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Locura tardía

21 Nov


En el nebuloso y resbaloso mundillo del arte la experimentación existe. En algunas ramas el público pareciera estar más dispuesto (la pintura, la escultura, quizá el teatro), en otras un poco menos (el cine, la literatura). Pero en el terreno de la música la cuestión es el limitado número de variantes. Se puede no respetar el orden impuesto de notas y escalas, se puede tocar sin saber, o se puede optar por el silencio intencional como snob muestra de espíritu artístico. Y no hay mucho más que eso. En otras épocas tal vez se podía tratar de estar a la vanguardia rescatando algún instrumento indígena de la Alaska profunda o golpear envases vacíos de yogur. Pero en estos electrónicos tiempos cualquier sonido puede ser reproducido y mezclado con otros por cualquier hijo de vecino en la comodidad de su hogar. (*) (**)

Electrónico sería el género del primer/último disco de David Lynch. Y la etiqueta “alternative” será agregada por el inteligente reproductor multimedia que elijas usar. El principal problema es que quizá uno esperaba más. David es un genio, qué duda cabe. Y genio en el sentido barrial del término, como sinónimo de capo. Pero decir cosas tales como que Crazy Clown Time es innovador,  perturbador, fuera de los cánones habituales, avant-garde o términos similares, solo puede deberse a dos razones:

1 – No escuchaste el disco. Lo cual sería cuando menos vergonzoso si lo tuyo es escribir en alguna revista especializada o en el suplemento cultura de un diario.

O

2 – Te gustan los Rollings, U2, Soda Stereo en su primera época y alguna vez en un ataque de locura te bajaste un tema de The Beta Band después de haber visto Alta Fidelidad.

Esto último dicho sin ningún tipo de condescendencia. Pero Crazy Clown Time, que es un buen disco, suena muy parecido a cualquier otro disco de esta época. Se puede afirmar incluso, sin temor, que llega con un leve retraso o que su sonido justificaría que se escuche de fondo el ruido sucio de una púa saltando sobre vinilo (úsese Good Day Today como botón de muestra).  Hasta se puede decir que suena amable. Y tal vez esa sea la verdadera rareza de todo este asunto. Jugando al lugar común, Crazy Clown Time es para prenderse un faso y tirarse en el sillón teniendo como única luz la de una lámpara ubicada de manera estratégica en el rincón más lejano del living. Se recomienda especialmente para este caso She Rise Up o el pertinente Strange and Unproductive Thinking. Si tenés un enano cerca con The Night Bell with Lightning te vas a sentir en Twin Peaks.

En todo caso, si querés un poco de perturbación, volvete a escuchar un viejo disco de Tricky, tipo Pre-Millennium Tension o Angels with Dirty Face.

* ¿Alguna vez tuviste la suerte de jugar con el MTV Music Generator en la vieja Playstation 1?

** Si querés ver un pequeño chiste sobre el estado del arte contemporáneo pegale una mirada a Untitled.

Mi nombre es Cosmo

1 Ago

El bio de su twitter dice “My name is Cosmo. I make music and films”. Harrison Cosmo Krikoryan Jarvis, para ser exactos. Cosmo Jarvis para los amigos y la prensa especializada, que lo adora, lo quiere mucho, es su niño mimado. Y no hay ninguna metáfora en esto porque el gurrumín solo tiene 22 años. También le cae bien a otros músicos. Ya tocó con Muse, con Gym Class Heroes, con Panic at the Disco, con The Sunshine Underground y varios más.

Se podría arriesgar la teoría de que intenta exorcizar la complejidad de su nombre, extendiendo esa misma característica a sus trabajos. Su primer disco se llamó Humasyouhitch/Sonofabitch y fue editado por el sello Wall of Sound, que es algo así como confirmar que te pusiste de moda. Su primer hit fue She’s got you, que no es otra cosa que una advertencia, sin ningún tipo de sutilezas,  sobre las mujeres que separan a los amigos. El diablo tiene mil caras, dice. Aunque también sabe ponerse un poco sentimental como para cantar Gone, Like You.

