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Pequeña recomendación

10 Ago

Amy York Rubin es directora, productora y guionista. Trabajó en todo tipo de medios: publicidad, política, música, ficción. ¿Por qué estoy acá escribiendo sobre ella? Por un link de alguien de twitter llegué a la página de Barnacle Studios, la productora que maneja Amy York Rubin y cuyo producto más conocido -o que todos deberían conocer- es una ficción llamada Little horribles donde Amy, además de escribir y a veces dirigir, actúa.

De qué va Little Horribles: vivencias de una treintañera lesbiana. Se acerca un poco a Girls y un poco a Louie. Es graciosa por incómoda y honesta. Tiene unos pocos episodios, todos de cinco minutos, todos maravillosos: en uno de los episodios, por ejemplo, Amy se masturba en un auto, un tipo la ve desde el auto de al lado y después se encuentran de casualidad en una fiesta. Las situaciones son todas pequeñas anécdotas que abren y cierran en el episodio así que no es necesario ver cronológicamente, de hecho, yo empecé a verlo por el último episodio, el primero donde aparece la familia de Amy, unos americanos muy promedio que en el fondo no quieren que su hija sea una gorda lesbiana.

 

Había una vez un asesino

30 Jul

En la década del ´60 Indonesia vivía un período dictatorial en el que el comunismo era perseguido y exterminado (el comunista y el sospechado de comunista, claro). En menos de un año los grupos paramilitares se cargaron a más de un millón de personas. Hoy en día esos tipos están en el poder.

En The act of killing, el inquietante documental de Joshua Oppenhaimer producido por Errol Morris y Werner Herzog (este dato ya es suficiente para ir y verlo) estos asesinos cuentan su historia con orgullo y delante de cualquiera porque son considerados héroes de la nación. El director va y los entrevista y les propone hacer una ficción mostrando la historia, su historia. Les pide que recreen como actores, con maquillaje, vestuario y escenografía, lo que pasaba en esos años y cómo actuaban ellos y ellos dicen “Claro, sí, por supuesto”.

El documental es un registro de la producción de esa ficción y al mismo tiempo de todo lo que ocurre alrededor.

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Una primera aproximación a la película la divide en dos: el proceso documental en sí mismo y la ficción que están filmando. En la parte documental el director entrevista a sus protagonistas, que sin ninguna vergüenza ni remordimiento cuentan lo que hacían. El director los acompaña a las reuniones del partido que los agrupa, los acompaña a sus casas, conoce a sus familias, habla con todos. En la parte ficcional el director se pone a merced de sus protagonistas, dejando que ellos elijan cómo mostrar cada proceso que realizaban: interrogatorios, torturas, matanzas, persecuciones.

En esta parte ficcional los héroes nacionales se dan todos los gustos: se disfrazan de mafiosos americanos, de dioses, practican la antropofagia, recrean fusilamientos, hacen llorar a niños en la puesta en escena más que convincente del incendio y exterminio de una aldea. El resultado de esa falsa ficción es un pastiche bastante bizarro que termina reforzando la imagen de monstruos que muestra la parte documental: los tipos, además de monstruos, son unos locos ridículos y megalómanos, como cuando un tipo mediocre que se cree genial está intentando torpemente levantarse a una señorita y queda como un boludo pero no es capaz de registrarlo (bueno, salvando las distancias).

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Pero la razón principal por la que recomiendo esta película es bastante más infantil: me gusta ver cómo piensa un asesino.

Me gusta a mí y nos gusta a todos. Nos gusta porque somos morbosos o porque tenemos pulsiones asesinas reprimidas que necesitamos descargar. Nos gusta ver cómo opera la cabeza de un asesino: la cabeza de un tipo que no considera que la vida del otro es algún tipo de límite para sus acciones.

Nos gusta, sobre todo, porque queremos tratar de entender por qué y cómo, para algunos, matar está bien. Porque una sociedad donde un asesino de muchos, de miles quizás, y torturador confeso es un héroe nos intriga.

Porque queremos saber qué método elige el asesino, qué siente al hacerlo, qué pasa después: ¿tiene pesadillas? ¿remordimiento? ¿tristeza? ¿nada?

