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Locura tardía

21 Nov


En el nebuloso y resbaloso mundillo del arte la experimentación existe. En algunas ramas el público pareciera estar más dispuesto (la pintura, la escultura, quizá el teatro), en otras un poco menos (el cine, la literatura). Pero en el terreno de la música la cuestión es el limitado número de variantes. Se puede no respetar el orden impuesto de notas y escalas, se puede tocar sin saber, o se puede optar por el silencio intencional como snob muestra de espíritu artístico. Y no hay mucho más que eso. En otras épocas tal vez se podía tratar de estar a la vanguardia rescatando algún instrumento indígena de la Alaska profunda o golpear envases vacíos de yogur. Pero en estos electrónicos tiempos cualquier sonido puede ser reproducido y mezclado con otros por cualquier hijo de vecino en la comodidad de su hogar. (*) (**)

Electrónico sería el género del primer/último disco de David Lynch. Y la etiqueta “alternative” será agregada por el inteligente reproductor multimedia que elijas usar. El principal problema es que quizá uno esperaba más. David es un genio, qué duda cabe. Y genio en el sentido barrial del término, como sinónimo de capo. Pero decir cosas tales como que Crazy Clown Time es innovador,  perturbador, fuera de los cánones habituales, avant-garde o términos similares, solo puede deberse a dos razones:

1 – No escuchaste el disco. Lo cual sería cuando menos vergonzoso si lo tuyo es escribir en alguna revista especializada o en el suplemento cultura de un diario.

O

2 – Te gustan los Rollings, U2, Soda Stereo en su primera época y alguna vez en un ataque de locura te bajaste un tema de The Beta Band después de haber visto Alta Fidelidad.

Esto último dicho sin ningún tipo de condescendencia. Pero Crazy Clown Time, que es un buen disco, suena muy parecido a cualquier otro disco de esta época. Se puede afirmar incluso, sin temor, que llega con un leve retraso o que su sonido justificaría que se escuche de fondo el ruido sucio de una púa saltando sobre vinilo (úsese Good Day Today como botón de muestra).  Hasta se puede decir que suena amable. Y tal vez esa sea la verdadera rareza de todo este asunto. Jugando al lugar común, Crazy Clown Time es para prenderse un faso y tirarse en el sillón teniendo como única luz la de una lámpara ubicada de manera estratégica en el rincón más lejano del living. Se recomienda especialmente para este caso She Rise Up o el pertinente Strange and Unproductive Thinking. Si tenés un enano cerca con The Night Bell with Lightning te vas a sentir en Twin Peaks.

En todo caso, si querés un poco de perturbación, volvete a escuchar un viejo disco de Tricky, tipo Pre-Millennium Tension o Angels with Dirty Face.

* ¿Alguna vez tuviste la suerte de jugar con el MTV Music Generator en la vieja Playstation 1?

** Si querés ver un pequeño chiste sobre el estado del arte contemporáneo pegale una mirada a Untitled.

La Casita del Horror

31 Oct


A Estados Unidos se le debe reconocer que nunca tiene miedo de poner la etiqueta de universal a todo aquello que produce. Y nos guste o no, sin ponernos a pensar en las razones y/o consecuencias de esto, la verdad es que en cuanto a educación musical y fílmica, el material de estudio casi siempre nos vino del norte y en idioma inglés. También, mal que le pese a Greenpace, es experto en reciclaje. A tal punto que hay toda una generación que cree que, por ejemplo, las versiones de las canciones que se escuchan en Glee son originales y no covers de grandes (y no tanto) clásicos.

Su creador, Ryan Murphy, repite la fórmula que tanto éxito le dio usando esta vez como materia prima los elementos que definen el género del terror. Entonces, en American Horror Story no vas a ver nada que no hayas visto antes. Todo lo contrario, podes jugar a reconocer a qué película hace referencia ese asesinato, ese giro del guión, esa banda sonora, o esa toma, que, con la excusa del homenaje se repiten una y otra vez a lo largo de la serie.

Una familia de apellido Harmon, compuesta por un matrimonio y una hija adolescente, se muda de Boston a Los Ángeles. Las razones de dicha mudanza son tan familiares como trágicas: una infidelidad y una muerte. Si bien son clase media consiguen una mansión reciclada a muy buen precio como nuevo hogar. Lo que no saben es que la misma está embrujada y que su maravilloso piso de madera ha sido manchado con sangre con alarmante frecuencia.

