Seducido y abandonado

30 Ago

Ya sea como motor de la historia o como inspiración, si las mujeres no abandonaran a los hombres habría mucha menos literatura. Esto es lo que le pasa al protagonista de Trampa de Luz, de Matías Capelli. Una mujer que se fue, y regresa solo por un rato, deja en evidencia el espacio vacío. Por desborde, el lugar de esta pieza faltante empieza a ser ocupado por la propia historia que incluye otras ausencias, la billetera casi vacía, un departamento deteriorado, un auto estacionado desde hace mucho tiempo en el mismo lugar. Hay otras mujeres, sensuales pero distantes o prohibidas por la sangre. Largo será el día hasta llegar a la noche. Contará con la ayuda  de Silas, un portero devenido en guía sentimental y geográfico, sin tener demasiada conciencia de ello. El viaje concluirá a la mañana siguiente con algo así como una respuesta o una frágil esperanza.

En su primera novela (y segundo libro) Matías Capelli es agudo y preciso en los detalles, en los gestos que terminan de completar diálogos y situaciones. Exhaustivo en la descripción de los pensamientos que surcan la cabeza del protagonista, logra a su vez una historia que avanza sin pausa por la acción. Un After Hours indefectiblemente porteño y por eso melancólico, oscuro y asfixiante, donde no falta ni la lluvia, ni la puta, ni el cruce con personajes varios de distinta calaña, reconocibles y particulares a la vez. Se sospecha, de tanto en tanto, un cierto abuso de metáforas y comparaciones de corte poético así como de palabras que suenan un tanto anacrónicas.

Por estilo y clima es posible asociar Trampa de Luz con Placebo, de José María Brindisi. Y por qué no cerrar un triángulo sobre la soledad masculina con Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Con este último  además comparte la noción de viaje pero sin fines  iniciáticos o epifánicos. Se trata más bien de contar qué es lo que pasa en la mitad del recorrido, en las paradas al costado de la ruta, en la descripción de los paisajes cambiantes a medida que se avanza. En cada caso serán distintos los ribetes, otros los destinos. Pero cada uno servirá para llegar a la misma conclusión: a veces es bueno que el hombre esté solo.

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