Naturalmente alejado de cualquier tipo de pose arty o indie, Cosmo te entra por el lado del humor. Lejos está de él la intención de ser condescendiente o cínico. Prefiere la reflexión falopera, verborrágica, desafectada, los extractos de conversación de amigos borrachos en alguna madrugada. Su música suena un poco a Jack Johnson pero sin la corrección política, sin ecologías, sin tabla de surf ni animal dibujado que lo acompañe. Una especie de Piñón Pijo pero que sí hace reír y que tal vez sería bueno que tus sobrinitos no escuchen todavía.

Logró ser viral con el video, que también dirigió, de su canción Gay Pirates, del disco Is The World Strange or Am I Strange? Recomendado hasta el hartazgo por gente tan peculiar como Stephen Fry, vía twitter. Si sos de esos que se subscribe a canales de YouTube, te recomendamos especialmente el de Cosmo, donde te podés encontrar rarezas tales como Running Like a Gay o Practicing for Women, que tienen un aire a nuestro admirado y nunca lo suficientemente bien ponderado Peep Show.

Lo último que hizo fue sacar un EP con cuatro temas llamado Sure Hell Has no Jesus, donde una vez más, Cosmo Jarvis se hace el gracioso, arriesgándose a quedar como un pelotudo. Lo cual nos parece, entre tantos que se andan haciendo los cancheros por ahí,  una decisión de lo más inteligente.

Rara, como encendida

30 Jun

Ya está sonando por ahí Crystalline, el primer single del nuevo disco de Björk, Biophilia. También ya están dando vueltas por aquí y por allá los primeros comentarios de la “crítica especializada”. Y como siempre pasa con el material de nuestra islandesa favorita la única manera que encuentran para hablar de un disco de Björk es hablando de otros discos de… Björk. Esto se debe a que de verdad no hay muchos sonidos iguales o comparables a los que ella logra en el mundo de la música. Por otra parte, ignorando cualquier tendencia o moda, sumado a su constante amor a los avances tecnológicos que generen ruido, logra lo que pocos: estar un paso, o dos, o tres, adelante del resto. Y estos pasos no son necesariamente los que seguiremos de ahora en adelante, no son hacia el futuro, sino hacia lo nuevo. Una sutil pero importante diferencia.

Y tal vez lo insoportable de tanto talento y sofisticación hace que nos preguntemos: ¿debemos seguir escuchando a Björk? ¿Es necesario exponer nuestros oídos a sonidos que cada vez están más cerca de lo irritante y a esa voz que siempre siempre nos hace acordar a Jennifer Tilly? Es cierto: Debut nos gustó a todos. La canción Human Nature sigue hasta el día de hoy musicalizando documentales y programas de cable. Post también nos gustó, aunque más de cuatro levantaron el dedo acusatorio al grito de “eh, te vendiste al sistema, Björk”. Telegram solo lo compramos (en esa época todavía lo hacíamos) los fanáticos (en esa época todavía no se decía fan). Homogenic maravilló,  con Selmasongs llorábamos recordando la película y Vespertine pasó desapercibido. Médulla asustó a todos ya desde lo negro de su tapa y tipografía (aunque adentro se escondía una de sus más bellas canciones: Oceanía). Volta fue una prueba de fuego. Separó creyentes de improvisados, devotos de oportunistas, valientes de simuladores. Solo quedaron los fieles hasta la muerte (o próximo disco). Además a Volta le debemos uno de los más raros videos jamás filmados: Wanderlust.

La respuesta sería entonces sí. Escuchemos Biophilia por lo menos una vez aunque decidamos no escucharlo nunca más. Crystalline parece anunciar que hay un retorno a un sonido más amable, aunque la duda vuelve con la irrupción del violento drum’n’bass a los 4:19 de la canción.  Además, ya sabemos: con Björk, un botón nunca es muestra.

The Ditty Bops

17 Jun

Cuando recomendé The Squirrel Nut Zippers, un amable comentarista me preguntó si conocía a las Ditty Bops y, obviamente, mi respuesta fue negativa. Le contesté diciendo que esa misma tarde iba a buscarlas pero la verdad es que tardé varias semanas en realizar la difícil tarea de tipear Ditty Bops en Google. Cuando lo hice, me arrepentí de no haberlas buscado antes. La banda, formada por la amorosa pareja de Abby DeWald y Amanda Barrett, sacó su primer disco (The Ditty Bops, 2004) con la Warner (uno de sus temas fue la cortina de una de las temporadas de Grey´s Anatomy, no sé exactamente cuál, pero por lo que vi en la tapa del disco todavía estaban el negro que salía con la oriental y George, así que es una de las viejas). De este disco resalto uno de los videos más lindos y dulces que recuerde (dejo el video acá abajo porque cuando un video me gusta mucho procuro tenerlo a mano para verlo hasta odiarlo). El segundo disco, Moon Over the Freeway, salió en el 2006 y lo promocionaron con una gira en bicicleta que las llevó desde Los Angeles hasta Nueva York.

Después se fueron de Warner y aunque no encontré ningún motivo específico, mi cabeza fantasiosa piensa que se fueron porque no soportaron lo mainstream y prefirieron jugarla de hippies. Y así, de hippies, siguen sacando discos producidos por ellas mismas, escriben e ilustran libros infantiles, exponen sus pinturas o hacen apariciones esporádicas en The L Word porque, al parecer, son de esas mujeres que hacen todo bien.

Las Ditty Bops hacen folk, country, swing y otros estilos que no sé cómo se llaman pero son igual de ¿amables? ¿alegres? ¿lindos? Ideales para levantar cualquier tarde lluviosa, para poner de fondo en una comida con amigos o para bailar por el departamento.

Historias del Gótico Americano: “The Shaggs”

2 Jun

Un día Austin Wiggin jr. se hizo leer la mano por su mismísima madre. Según la vieja, en las líneas de la palma se podía ver esto: una mujer pelirroja (“strawberry blonde”). Dos hijos que ella (la madre de Wiggin) no iba a conocer. Tres hijas que van a tocar en una banda.

Las dos primeras predicciones se cumplieron. Austin se casó con Annie (pelirroja) y tuvo dos hijos varones cuando ya su vidente madre había muerto. Después vinieron cuatro nenas. Así que el bueno de Austin hizo lo que tenía que hacer. Agarró a tres de sus hijas (Helen, Betty y Dorothy) y les dijo que formarían una banda, como si fuera un padre progre que ayuda a los críos a alcanzar sus sueños frustrados de juventud. Bien podía ser el caso: era 1968. Los Beatles. LSD. Mayo del 68´. Pero Austin no era un beatnik de Frisco o L.A. Nada que ver. Era un obrero de Fremont, un pueblito perdido en New Hampshire, sin mar ni montañas ni bosques, donde una vez se estrelló un B-52 y no mató a nadie. Listo. Eso era todo lo que se sabía de Fremont.

Ahora sabemos que ahí nacieron las integrantes de “The Shaggs” .

Zappa dijo que eran mejores que los Beatles. Están en el top five de bandas favoritas de Kurt Cobain.

Pero para eso todavía falta.

Estamos con papá Austin obligándoles a las hermanitas Wiggin a tener una banda para cumplir con su destino. Helen (22), Dorothy -“Dot”- (21) y Betty (19). No eran populares ni lindas ni flacas ni demasiado inteligentes, y mucho menos brillantes o talentosas. Jamás pensaron ni remotamente en ser rock stars.

Y así les fue. La primera presentación pública, en un show de talentos cerca de Exeter, salió mal. Muy. Las chicas apenas podían tocar sus instrumentos. Les tiraban latas de Coca Cola, las abucheaban. Austin dijo que tenían que practicar más. En casa. Porque a todo esto les había hecho abandonar el colegio, había comprado instrumentos con plata que no tenían, y había diagramado un esquema de prácticas rigurosísimas. Básicamente, ensayaban todo el día. A la mañana y a la tarde, instrumentos. A la hora de la cena tocaban para el padre. Antes de acostarse hacían ejercicios de calistenia o elongaban e incluso a veces volvían a tocar por otra hora más. Así, todos los días de su adolescencia. Sin salir, sin amigos ni novios, y con American Home School: educación hogareña por correo.