Hay un problema de formato. No es lo mismo una película de una hora y media que una hora semana tras semana hasta completar trece capítulos, que es lo que durará la primera temporada. Para el cuarto episodio ya hemos perdido la cuenta de la cantidad de desgracias, disgustos y experiencias siniestras, no siempre sobrenaturales, que ha atravesado esta familia. A esta altura, es más la gente muerta que anda dando vueltas que la viva. ¿Qué están esperando los Harmon para irse? ¿Cuántos más tienen que morir? ¿Son boludos o se hacen?

Suponemos un eficiente y aceitado grupo de guionistas que por ahora sostienen la trama en el delicado límite de lo verosímil. Los argumentos van desde la crisis inmobiliaria (el nuevo Vietnam de los norteamericanos) hasta la lógica pérdida de conciencia de la realidad de los desafortunados nuevos moradores. Tenemos fe además que la historia avanzará sobre esa sensación de condena que tienen los sanguinarios y malévolos espíritus que habitan la mansión, que ya están un poco cansados de tanta muerte violenta y solo quieren irse al infierno.

Un apartado especial para Jessica Lange, que resume toda la maldad del mundo en forma de vecina, que no tiene ningún problema en llamar mogólica a su hija con síndrome de down o en robar cucharas y tenedores para luego venderlos por eBay. Otro gran personaje es la hija adolescente, que por estar atravesando esa época de la vida, es la que menos se asusta y hasta disfruta de tanto desquicio a su alrededor. Tal vez porque sabe que así como no hay nada nuevo bajo el sol, tampoco se encuentran muchas novedades entre las sombras.

Los que limpian

19 Oct

Producto de la revolución industrial y de esa maldita costumbre de explotar colonias en el extranjero, a la larga tradición aristocrática inglesa se le adosa y se le pega toda una generación de burgueses con la suficiente plata como para comprar títulos de nobleza, castillos y por supuesto un verdadero ejército de sirvientes que, entre todo lo que hacían, tenían la tarea de recordarles, día tras día, que ellos también pertenecían.

Downton Abbey se ubica temporalmente a comienzos del siglo XX. 1912 para ser exactos y comienza con una que la sabemos todos: el hundimiento del Titanic.  Evento que sirve de punto de partida para que acompañemos a la famila Crawley tratando de superar esta y otras tragedias de diversos tamaños. Al recorrido también se suman todas las personas a su servicio: mayordomos, ama de llaves, ayudantes de cámara, cocineras, lacayos, sirvientes y chofer.

Mirando esta serie de origen británico es imposible no pensar en Lo que queda del día, en la maravillosa y obsesiva Gosford Park o en cualquier otra película, basada casi siempre en algún libro, cuyo objetivo es  detenerse y explotar el detalle más simpático de la época: la caída inevitable de la tradición, la rebelión pequeña y cotidiana de los que estaban al servicio de los más poderosos. Downton Abbey suma como fortaleza además el rescate de los detalles de tipo anecdótico: la introducción en la vida cotidiana de la electricidad, del teléfono, del uso de la expresión “fin de semana”, de los primeros pantalones para mujeres.

No faltan los amores imposibles, por conveniencia y prohibidos. Están los villanos, aristocráticos y plebeyos. Están el pasado y el futuro como amenaza constante. Está la salvaje pero diplomática dinámica de la interacción familiar así como la mirada y el acecho de todos aquellos que los ayudan hasta para vestirse. Como frutilla del postre, un vestuario impecable, calidad fotográfica de la imagen y unas actuaciones brillantes. Es la serie inglesa más cara producida hasta el momento. Según dicen, un millón de libras gastadas por episodio. Sabemos que costo y calidad no necesariamente van de la mano, pero acá, queda poco espacio para la duda.

Tal vez el único defecto sea que a veces tenemos la sensación de estar mirando la más trillada de las novelas. Pero al fin y al cabo, esto es televisión, y ante tanto brillo y prolijidad tampoco es cuestión de andar exagerando con las pretensiones.

Seducido y abandonado

30 Ago

Ya sea como motor de la historia o como inspiración, si las mujeres no abandonaran a los hombres habría mucha menos literatura. Esto es lo que le pasa al protagonista de Trampa de Luz, de Matías Capelli. Una mujer que se fue, y regresa solo por un rato, deja en evidencia el espacio vacío. Por desborde, el lugar de esta pieza faltante empieza a ser ocupado por la propia historia que incluye otras ausencias, la billetera casi vacía, un departamento deteriorado, un auto estacionado desde hace mucho tiempo en el mismo lugar. Hay otras mujeres, sensuales pero distantes o prohibidas por la sangre. Largo será el día hasta llegar a la noche. Contará con la ayuda  de Silas, un portero devenido en guía sentimental y geográfico, sin tener demasiada conciencia de ello. El viaje concluirá a la mañana siguiente con algo así como una respuesta o una frágil esperanza.

