Dónde van los perros cuando llueve

12 Abr

Si dos tipos esperan a un tercero en su departamento para matarlo, si ese tercero anda por la ciudad con un bolso lleno de billetes y un arma, uno pensaría enseguida que se viene el policial. Sobre todo tratándose de Ricardo Romero (Paraná, 1976), editor de la colección Negro Absoluto, y autor de El síndrome de Rasputín, entre otras.

Pero igual que en Cicatrices, la novela de Saer (donde también hay cruce de historias paralelas y personajes que se mueven por calles y bares de una ciudad del interior y un adolescente con crisis familiar atrapado en el pueblo, de nombre también Ángel), en Perros de la lluvia (Norma, 2011) tampoco hay intriga ni enigma a develar. El crimen es apenas un momento de falsa calma preparatorio para lo que viene. Y lo que viene son todas esas idas y vueltas en auto a la madrugada, en una Paraná desierta y poceada, aunque nadie tenga muy claro cómo terminó en el centro de aquel vértigo, ni para qué (“había llegado el momento de que la noche se desviara hacia lugares impredecibles”).

En trescientas páginas, son pocas las veces en que la prosa de Romero se toma respiro. La novela avanza por fragmentos según las horas de la noche, y cada fragmento puede leerse y disfrutarse como relato aislado que atrapa desde las primeras líneas y cierra, en muchos casos, con frases que se paladean un rato antes de seguir (“Baltasar ahora, en la penumbra de su pieza de hotel frente a la vieja estación de trenes, pensaba que el amor debía ser como la colección de revistas de Nazareno, una excusa para cazar quién sabe qué fantásticos roedores”). Con el correr de las horas, Perros de la lluvia va de la novela de aventuras (hay una expedición a los túneles jesuitas que atraviesan Paraná) al clima de terror y el suspenso del thriller, pero sin inclinar la balanza para ningún lado, defraudando todos los géneros. En cambio, la narración propone algo siempre atractivo en literatura: personajes que tocaron fondo (“Perdigones al boleo: somos capaces de sentirnos traicionados hasta por un dolor que nos deja”) y que ahora van por ahí metiéndose en problemas, sin pensar demasiado, porque nada de lo que los rodea (la lluvia, el río, los semáforos titilantes, la ciudad vacía) es capaz de joder más las cosas de lo que están. Sólo en las partes de Elisa y Ángel -donde el aburrimiento y la pasividad parecieran ser marcas generacionales-, el texto baja la velocidad y las digresiones (la de los cocos asesinos en la fiesta de Elisa es realmente buena) son bocanadas de aire fresco en ambientes estáticos y cerrados.

La junta de las criaturas de Romero en la noche fría paranaense tiene tanto de equívoco como del instinto de supervivencia más básico: el calor y la compañía de los otros, hasta que pare de llover y salga el sol.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: