad de las fotos. Grace propone diez vestuarios y Anne quiere quince. Grace dice que sí, Anne dice que no.

A medida que pasa el documental la guerra silenciosa entre la de la melena y la del carré se hace cada vez más evidente y explícita. A medida que va pasando, nos enamoramos de Grace y sufrimos con ella y puteamos a Anne y terminamos odiándola. Porque los villanos no son nada sin sus antagonistas. Y porque Grace es la antagonista perfecta (nada que ver con la Hathaway), Anne Wintour es nuestra villana favorita.

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