En su primera novela (y segundo libro) Matías Capelli es agudo y preciso en los detalles, en los gestos que terminan de completar diálogos y situaciones. Exhaustivo en la descripción de los pensamientos que surcan la cabeza del protagonista, logra a su vez una historia que avanza sin pausa por la acción. Un After Hours indefectiblemente porteño y por eso melancólico, oscuro y asfixiante, donde no falta ni la lluvia, ni la puta, ni el cruce con personajes varios de distinta calaña, reconocibles y particulares a la vez. Se sospecha, de tanto en tanto, un cierto abuso de metáforas y comparaciones de corte poético así como de palabras que suenan un tanto anacrónicas.

Por estilo y clima es posible asociar Trampa de Luz con Placebo, de José María Brindisi. Y por qué no cerrar un triángulo sobre la soledad masculina con Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Con este último  además comparte la noción de viaje pero sin fines  iniciáticos o epifánicos. Se trata más bien de contar qué es lo que pasa en la mitad del recorrido, en las paradas al costado de la ruta, en la descripción de los paisajes cambiantes a medida que se avanza. En cada caso serán distintos los ribetes, otros los destinos. Pero cada uno servirá para llegar a la misma conclusión: a veces es bueno que el hombre esté solo.

Defender la especie

19 Ago

Si hasta ahora no viste la original de El Planeta de los Simios (1968) y/o la extraña y tal vez fallida versión de Tim Burton (2001), seguramente no lo vas a hacer ahora, así que te vamos a contar de qué venía la cosa. Un astronauta se estrella contra un planeta donde está todo dado vuelta: la raza dominante son los simios y los humanos son un poco menos que esclavos, con mucho de mascota. Al final el protagonista descubrirá que el planeta no es otro que la tierra y que su viaje no fue solo en el espacio sino en el tiempo: está en el futuro, que es negro y peludo. Entre estas dos versiones hay sutiles y gruesas diferencias pero el concepto es exactamente el mismo.

En The Rise of The Planet of the Apes (2011), o como “ingeniosamente” la titularon por estas tierras hispanoparlantes El Planeta de los Simios (R)Evolución, lo que se cuenta es qué pasó en la tierra para que las cosas terminaran de esta manera. Como en cualquier tragedia futurista, la culpa la tiene una corporación, dueña de un laboratorio donde un experimento falla o tal vez sale demasiado bien. No falta el personaje sin ética, ansioso de forrarse en plata, que desencadenará la catástrofe. Veremos cómo un simple y simpático monito se salta los miles de años que exigiría la evolución darwinista y en poco tiempo pasa de ser animal para testear medicamentos a encabezar una revolución. No vamos a dar más detalles del argumento por si alguno decide verla.

Lo interesante está en el proceso que atraviesa este Che Guevara de los primates. Más allá de la velocidad con que lo hace (justificada por la simple intervención de un gas) a medida que el simio avanza en su transformación vemos cosas tales como que de andar en bolas, prefiere jeans y pulóver. Descubre la traición, el amor, el engaño, la violencia y la conciencia de la muerte. Entiende cómo funcionan las relaciones de poder y llega a un grado de sutileza tal que sabe que no es lo mismo que te digan simio a que te digan mono o chimpancé. Lo que no llega, claro, es el cuestionamiento de las evidentes desventajas de terminar siendo un animal superior. Antes de que esto suceda Hollywood viene al rescate y comienza la revolución. A esta altura de la película, ya nos podemos olvidar de cualquier planteo, ya que lo importante es ver como ambos bandos se enfrentan, con explosiones y acrobacias varias. En este punto podrían ser, en lugar de simios, gatos monteses, invasores de Urano o Bichos Bolitas. El efecto es el mismo. Al fin y al cabo, lo único que pretendían explicar era por qué cuando el astronauta regresa el planeta ya no es lo que era.

¿Es The Rise of The Planet of Apes una buena película? Probablemente no. ¿Es mala? Nosotros no somos quién para andar haciendo semejante afirmación. Lo que sí, como pasa la mayoría de las veces, si te enganchas en el juego, probablemente la pases bien. En la función que fuimos, hubo gente que al final aplaudió y todo.