Los viernes la familia Wiggin completa iba a hacer compras. Los domingos, a la iglesia. A la vuelta, las chicas practicaban. A Austin no le gustaban las faldas cortas ni los Beatles, y no tenía idea de música: prefería mirar televisión. Pero a sus chicas las iba a sacar buenas. Dicen que los ensayos eran solemnes. Que Austin escuchaba con la gravedad de una institutriz alemana. Les hacía repetir muchísimas veces la misma canción porque no estaba conforme con el resultado. En especial ésta de acá abajo, que dio nombre a su único disco:

Entonces.

Austin Wiggin jr., luego de sábados y sábados de intrascendentes shows de “The Shaggs” en el salón de actos de la municipalidad y en la clínica local, subió a las chicas al auto y con todos sus ahorros fueron a Boston. El ingeniero de sonido de Fleetwood Studios sugirió tímidamente a Austin que la chicas no estaban listas. Y él: “Vos, grabá”. Y el disco se grabó. Se hicieron mil copias de Philosophy of the World. Aparentemente novecientas desaparecieron en algún depósito junto con el productor. Era 1969. Vietnam. Revueltas estudiantiles. Marchas hippies. Las letras de “The Shaggs” (escritas por Dot) decían: “Los padres son los únicos que importan/ ¿Quiénes son los padres? / Son los que siempre están / Algunos chicos piensan que ellos son crueles / Sólo porque tiene que obedecer ciertas reglas / Los padres entienden / Los padres importan”.

El disco no se vendió. La municipalidad les canceló los shows. A esa altura decían que Austin tenía sexo con sus hijas. Años después, las chicas negaron eso. Salvo Helen, que dijo que una vez, sí.

Helen.

Ella tiene una historia dentro de la historia de “The Shaggs”. Se casó en secreto con su primer novio. Siguió viviendo en la casa de sus padres por miedo. Tres meses casada sin que nadie supiera. Una noche juntó coraje y se fue. Bueno, Austin cayó en lo del marido de su hija mayor con un arma. Así que también hubo policías.  Los oficiales le dijeron a Helen que tenía que elegir por uno de los dos hombres. Se quedó con su marido. El padre no le habló por meses. Ella tenía 28 años.

Mientras las chicas fueron esa banda que tocaba en las ferias locales y en la clínica del pueblo, esa banda que había grabado un disco que poquísimos escucharon, Austin no dejó ni un segundo de pensar rabiosamente, como uno de esos personajes de Arlt, en el sueño que le había regalado su madre de tener hijas famosas, las mejores hijas que un habitante de Fremont pudiera tener. Dos cosas pasaron para que finalmente el sueño se realizara. Pero el tiempo de la fama no es el mismo que el de las personas. Suele suceder: con 47 años, el padre de las Wiggin sufrió un paro cardíaco fulminante, y chau “The Shaggs”.

No pudo leer, a propósito del relanzamiento de Philosophy of the World, el nombre de sus hijas en una Rolling Stone de 1980. La reseña decía que el disco era precioso y atemporal. De ahí a Zappa y Cobain, de ahí a hacerse mundialmente famosas por una banda que habían desarmado con enorme placer en 1973 (cuando papá Austin estiró la pata), un pasito.

Pequeña digresión: muerto Wiggin padre, las chicas y la madre vendieron todo. Hasta la casa. Los compradores dijeron que ahí adentro había un fantasma. Que los perseguía el espíritu implacable de Austin. La casa, entonces, fue donada al municipio. De inmediato le encontraron un buen uso: la prendieron fuego y mandaron a los bomberos en plan de simulacro.

A mediados de los noventas Philosophy of the World salió por tercera vez. Un tal Irwin Chusid se lo propuso un tal Joe Mozian, vicepresidente de RCA Víctor. Se pagaron los derechos y el disco volvió a la calle. Vendió poco. Apenas unas miles de copias.  Mozian cree que a la gente le da vergüenza tener el disco de las Shaggs. Es que hubo mucho de culto, y mucho de escucha irónica. Suenan mal, con un tempo rarísimo, con letras de una métrica imposible y voces inexpresivas, monocordes. Como si la banda hubiera funcionado en realidad como una gran recomendación inversa de las que ya hablamos en este blog (cómo no pensar, además, en la versión yanqui y oscura de nuestros Reynols).