En las ficciones estamos acostumbrados a la justificación del asesino: infancias terribles, traumas, abusos, violencia familiar, soledad, tristeza. El principal asesino de esta película, en cambio, es un asesino que no tiene ni remordimiento ni traumas infantiles. Mató porque creía que en el acto de matar estaba salvando a su sociedad, a los suyos, pero también porque la vida de otro en sus manos le daba poder. Es alguien que mató porque le gustaba matar, porque era su deber, pero también porque quería, porque podía, porque la sociedad se lo permitía, y se lo permite, lo recibe de brazos abiertos adonde vaya. Lo actúa en detalle regalándonos el clase B más repulsivo e impactante que se ha visto últimamente, siempre, por supuesto, considerándose un semidios, aunque en la última escena, que es tremenda y no se olvida fácil, esto de revivir los buenos viejos tiempos le pasa factura. Y por eso no podemos parar de mirarlo.

Blanquita va a la cárcel

24 Jul

Ayer debatíamos en twitter si Laura Prepon está hecha mierda, si es linda, si tiene hinchazón de corticoides, está envejeciendo mal o es borracha. No llegamos a ninguna conclusión, como suele suceder en twitter, pero estábamos hablando de ella porque estábamos hablando de la nueva serie de Netflix de la que todos –todos- hablan: Orange is the new black.

La sinopsis de Orange is the new black es sencilla: blanquita va a la cárcel.

La blanquita Piper Chapman (Taylor Schilling, de pasado actoral bastante incierto y desconocido) está comprometida con Larry Bloom (Jason Biggs, de pasado actoral American Pie) pero antes estuvo de novia con Alex Vause (Laura Prepon, de la gran serie That ´70s Show y de la fallida Are you there, Chelsea?). Alex era traficante de drogas, en una Piper la ayuda y ahora las dos pagan sus errores en la cárcel.

Básicamente eso. La blanquita llega a la cárcel y se encuentra con un mundo desconocido y a su vez se reencuentra con su ex novia. Conoce presas. Conoce policías. Recibe visitas. Pasan cosas.

La serie es de Jenji Kohan. Jenji Kohan me cae muy bien aunque haya hecho pocas cosas porque todo lo que hizo siempre me gustó: escribió el capítulo de Gilmore Girls del primer beso de Rory, escribió el capítulo de Will and Grace donde actúa Michael Douglas, escribió uno de Sex and the City, otro de Mad about you y creó Weeds. Si viste Weeds y te gustó, Orange is the new black te va a gustar seguro. Si no la viste tendrías que ir corriendo ya a verla, al menos las primeras cuatro temporadas.

Orange is the new black es una comedia. Tiene música de Regina Spektor, música de Tune-Yards. Tiene muchos colores y personajes secundarios perfectos: Crazy Eyes, Red, Nicky, una gallina. Todo lo que sucede en la cárcel está al borde de lo inverosímil: no puede ser que la protagonista nunca la pase realmente mal y que su mayor problema sea tener que secar el pis de una compañera.

La serie no tiene ni un asomo de profundidad de las series que están de moda hoy (Mad Men, Breaking Bad). Eso es al mismo tiempo algo positivo y negativo. Positivo porque recuerda muchísimo a las primeras temporadas de Weeds (madre viuda se pone a traficar marihuana para bancar a su familia, casi la misma premisa de “blanquita se mete en territorio desconocido y peligroso”) en las que todo era disparatado y divertido y la protagonista caía siempre bien parada, como los gatos. Es negativo porque ese tono despreocupado que tenía Weeds al principio no pudo sostenerse y terminó convirtiéndose en un novelón que muchos abandonamos. Y eso podría sudecerle a Orange is the new black. Cruzo los dedos para que no.

La serie me gusta muchísimo y me gusta fundamentalmente por algo: es una serie de gente buena. Esto, que en un principio me pareció algo malo, se convirtió en el motivo por el cual sigo viendo la serie: para ver gente arruinada veo a Don Draper.

En Orange is the new black no hay un antagonista fuerte que pueda desequilibrar a la pobre blanquita que fue a la cárcel. Es justo al revés: ella va sacándole las capas de maldad a las presas para terminar descubriendo que en el fondo todas son seres de luz que sufrieron mucho en la vida pero que en el fondo son puro corazón.

En uno de los primeros capítulos, una colorada muy simpática (la colorada que trabajó en American Pie, ésta) está escuchando uno de los problemas de Piper y le dice: “Tenés enemigos imaginarios”. Y por eso, porque fabricarse enemigos es la esencia de cualquier minita de ley, y porque yo soy una minita de ley, es que banco la serie y obligo, aliento y festejo que todos la miren.

