Auto fantástico

11 Nov

Muchas veces el cine se dedicó a esa forma violenta, más o menos clandestina y organizada de hacer negocios que conocemos como mafia. Drive, una de las últimas películas de Ryan Gosling -star del momento que fue metamofoseándose a pedido de la industria en un Vin Diesel sensible y carismático-, toca de costado el género sacándole provecho: cuando nos enteramos, junto con el protagonista, de que detrás de un préstamo está metida la pesada de la Costa Este, sabemos que  las cosas van a terminar mal. Pero el director no hizo otra de mafias y asesinos a sueldo. Creó un gran personaje, climas densos y macabros con la ayuda de nada menos que Angelo Badalamenti y, en el medio, una historia de amor casi sin palabras, un cruce sutil de soledades y miraditas en el supermercado.

Gosling transmite ternura, pero desde hace tiempo también porta músculos. Combinando su nueva faceta con aquella de chico loser de película indie (Lars and the Real Girl) logra quizás una de sus mejores actuaciones hasta el momento. Es un conductor parco, profesional e imprevisible, aunque no por eso menos protector y cariñoso. Maneja lo que le den y para lo que sea. Puede ser chofer de dos desconocidos vestidos de negro o doble de riesgo. No tiene pasado ni amigos ni nombre. Bryan Cranston, el dueño del taller, lo usa para todo tipo de trabajos, siempre sacando su tajada y aprovechándose de que él no se queja. Es lo más parecido a un padre que tiene.

A Nicolas Winding Refn, el director de esta película, más que el crimen organizado y los autos le interesa otra cosa: convertir la violencia en un objeto estético, al mejor estilo La Naranja Mecánica. Ya lo había demostrado en Bronson (que a su vez parece una remake desmesurada de Chopper, lo mejor de Eric Bana en toda su carrera). En Drive, el conductor apuñala a un capo mafia: lo único que vemos son sus sombras luchando. Otra muerte es en el mar, de noche, con un Gosling irreconocible. De a ratos parece una parodia de Brian de Palma o de cierto cine clase B (esos créditos), como si se tratara de un Meteoro vengador.

Los aciertos de guión y dirección son varios. No hay exceso de persecuciones motorizadas ni fetichismo con los autos. La trama, como el conductor cuando tiene patrulleros acechándolo, no se apura en ningún momento y gana tensión de a poco a partir de un recurso infalible a la hora de contar: una historia simple que se complica. Ron Perlman, un gigante del cine -literalmente- , con su inconfundible cara de rasgos simiescos, no hace uno de los papeles a los que nos tiene acotumbrados (Hellboy). La charla entre Gosling y el otro mafioso en el restaurante, con el hombre ya bastante cabreado (Albert Brooks, el infaltable italoamericano), no tiene desperdicio: “Cualquier sueño que tengas, planes o esperanzas para el futuro, vas a tener que suspenderlos. Te digo esto porque quiero que sepas la verdad”. A esa altura, Drive es un thriller en el que todos miran en el espejo retrovisor de su paranoia porque alguien viene a cobrar la deuda, rápido y muy furioso.

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