En septiembre de 1999 Susan Orlean escribió un artículo en The New Yorker sobre las Wiggin. Viajó hasta el Dunkin`Donuts de Epping, el pueblo donde ahora viven dos de las hermanas, para encontrarse con ellas. Dot (la que escribía las letras) tenía 50, y un marido con problemas de salud. Limpiaba casas. Betty tenía 48. Había sido preceptora y por suerte ya había encontrado un trabajo mejor en el depósito de un comercio que vende electrodomésticos. Su marido había muerto en un accidente de moto. Nunca más tocaron ningún instrumento. Aunque Dot hacía dos años que escribía letras de canciones con esperanza de ponerles melodía. Helen no se reunió con ellas para la nota. Era depresiva crónica. La periodista la llamó por teléfono. Atendió. Dijo que de esa época prefiere no hablar mucho, y que odia escuchar música.

Me gustan, son divertidos

26 May

Lo que me sucede cada vez que quiero escribir algo sobre música, es lo siguiente: no sé qué carajo decir. Todo mi discurso musical se compone de: “me gusta” (y sus variantes “me encanta”, “amé”, “copado”), “no me gusta” (lo mismo: “asco”, “odié”), “me divierte” y “me aburre”. Eso, y tal vez alguna similitud con algún otro músico o grupo que conozca, es todo lo que puedo decir sobre lo que sea que esté escuchando.

Por ejemplo, hace casi un mes se me ocurrió venir a recomendarles “Squirrel Nut Zippers”, una banda que se formó en 1993 en North Caroline y que desde el momento que la conocí me cautivó por completo. Y el retraso de la recomendación se debe, precisamente, a lo que explicaba más arriba: lo único que puedo decir de Squirrel Nut Zippers es: me encanta. Me divierte.

No sé bien por qué me encanta y me divierte, y supongo que en ese misterio reside todo mi amor: hacen, en pleno siglo XXI, música de los años ´30, y no sólo hacen esa música sino que además se visten como en los años ´30, hablan como en los años ´30, tienen videos ambientados en los años ´30 y todo, absolutamente todo lo que los rodea, parece una puesta en escena que se extiende sobre y más allá del escenario.

Me gustan los Squirrel Nut Zippers porque son lúdicos. Porque juegan a vivir en otra época (aquí quedaría resolver si lo hacen porque aman los años ´30 o porque odian la actualidad). Me divierte que en todas las fotos salgan ¿disfrazados? ¿metidos en el personaje?. Y porque juegan tan bien es que cada vez que los escucho yo también me animo a jugar con ellos, y cada vez que alguien me pregunta “¿Qué es esto que escuchamos” yo contesto “Los Squirrel Nut Zippers, me encantan, son divertidos, escuchalos”.

La Belleza Calculada

17 May

Es imposible no sospechar. O tal vez solo sea un poco de envidia oculta. Cuando alguien es bonito y talentoso uno suele preguntarse por qué a unos tanto y a otros tan poco. Y nos defendemos tratando de encontrarle defectos. Como cuando sale alguna nueva boy band nunca falta el que dice “todos putos” y “no cantan ellos”. Además todos estamos apiolados de que existen asesores de vestuario, asesores de imágen, publicistas, jefes de prensa y ladrones varios que se ocupan de presentar a todo aquello que genere la sospecha de ser una futura superstar con una natural pero visible y paradójicamente forzada elegancia, rebosante de coolness.

Y ahora tenemos a Kimbra. Kimbra Johnson. Neozelandesa. Dicen que es singer, songwriter y dancer. Dicen también que se dedica a los géneros soul, alternative y jazz. La verdad es que es tan morocha que tranquilamente podría ser de por acá, de Villa Crespo, ponele, que se compra la ropa en Palermo, en el local de una amiga que es diseñadora de indumentaria. A ella todo le queda bien, además, diría una vecina, mientras nos pasa el mate. Su disco debut salió hace poco. Se llama Vows. Claro está, su primer hitazo se tira para el lado del pop, lo cual nos hace sospechar que el ejército marketinero del que hablábamos al principio está haciendo su tarea. Sea así o no, la cosa parece funcionar. Ella canta, con un vestidito negro, unas nenas atrás haciendo una rara coreografía. Y la canción se te pega.

