Archive | Paul Bergrin RSS feed for this section

La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad

13 Jun

Jason Itzler necesitaba un abogado, pero no uno cualquiera: tenía que ser el mejor. Lo habían agarrado con Éxtasis en el aeropuerto de Newark, y a eso habría que sumarle que  era dueño de la agencia de escorts más lujosa de la zona. Prostitución, lavado de dinero, drogas. Había escuchado que Paul Bergrin (55 años) era el mejor. Que podía arreglar cualquier cosa. Lo fue a ver a su inmensa oficina del décimo piso en Park Place, el barrio Tribunales de Newark, New Jersey. El encuentro fue así:

-Cliente: (le cuenta el caso).

-Bergrin: Okey. Dame $ 10.000 dólares.  Ya. En efectivo.

-Cliente: Tengo $ 8.000.

-Bergrin: Me das el resto en el lugar.

Entonces subieron al BMW del abogado (traje Brioni, zapatos blancos) y cruzaron el Holland Tunnel. Cuando llegaron al puterío, Paul Bergrin vio los murales, el piano de cola pequeño, las chicas. Lo miró a Itzler, su cliente, y le dijo: “Olvidate de los $2.000”.

Una leyenda. Alguien respetado en las calles: un “Shark”, como se dice en la jerga. Eso fue Paul Bergrin hasta el 2009, año de la caída. Preso, entre otras cosas, por la agencia de escorts de su defendido, que ahora estaba a su nombre. Había lavado por $ 800.000 dólares. También le cargaron estafa inmobiliaria por 1 millón, 70 kilos de cocaína sin cortar que aparecieron en el restaurante manejado por su mujer (Yolanda Jáuregui: ojo, retengan ese nombre), y un tratamiento particular de testigos (como no siempre podía convencerlos, bueno, digamos que era capaz de tomar medidas drásticas sin que le temblara el pulso).

Sin testigo no hay caso. Dicen que era su frase de cabecera. Tiene el record de 40 juicios por homicidio ganados. Dicen que por su forma de hablar en los juicios comandaba el tribunal. Que era un performer. Es hijo de un policía de Brooklyn que lo mandó a un hogar para chicos por problemas de conducta. A los 17  se enlistó en un regimiento de elite de  los Rangers. Se casó. Entró a trabajar para la Fiscalía de Essex County, que en 1989 acusó a dos Federales por corrupción. Algo que parecía rutinario. Juicio. All rise. Ahí, sorprendentemente, el entonces asistente del Fiscal subió a sentarse al estrado. Como testigo. De uno de los acusados dijo: “Trabajé con él. Puedo dar fe de su veracidad e integridad”. Para que se entienda: el asistente del Fiscal (que lleva adelante la acusación), el joven Paul Bergrin, testificaba contra el gobierno (para quien trabajaba), dándole una manito al Federal acusado de quedarse con vueltos. Nunca supieron si fue extorsión o una oferta que no podía rechazar. Pasó lo que tenía que pasar: Bergrin se fue de la administración pública de justicia silbando bajito a convertirse en el abogado más grosso de todo New Jersey.

Cómo hizo.

1. Le pagaba a jurados (un empleado suyo se metía en el cuarto donde los doce deciden el veredicto porque, como dijo este ayudante de nombre Melvin D.,  “siendo negro en Newark, siempre vas a conocer a alguien o ese alguien conoce a otra persona, y así”).

2. Preparaba testigos: caso Norberto Velez, que intentó matar a su mujer apuñalándola varias veces frente a su hija de 8 años. En el juicio, oh sorpresa, la niña cambió el testimonio. El padre fue absuelto. La pequeña reconoció después que Bergrin la había preparado.

3. Sin testigo no hay caso. Resulta que los Federales hacía tiempo lo tenían en la mira. Así que le pusieron bicho. Consiguieron una grabación en la que Bergrin da su opinión al cliente: “No Kemo, no case”. Kemo era Kemo McCray. Un topo, un informante de los federales que le compró cocaína al cliente de Bergrin. Apareció con tres tiros en la cabeza en 19th Street y South Orange Avenue. Pero todavía se necesitaban más pruebas.

En el 2004 defendió soldados americanos que había estado en Irak. Según testigos, Javal Davis, de lo más divertido en la cárcel de Abu Ghraib, había saltado sobre una pila de prisioneros desnudos, amontonados en el piso. Se zambullía en la pileta humana. Bergrin intentó citar a Rumsfeld y al mismo presidente Bush para que se presentaran en persona y fueran parte del juicio. Denegado. Él decía que fueron ellos, no Davis, quienes “cambiaron las reglas de enfrentamiento con respecto al tratamiento del enemigo”. Con la plata de otro de sus defendidos (acusado de ejecutar tres sospechosos en Samarra), viajó 5 veces a Irak. Al cliente lo condenaron.

Con los años, la leyenda del condado de Essex, New Jersey, empezó a tener un comportamiento raro. Más de lo habitual. Decía que estaba enfermo, pero que la quimioterapia era para maricones. Todos lo lamentaban, le daban ánimo. Jamás lo vieron siquiera desmejorar físicamente. Estaba siempre igual. Era el enfermo de cáncer más sano que existía. Dicen que tenía una obsesión con ganar. Usaba de excusa la enfermedad, “su condición”, para negarse a tomar casos fuera del condado. Por miedo a perder. En esa época un abogado con el que tenía trato lo vio corriendo en una playa de estacionamiento. Él dio la vuelta y, sin dejar de trotar, le gritó: “¡Remitió!”. Otra de sus obsesiones eran las mujeres. Le gustaban todas: lindas, feas, flacas, gordas, blancas, negras, putas, adictas al crack. No tomaba alcohol ni se drogaba. Eso sí, preparaba un cóctel con Viagra, Cialis, Levitra y Red Bull. Decía que podía coger toda la noche. Una vez le dijo a un abogado que le daba unos cientos de dólares si sacaba a una chica de un cuarto del Robert Treat Hotel, porque si lo descubría Yolanda lo mataba. Yolanda Jáuregui, amante y socia, era enferma de celos. Muchas veces Paul iba al estudio con un ojo morado o una curita en la mejilla. Había sido Yolanda. En la oficina todos le tenían miedo.

Para el caso de Vicente Estevez, en el 2008 (otro acusado de venta de drogas), la cama estaba lista; preparadísima. Viajó personalmente a Chicago a contratar a un sicario. Le dijo que se pusiera un pasamontañas, y que tenía que parecer un robo. El abogado estrella además agregó: “Yo quiero estar, quiero hacer algo”. El otro no lo podía creer. Los que escuchaban en la combi, afuera, seguro que tampoco.

Dice que el sistema está podrido. Que en la cárcel aprovecha para acercarse a su judaísmo. Reza. Sólo habla de la defensa de los soldados. Fueron peones arrojados a una batalla, dice. ¿Y de lo demás? Ni una palabra. Como si nunca hubiera pasado. Hay gente muy nerviosa en Newark. No sólo porque Paul Bergrin escribe sus memorias sino porque todos están esperando que, como su socia Yolanda Jáuregui (que llegó a un acuerdo y admitió su culpabilidad en los delitos de crimen organizado, conspiración y drogas), finalmente Bergrin hable. Que cante. Puede vérselo en un video bizarrísimo titulado Know Your Rights, donde el Lionel Hutz, el Saul Goodman de Jersey declamaba: “Vivimos en un sistema en que la gente es tratada de forma diferente, así que la única manera de pelear es poniendo el cuerpo, el corazón y el alma en cada caso. Eso es lo que intento hacer”.

A %d blogueros les gusta esto: