Temporada de caza

26 Jul

ciervo

Mientras los engranajes de la industria cultural siguen empecinados en exprimir los restos a esta altura algo resecos de Bolaño, la prosa chilena contemporánea viene desmarcándose de su legado sin demasiada historia, como ocurre con un tío que admirábamos de chicos y ahora recordamos con cariño. Nada nuevo. Al mascarón de proa Zambra siguieron muchos otros autores que el lector argentino atento pudo y puede conseguir en librerías, aunque a veces no resulte tan fácil ni barato (a “Caracteres blancos”, de Carlos Labbé, lo vendían con un amable descuento en la feria del libro del año pasado). Críticos, reseñistas y lectores chilenos, o lectores argentinos más atentos que nosotros a la producción del país vecino, podrán trazar un nuevo mapa de influencias y enfrentamientos, de estilos contrapuestos y afinidades entre la camada de escritores del panorama actual. Acá apenas diremos que no hay que estar muy afilado para ubicar juntos, o al menos como parientes cercanos, a Marcelo de Lillo con el autor al que está dedicado este post, Juan Pablo Roncone, y su libro de cuentos “Hermano ciervo” (Fiordo, 2012).

En su adn comparten la preferencia por la frase corta, el realismo descarnado, las escenas de crueldad familiar, el derrumbe, los personajes parcos y sufridos. Incluso en los títulos hay una inclinación hacia lo carveriano (sin duda hay ecos del “Gente que baila sola” de de Lillo en “Hombres que caminan solos junto al mar”). Pero Roncone le imprime otra velocidad a sus historias y ofrece recortes apurados de escenas o impresiones en muy poco espacio, hasta alcanzar la brevedad máxima en párrafos de una sola línea. Es tentador caer en el lugar común de la diferencia generacional entre él y de Lillo, y pensar en el uso de las redes sociales (Roncone nació en 1982, mientras que su compatriota es del 57), pero sin embargo el método también recuerda a la escritura de un diario. Se nota sobre todo en uno de los mejores cuentos del libro, “Gansos”, que transcurre en una isla cercana a la comuna chilena de Calbuco, a la que el narrador viaja a reencontrarse con su padre enfermo. Lo mismo puede decirse de “Muerte del canguro”, donde hay otro viaje, esta vez en la ruta y con destino a un bosque en el sur: “La verdad es que toda la semana me he masturbado pensando en la escena del baño”. Son los típicos fragmentos que no necesariamente hacen avanzar la narración pero la cargan de sentido y van dándole fuerza.

Así funcionan los relatos de “Hermano Ciervo”, mediante frases precisas que intercalan acciones y descripciones en párrafos nunca muy extensos, un procedimiento conocido por el que se gana potencia al decir lo justo. Y hay una materialidad que salpica casi todas las narraciones y les da unidad: cadáveres y armas. En qué se convierte un cuerpo cuando pierde la vida (sea un niño o un canguro), cómo modifica a los que lo sobreviven, qué hace que alguien decida matar. Quizás para lograr esta unidad de sentido el autor incluyó “Cazador de patos”, que parece un puñado de anotaciones e ideas que serán desarrolladas en un futuro relato o cuento. Si quedaba afuera el resultado hubiera sido el mismo, un libro lleno de culpa, animales y muerte.

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