¿Cuál es la razón entonces para escribir sobre (R)Evolución? Sencillo: así como entre bueyes no hay cornadas, entre monos no nos vamos a andar pisando la banana.

El ángel de Charlie

17 Ago

Vale preguntarse cuál será la fascinación que ejerce ver a alguien cocinar. Porque sin temor a equivocarnos estamos seguros que el 90 % de los que miran programas dedicados a la gastronomía nunca en su vida sorprenderán a familiares o amigos con algunos de los platos que allí se preparan, aunque alguna que otra vez hasta se hayan tomado el trabajo de anotar la receta. Lo que sí se aprende y se aplica, es algún que otro truco valioso para que, por ejemplo, la salsa blanca no tenga grumos, los huevos duros no tengan sabor amargo y cómo hacer para que el salteado de verduras salga más o menos parecido al que nos mandan, vía delivery, del restorán chino de la vuelta.

En esto, está claro, Utilísima Satelital pareciera estar más cerca de nuestras milanesas con fritas cotidianas que El Gourmet, donde uno siempre se ilusiona con que esta vez sí, tenemos todos los ingredientes para mandarnos una comida del carajo hasta que al final siempre le terminan echando un chorro de un aceite que solo se consigue en los Balcanes durante el equinoccio de primavera o filetean un vegetal que no hemos visto en nuestra vida y que seguramente en la verdulería de la cuadra no se consigue.

Ambos canales no pudieron escapar de la fiebre reality que atraviesa transversalmente a la televisión toda. En el primero se llamó Cocineros al Límite, inspirado en el foráneo Top Chef; y en el segundo, Yo quiero ser Gourmet 2010. De este último resultó ganador  un señor de nombre Charlie Rowe, que ahora tiene su propio programa en esa misma señal, llamado En casa cocina Charlie.

Charlie es un señor mayor. Estamos seguros de que en la calle siempre hay gente que le dice abuelo. Porque es cierto: podría ser tranquilamente padre de alguno de nuestros padres. Canoso, panzón, de habla fácil. Reconoce que su formación es de la hornalla de la vida. “Yo aprendí a cocinar – dice – porque me gusta comer bien”. Ignoramos si lo han sometido a algún tipo de entrenamiento pero se maneja delante de las cámaras con un natural profesionalismo. Sabe meter como quién no quiere la cosa el chivo sobre la revista del canal y mecha comentarios sobre sus charlas con el carnicero amigo, que se sorprende, nos cuenta, por algunos particulares pedidos que él le hace. Porque si bien se permite alguna que otra sofisticación (como usar mostaza de Dijon que compró en su último viaje a Francia) Charlie cocina abundante, para recibir a los amigos, para bajarse un par de botellas de tinto al mismo tiempo. Como el puré de batata que hizo para acompañar el carré de cerdo (que idealmente debería cocinarse con cuero y todo, aconseja Charlie). Cortó las batatas en rodajas del mismo tamaño, las tiró en una olla, le agregó mucha manteca, sal, pimienta y crema de leche “hasta cubrir”. Se cocina y listo. Sin colar, solo queda pisar y pisar hasta hacerlo puré, que era el objetivo.

Buen provecho.

La suma de todos los aciertos

16 Ago

Hay que ser muy valiente o muy pelotudo para tomar como referencia directa a esa genialidad televisiva que se llamó Twin Peaks. Iguales son los afiches de una y otra serie así como calcada es la manera en que se descubren los cuerpos, incluida una madre que grita a través del teléfono. Las “coincidencias” siguen: ambas ocurren en el estado de Washington. El asesinato de una adolescente afecta a toda una red de personajes cercanos, y no tantos, de la víctima. Está la familia. Está la amiga. Está el culpable obvio y una larga lista de personajes secundarios efectivos para el desarrollo de la trama. Cada nueva pista, cada nueva certeza solo será el puntapié inicial para que las dudas se multipliquen de manera exponencial. Lo extraño es que The Killing dice ser una versión de otra serie de origen danés con el mismo nombre.