Loca de amor

14 Nov

Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen me produce cierta fascinación y morbo. Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen por amor me produce muchísima más fascinación que morbo. “Tabloid”, de Errol Morris, cuenta la historia de una preciosa chica, Joyce, que se enamora de un almidonado mormón, Kirk. Joyce y Kirk se prometen amor eterno. Kirk desaparece. Joyce lo encuentra en Inglaterra y lo salva del culto (el culto es, para Joyce, la religión mormona) haciéndolo pasar con ella un fin de semana de diversión, comida y sexo. Ella dice que lo rescató de las garras del culto, él dice que ella lo secuestró. A ella la acusan de secuestro y violación. Ella dice que no se puede violar a un hombre.

La prensa sensacionalista enloquece con la historia de Joyce y Joyce se vuelve archifamosa de un día para el otro: algunos diarios la tratan como una puta loca y otros como una enamorada dispuesta a todo. La persiguen, le inventan historia y bucean en su pasado para descubrir sus miserias. Todas esas cosas que hacen los programas de chimentos de la televisión de la tarde. Y es en este punto es donde el documental de Errol Morris, un clásico documental de entrevistas y material de archivo, se vuelve mucho más interesante: todos los cortes de las entrevistas se ven ahí, sin nada que los tape, poniendo en evidencia que el montaje es una herramienta para construir un relato. Errol Morris corta tanto las entrevistas que por momentos pareciera que está armando una oración con una palabra por plano, pareciera que está inventando todo. Sobreimprime palabras contundentes sobre los entrevistados, juega a armar titulares a partir de las frases que dicen, repite fragmentos de entrevistas hasta tres veces. En fin: se caga de risa de todo. Juega a armar un documental sensacionalista. Y gana.

Y encima, sobre el final, mete una perlita imperdible que incluye perros clonados.

1000 maneras de morir

30 Ago

La chica estaba teniendo sexo virtual con su novio. Se ata a la silla y se pone una cinta adhesiva en la boca para excitarlo. En eso entra un ladrón, y después de robarle, le dice susurrando, bien cerca de la cara: “Cariño, me has hecho el trabajo más fácil”. Ella muere. ¿Se muere de miedo? ¿Le agarra un patatús? ¿Un paro cardíaco? No. Se muere a causa del mal aliento del ladrón.

Un grupo de veinteañeras se encuentra después de diez años de haberse conocido. Arman una piyamada, visten camisones sexies, hablan con muñecos de peluche y pelean con almohadas mientras de fondo se escucha una música bien pornográfica. Una de ellas, la madura del grupo, se ha convertido, palabras textuales del locutor, en “una imparable perra”. Juegan al “conejo mofleutdo”, que consiste en ponerse malvaviscos en la boca y hablar. La que más malvaviscos junta, gana. La imparable perra, por supuesto, gana. Y por supuesto, muere. ¿Cómo? Atragantada.

Esos son algunos de los miles de ejemplos de muertes insólitas que se muestran en “1000 maneras de morir”, un programa estrenado en Estados Unidos en 2008 y que actualmente se transmite por el canal Infinito los domingos a la medianoche.

Además de las recreaciones, que son de lo más bizarro que pueda encontrarse desde el tan añorado Zap!, aparecen científicos, psicólogos, médicos y especialistas. Una, por ejemplo, cuenta que la inseguridad es un factor clave en las reuniones donde las chicas juegan a ser chicas malas. No hay mucho más para decir del programa. Es gracioso, por momentos inverosímil, uno se encuentra riéndose a carcajadas de la chica que murió porque se le explotó el corpiño o del que de tanto bailar se prendió fuego. Es el mejor programa de toda la televisión.

La serie que no entendía si me gustaba o no me gustaba

29 Jun

Así como con la música me pasa que me gusta o no me gusta y no puedo dar razones ni explicaciones, con otras cosas me pasa que no sé. No sé si me encanta lo que estoy viendo o leyendo. Directamente, no puedo formar una opinión.