 

Y ya se viene el segundo. Más vestiditos, mas nenitas, más coreografía y agregamos muchachos.

 

La sospecha se hace certeza: esto está fabricado. No puede ser todo tan perfectito. Hasta que la escuchas en vivo, con la banda atrás. Parece que sí, cualquier porquería que se ponga le queda bien. Y corriendo el tan menospreciado velo del pop, aparece su voz, profunda y juguetona que le debe mucho a Regina Spektor. Te resistís pero la sospecha se diluye: parece que tiene talento, nomás. Y buen gusto: su MySpace dice que ahora está escuchando a Young Men Dead. Y entonces sí, el lamento, una vez más: por qué algunos tanto, Señor Nuestro, y otros, tan poco.

El combo de las calderas ardientes

13 May

Dos hermanos.

Habría que arrancar por los Carpenters. Richard y Karen, que metieron unos hitazos en los 60´s y después vino la anorexia fulminante de ella –muerta a los 32- y la adicción de él a una sedante hipnótico extrañísimo (quaaludes).

La junta de dos hermanos (nena/nene) no es algo tan común en el mundo del pop/rock. Los Beach Boys no cuentan porque eran todos hombres. Por eso Jack y Meg White ocupan el primer lugar del podio de la hermandad rockera, y en su momento fueron lo cool. Vale aclarar que Jack no se quedó ahí. Superó las expectativas de todos, incluso las de su hermanita, que desde la batería lo ve crecer, multiplicarse y convertirse en el (¿único?) referente actual del rock crudo, un paso adelante de lo garage: guitarras poderosas, bajo, batería y estribillo.

Están los nuevitos Sleigh Bells, que copiando el modelo nena/nene confundieron a todos pero no, no son hermanos (aunque también: ellos son tan cool).

En el 2004 (hace 500 años) hubo un disco que se llamó “The Blueberry Boat” (Rouge Trade, 2004). Trece temas de entre los cuales por lo menos cinco superan los 5 minutos y llegan a 8, 9, o pasan los 10. Además de canciones de una duración anticomercial, el disco de los Fiery Furnaces es un cambalache de estilos fusionados y estribillos pegadizos que duran lo que Eleanor y Matt Friedberger quieren; un zapping musical frenético, como si estuvieran haciendo el Odelay del futuro.

Súper recomendable (si hace 500 años escuchaste cualquier otra porquería) “The Blueberry Boat”. Si yo tuviera que vender esta banda a alguien que no los conoce, el combo increíble que arman con 1 solo tema, lo haría escuchar Mason City. Canta ella, canta él, hay una balada con arreglitos electrónicos, hay explosión de guitarras, un detenimiento, y después cierra la voz encantadora de Eleanor entre un piano y una calma engañosa, hasta que viene la distorsión.

Componen bien, los Friedberg. A veces no controlan tanta creatividad hiperactiva , y se van al carajo. Los discos Rehearsing My Choir (cantan con la abuela), Bitter Tea y Take Me Round Again (se versiona entre ellos: mismo tema cantado primero por uno, después por el otro) son, en su mayoría, infumables.

La posta, la vuelta a la desmesura que nos gusta, las canciones-combo que uno nunca puede memorizar del todo, adivinar cómo siguen, es Widow City (Thrill Jockey, 2007). Tiene la densidad de un disco conceptual pero con sus buenos toques pop (“But she means nothing to me now, i tell myself that everyday”), y la escucha es exigente sin ser soporífera: 16 temas interminables, adictivos, barrocos. Y, por qué no, alegres, para arriba.

10 Covers mejores que los originales

28 Abr

No sé qué puede haber pasado por la cabeza de Roland Orzabal (Tears for Fears) el día que estaba viendo Donnie Darko y escuchó la versión de su tema (Mad World), después de (supongo) haber cobrado un suculento cheque por los derechos, porque con el cover de Michael Andrews y Gary Jules (dos perfectos desconocidos que hacen música para películas o videojuegos) se terminó la Mad World que conocíamos antes, la de Tears for Fears, o, para decirlo bien claro: después de escuchar la nueva versión Orzabal supo, tiene que haberse dado cuenta, que ya nadie más se iba a acordar de la original, nadie más la iba a tararear con ese ritmo acelerado y ochentoso, nadie más que Wikipedia retendría el dato de que fue un tema compuesto por un tipo que alguna vez tuvo una banda que se llamó Tears for Fears, así que no sé cómo le habrá pegado todo eso ni cuál fue la cifra del cheque pero no debe haber alcanzado para cubrir el orgullo herido por un nuevo/viejo hit en el que ahora él tenía poco, casi nada que ver.