Las diferencias son producto del lógico paso del tiempo. Ya no vemos un pueblo sino una ciudad.  Ya no es un detective sino una mujer la que lidera la investigación: Sara. Una colorada que no es sexy, que sonríe poco, que se viste igual que sus compañeros hombres. Es eficiente, ve cosas que los demás no ven. Tiene un hijo y está a punto de casarse aunque sospechamos que no tiene muchas ganas y que este nuevo caso sin resolver le viene como anillo al dedo para posponer el asunto. Por su simpática rudeza y su dedicación al límite de lo obsesivo es muy difícil no pensar en una joven Helen Mirren, en aquella otra gran serie que se llamó Prime Suspect (¿No la viste? Andá buscándola y vas a entender muchas cosas de la ficción televisa policial actual). No falta, tal como indica el manual del guionista, el compañero canchero, Stephen, que compensa falta de experiencia con entendimiento de cómo funciona el mundo en algunos lugares. Sabe que para obtener información de un adolescente nada mejor que ofrecerle un poco de porro. El costado político, tópico aparentemente imprescindible en cualquier serie de hoy en día, está representado por Darren Richmond, que en plena campaña por convertirse en intendente se ve afectado  por las implicaciones de este asesinato.

¿Pero entonces estamos recomendando una serie que afanó de muchos lados y que no presenta ninguna novedad? La respuesta es sí y podemos resumir los argumentos de peso en tres sencillas razones:

  1. Un buen ladrón roba a los grandes. Y cuando muestra sus posesiones lo hace de tal manera que uno termina convencido  de que es el legítimo dueño.
  2. Hay mucha oscuridad y llueve seguido. No se puede sentir otra cosa que miedo, mucho miedo.
  3. The Killing, además, es altamente eficaz en clavarte las dudas al final de cada episodio con la profundidad necesaria para que no te quede otra opción que salir corriendo a buscar el que sigue.

Ser franco

15 Ago

Ya se ha dicho bastante y parece ser una de esas cosas en las que todos estamos medianamente de acuerdo: una vez que lo ponemos en palabras, una vez impreso, poco y nada importa la veracidad de los hechos. Aunque el protagonista se llame Franco tal como su autor y también se haya ganado allá por el año 1992 el Premio Persona en la categoría Niño del Año. Tampoco importa que Franco, autor, tal como Franco, personaje, también padezca de osteogénesis imperfecta, una patología que hace que sus huesos tengan la resistencia de un vaso de cristal. Así, en la primera parte del libro, nos encontramos con un hombre que relata cómo es  descubrir temprano toda la distancia que puede caber en un diminutivo, cómo su excesiva fragilidad ósea asusta y al mismo tiempo hace que la gente le asigne virtudes que él no está seguro de poseer. Transitando siempre en el límite peligroso entre el golpe bajo y la honestidad alejada de cualquier efectismo, si es que  la verdad -como dijimos al comienzo-, en cualquiera de sus variantes, forma parte de algún tipo de literatura. Franco además nos cuenta de su amor por las mujeres. Franco coge y mucho. Franco se enamora y deja al descubierto que hay otras fragilidades que son comunes a todos los hombres si de enfrentar a una mujer se trata. En algún momento cuestionará si hay alguna lógica, algún sentido, en lo que le toca padecer.  Se preguntará incluso si Dios existe. Dice que Dios existe.

Y tal vez sea esta necesidad de justicia lo que hizo que toda la segunda parte del libro hable sobre los hechos relacionados con la muerte de Juan Castro, con el cual tenía una relación que nace a partir de una nota periodística para un programa de televisión. Aparece Mauro Viale y le pregunta si alguna vez se quiso matar. Va a comer con Mirtha Legrand. Verá y se resistirá a formar parte del carnaval morboso que se suele organizar en los medios ante la muerte.

Al final Franco se tomará vacaciones en Estados Unidos. Hará todo lo que se supone que uno debe hacer en esos casos, borracheras y festejo del 4 de julio incluidos. Nos contará de la felicidad que le dan los aviones. Como en todo turismo, flotará en el aire un calor amable y un tanto amargo al mismo tiempo. Y al final no quedará otra que enfrentarse a un poco de melancolía, que es lo que siempre pasa cuando un viaje o buen libro se terminan.

Mi nombre es Cosmo

1 Ago

El bio de su twitter dice “My name is Cosmo. I make music and films”. Harrison Cosmo Krikoryan Jarvis, para ser exactos. Cosmo Jarvis para los amigos y la prensa especializada, que lo adora, lo quiere mucho, es su niño mimado. Y no hay ninguna metáfora en esto porque el gurrumín solo tiene 22 años. También le cae bien a otros músicos. Ya tocó con Muse, con Gym Class Heroes, con Panic at the Disco, con The Sunshine Underground y varios más.