Eso fue lo que me pasó con los primeros seis o siete capítulos de Running Wilde: no sabía si me gustaba. Percibía que algo no me cerraba pero seguía mirando. Qué pasa en el primer episodio: Puddle, hija de Emmy -que sí, las sospechas quedan cofirmadas: Emmy es Felicity, y sí, Felicity fue creada por JJ Abrams- (madre soltera, ecoterrorista part time) le pide por favor a su mamá que dejen de vivir en la jungla, que por favor, que quiere tener una vida normal. Caen en lo de Steve (soltero, millonario full time) porque Emmy es hija de una ex mucama de Steve y ellos fueron amigos en la adolescencia y casi casi un poco más. Entonces: lucha entre la riqueza y la pobreza, entre el trabajo y la holagazanería, entre tener y no tener, y querer y no poder, o poder y no querer. Y en el medio, la casi casi historia de amor entre Emmy y Steve.

En el séptimo u octavo episodio me di cuenta: no me gusta Emmy. No me gusta su falso ecologismo y su lucha hipócrita. No me gusta que la juegue de orgullosa, que no acepte un regalo, que mienta todo el tiempo, que nunca llegue a ser graciosa. Y lo raro, o llamativo, es que Steve también es mentiroso, vago e hipócrita, pero es uno de los actores más graciosos que haya visto en toda mi vida.

La serie tiene “momentos carcajada” y momentos “qué porquería”. Tiene personajes secundarios increíbles que merecen un post aparte, especialmente Fa´ad, vecino millonario y amigo/competidor de Steve. Yo ni siquiera conocía a Meter Serafinowicz, el actor que hace de Fa´ad, pero sólo poniendo su nombre en youtube me di cuenta que es grosso. Grosso de los que son grossos de verdad, de esos que hacen cualquier cosa y son graciosos. Para muestra basta un click. Y otro. Y otro más.

También cotizan mucho los demás personajes secundarios: el niñero gay de Steve, el chofer que hace las veces de amigo fiel y el prometido de Emmy, un boludo bárbaro al que con el correr de los episodios se le toma un toque de cariño.

No entiendo, todavía sigo sin entender, a quién está orientada la serie. La voz en off que acompaña y en algunos casos sobreexplica las situaciones es la de Puddle, la niña hija de Emmy que a veces va de niña prodigio y a veces de niña inocente, le da un aire medio familiar a la serie, pero no me imagino una familia sentada mirando la serie como sí me imagino una familia sentada mirando Modern Family. Es el único punto que me quedó colgado cuando terminé de ver la primera temporada. Aunque tampoco creo que importe tanto.

La línea de tiempo…

21 Jun

…con la que vas a perder todo el día.

Acá.

The Ditty Bops

17 Jun

Cuando recomendé The Squirrel Nut Zippers, un amable comentarista me preguntó si conocía a las Ditty Bops y, obviamente, mi respuesta fue negativa. Le contesté diciendo que esa misma tarde iba a buscarlas pero la verdad es que tardé varias semanas en realizar la difícil tarea de tipear Ditty Bops en Google. Cuando lo hice, me arrepentí de no haberlas buscado antes. La banda, formada por la amorosa pareja de Abby DeWald y Amanda Barrett, sacó su primer disco (The Ditty Bops, 2004) con la Warner (uno de sus temas fue la cortina de una de las temporadas de Grey´s Anatomy, no sé exactamente cuál, pero por lo que vi en la tapa del disco todavía estaban el negro que salía con la oriental y George, así que es una de las viejas). De este disco resalto uno de los videos más lindos y dulces que recuerde (dejo el video acá abajo porque cuando un video me gusta mucho procuro tenerlo a mano para verlo hasta odiarlo). El segundo disco, Moon Over the Freeway, salió en el 2006 y lo promocionaron con una gira en bicicleta que las llevó desde Los Angeles hasta Nueva York.

Después se fueron de Warner y aunque no encontré ningún motivo específico, mi cabeza fantasiosa piensa que se fueron porque no soportaron lo mainstream y prefirieron jugarla de hippies. Y así, de hippies, siguen sacando discos producidos por ellas mismas, escriben e ilustran libros infantiles, exponen sus pinturas o hacen apariciones esporádicas en The L Word porque, al parecer, son de esas mujeres que hacen todo bien.

Las Ditty Bops hacen folk, country, swing y otros estilos que no sé cómo se llaman pero son igual de ¿amables? ¿alegres? ¿lindos? Ideales para levantar cualquier tarde lluviosa, para poner de fondo en una comida con amigos o para bailar por el departamento.