Covers traicioneros, que borran la firma del autor y se adueñan del tema.

Covers tan buenos que hacen pensar que, en realidad, así debería haberse grabado el original.

El cover como obra de arte, una falsificación a la que se le fue la mano, los bigotes de la Gioconda: algo nuevo y superador que nace de un robo genial.

1. Mad World: Tears for Fears vs. Michael Andrews y Gary Jules.

2. Everybody´s Got to Learn Something: The Korgis vs. Beck

3. One: Harry Nilsson vs. Aimee Man.

4. I Just Don’t Know What to Do with Myself : Dusty Springfield vs. The White Stripes.

5. Tainted Love: Soft Cells vs.  Marylin Manson.

6. Sea of Love: Muchos (Bobby Darin, Phil Phillips) vs. Cat Power.

7. Superstar: The Carpenters vs. Sonic Youth.

8. What´s Going on: Marvin Gaye vs.  A Perfect Circle.

9. Live and Let Die: Wings vs. Guns and Roses.

10. Across the Universe: The Beatles vs. Fiona Apple.

Queremos tanto a Grace

27 Abr

Quedó en la memoria de todos como un ícono de los 80´s, de la música disco, como una agitadora sexual que estaba con los gays porque parecía un varoncito que cantaba “I need a man” aunque en realidad era una chica con mucho de chico (pero no como los andróginos de ahora, pálidos e inexpresivos) pura fibra y movimientos felinos, con piernas larguísimas y peinados barrocos, y una voz potente y oscura.

Nació en Jamaica como Grace Mendoza. Viajó. Dice que volaba en aviones tan baratos que es un milagro que no haya muerto. Fue modelo en Paris. Fue actriz (¡estuvo en Conan, el destructor!), y sacó muchos discos ochentosos que llamaban la atención ya desde la tapa (gracias a un marido marketinero que la convirtió en un objeto perturbador e inclasificable, o sea: de culto).

Dice que Lady Gaga es una mera copia suya (también a Janelle Monáe la comparan con ella).

Dice que hizo terapia de ácido con la supervisión de un doctor. Tres días con la STP –Super Trip Pill-, y renació, y le contó su experiencia a Thimothy Leary.

Dice que después de eso no necesitaba nada más por el resto de su vida.

Dice muchas de estas cosas y algunas otras en su página, que  es sólo fotos (debe ser una de las personas más fotografiadas del planeta) y frases. SUS fotos y frases.

Tiene al menos una pelea famosa en un estudio de televisión (donde atacó al conductor), y hace poco  en un tren de Eurostar agarró del brazo al chancho que le pedía que pagara el extra por viajar sentada en Premium (su boleto era de primera).

Tiene, por supuesto, grandes hits, como éste de acá abajo, con un video siempre bordeando la línea entre lo bizarro y el ridículo, pero con una personalidad aplastante.

Pero lo verdaderamente raro no es ella, sino nuestros hermanos chilenos. No sé si estuvo alguna vez en Argentina, pero hace poco subieron a Youtube, en formato promocional para un DVD, un mini recital que Grace Jones dio en Chile, para un programa de televisión. Se ve que del otro lado de la cordillera la querían con verdadero amor de fans. Así que ahí fue la azul Señora Jones, a ese estudio latinoamericano,  un café concert improvisado con todo el mal gusto posible, y fue algo enferma. Intentó entender el español cerrado y ceceoso del conductor, pero no pudo. El chileno, entonces, habló en inglés, pero la elogió en español. Ella está todo el tiempo como ida. Es una lástima que la cámara no haya tomado las caras de las señoras y los señores sentados en esas mesas. La edición es una maravilla de la elipsis. Veanló.

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