Se podría arriesgar la teoría de que intenta exorcizar la complejidad de su nombre, extendiendo esa misma característica a sus trabajos. Su primer disco se llamó Humasyouhitch/Sonofabitch y fue editado por el sello Wall of Sound, que es algo así como confirmar que te pusiste de moda. Su primer hit fue She’s got you, que no es otra cosa que una advertencia, sin ningún tipo de sutilezas,  sobre las mujeres que separan a los amigos. El diablo tiene mil caras, dice. Aunque también sabe ponerse un poco sentimental como para cantar Gone, Like You.

Naturalmente alejado de cualquier tipo de pose arty o indie, Cosmo te entra por el lado del humor. Lejos está de él la intención de ser condescendiente o cínico. Prefiere la reflexión falopera, verborrágica, desafectada, los extractos de conversación de amigos borrachos en alguna madrugada. Su música suena un poco a Jack Johnson pero sin la corrección política, sin ecologías, sin tabla de surf ni animal dibujado que lo acompañe. Una especie de Piñón Pijo pero que sí hace reír y que tal vez sería bueno que tus sobrinitos no escuchen todavía.

Logró ser viral con el video, que también dirigió, de su canción Gay Pirates, del disco Is The World Strange or Am I Strange? Recomendado hasta el hartazgo por gente tan peculiar como Stephen Fry, vía twitter. Si sos de esos que se subscribe a canales de YouTube, te recomendamos especialmente el de Cosmo, donde te podés encontrar rarezas tales como Running Like a Gay o Practicing for Women, que tienen un aire a nuestro admirado y nunca lo suficientemente bien ponderado Peep Show.

Lo último que hizo fue sacar un EP con cuatro temas llamado Sure Hell Has no Jesus, donde una vez más, Cosmo Jarvis se hace el gracioso, arriesgándose a quedar como un pelotudo. Lo cual nos parece, entre tantos que se andan haciendo los cancheros por ahí,  una decisión de lo más inteligente.

Rara, como encendida

30 Jun

Ya está sonando por ahí Crystalline, el primer single del nuevo disco de Björk, Biophilia. También ya están dando vueltas por aquí y por allá los primeros comentarios de la “crítica especializada”. Y como siempre pasa con el material de nuestra islandesa favorita la única manera que encuentran para hablar de un disco de Björk es hablando de otros discos de… Björk. Esto se debe a que de verdad no hay muchos sonidos iguales o comparables a los que ella logra en el mundo de la música. Por otra parte, ignorando cualquier tendencia o moda, sumado a su constante amor a los avances tecnológicos que generen ruido, logra lo que pocos: estar un paso, o dos, o tres, adelante del resto. Y estos pasos no son necesariamente los que seguiremos de ahora en adelante, no son hacia el futuro, sino hacia lo nuevo. Una sutil pero importante diferencia.

Y tal vez lo insoportable de tanto talento y sofisticación hace que nos preguntemos: ¿debemos seguir escuchando a Björk? ¿Es necesario exponer nuestros oídos a sonidos que cada vez están más cerca de lo irritante y a esa voz que siempre siempre nos hace acordar a Jennifer Tilly? Es cierto: Debut nos gustó a todos. La canción Human Nature sigue hasta el día de hoy musicalizando documentales y programas de cable. Post también nos gustó, aunque más de cuatro levantaron el dedo acusatorio al grito de “eh, te vendiste al sistema, Björk”. Telegram solo lo compramos (en esa época todavía lo hacíamos) los fanáticos (en esa época todavía no se decía fan). Homogenic maravilló,  con Selmasongs llorábamos recordando la película y Vespertine pasó desapercibido. Médulla asustó a todos ya desde lo negro de su tapa y tipografía (aunque adentro se escondía una de sus más bellas canciones: Oceanía). Volta fue una prueba de fuego. Separó creyentes de improvisados, devotos de oportunistas, valientes de simuladores. Solo quedaron los fieles hasta la muerte (o próximo disco). Además a Volta le debemos uno de los más raros videos jamás filmados: Wanderlust.

La respuesta sería entonces sí. Escuchemos Biophilia por lo menos una vez aunque decidamos no escucharlo nunca más. Crystalline parece anunciar que hay un retorno a un sonido más amable, aunque la duda vuelve con la irrupción del violento drum’n’bass a los 4:19 de la canción.  Además, ya sabemos: con Björk, un botón nunca es muestra.

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