La tierra del cliché

31 May

Portlandia arranca con un número musical. Eso me hizo sospechar muchísimo, primero porque los musicales no son de mi preferencia, y segundo porque el tema hablaba de lo que pasaba en los ´90 en Estados Unidos y temí que la serie fuera total y absolutamente localista. Pensé que me quedaría afuera de todos los chistes.

Bueno, no. El musical con el que arranca Portlandia no es en realidad un manifiesto explicativo de la serie que vamos a terminar viendo. Pareciera una licencia poética: hablar de los clichés de hace quince o veinte años cuando, en realidad, la serie trata de los clichés de hoy.

De qué la va: sketches. Pequeños videos de entre dos y tres minutos que atacan a todas las tribus urbanas que podamos imaginarnos. Hypsters. Geeks. Hippies. Punks. Fundamentalistas de la decoración. Ciclistas. Feministas. Vendedores de celulares. Parejas progres. Dos o tres minutos que plantean el cliché y lo destrozan. Y tal vez en el planteo del cliché esté el problema: está todo tan hiperbolizado que el efecto se pierde, se vuelve previsible: las feministas son todas lesbianas, los hippies caminan por la calle hablándole a las plantas, los punks gritan y los vendedores de celulares marean con tantas opciones de planes.

Fuera de ese detalle, y como toda serie de sketches, tiene momentos grandiosos y momentos para aprovechar e ir a calentar el agua para el mate. Me quedo con los grandiosos porque me sacaron carcajadas (los fanáticos de la comida orgánica que viajan hasta la granja donde se crió el pollo que van a comerse para ver si realmente se crió con toda la libertad que la camarera afirma), y porque en ciertos casos, la exageración extrema está perfectamente utilizada (en este sentido colabora la edición de ciertos segmentos, atenti al video que pongo abajo). Suman (y mucho) las participaciones especiales de Kyle MacLachlan, Aubrey Plaza, Steve Buscemi, Selma Blair (que está más linda que nunca), Jenny Conlee (de The Decemberists) y Gus Van Sant (entre muchos más), y en especial las actuaciones de Aimee Mann y Sarah McLachlan haciendo de empleadas domésticas de la pareja progre que las admira pero al mismo tiempo les hace notar que no limpiaron bien la cocina.

Voy a terminar de ver el último capítulo de la temporada y voy a esperar a que salga la segunda (falta mucho, algo así como siete meses) porque a pesar de las fallas en ciertos segmentos, hay algo que no puedo negar: la pareja protagónica (Fred Armisen y Carrie Brownstein) me parece excepcional.

Me gustan, son divertidos

26 May

Lo que me sucede cada vez que quiero escribir algo sobre música, es lo siguiente: no sé qué carajo decir. Todo mi discurso musical se compone de: “me gusta” (y sus variantes “me encanta”, “amé”, “copado”), “no me gusta” (lo mismo: “asco”, “odié”), “me divierte” y “me aburre”. Eso, y tal vez alguna similitud con algún otro músico o grupo que conozca, es todo lo que puedo decir sobre lo que sea que esté escuchando.

Por ejemplo, hace casi un mes se me ocurrió venir a recomendarles “Squirrel Nut Zippers”, una banda que se formó en 1993 en North Caroline y que desde el momento que la conocí me cautivó por completo. Y el retraso de la recomendación se debe, precisamente, a lo que explicaba más arriba: lo único que puedo decir de Squirrel Nut Zippers es: me encanta. Me divierte.

No sé bien por qué me encanta y me divierte, y supongo que en ese misterio reside todo mi amor: hacen, en pleno siglo XXI, música de los años ´30, y no sólo hacen esa música sino que además se visten como en los años ´30, hablan como en los años ´30, tienen videos ambientados en los años ´30 y todo, absolutamente todo lo que los rodea, parece una puesta en escena que se extiende sobre y más allá del escenario.

Me gustan los Squirrel Nut Zippers porque son lúdicos. Porque juegan a vivir en otra época (aquí quedaría resolver si lo hacen porque aman los años ´30 o porque odian la actualidad). Me divierte que en todas las fotos salgan ¿disfrazados? ¿metidos en el personaje?. Y porque juegan tan bien es que cada vez que los escucho yo también me animo a jugar con ellos, y cada vez que alguien me pregunta “¿Qué es esto que escuchamos” yo contesto “Los Squirrel Nut Zippers, me encantan, son divertidos, escuchalos”.

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