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El combo de las calderas ardientes

13 May

Dos hermanos.

Habría que arrancar por los Carpenters. Richard y Karen, que metieron unos hitazos en los 60´s y después vino la anorexia fulminante de ella –muerta a los 32- y la adicción de él a una sedante hipnótico extrañísimo (quaaludes).

La junta de dos hermanos (nena/nene) no es algo tan común en el mundo del pop/rock. Los Beach Boys no cuentan porque eran todos hombres. Por eso Jack y Meg White ocupan el primer lugar del podio de la hermandad rockera, y en su momento fueron lo cool. Vale aclarar que Jack no se quedó ahí. Superó las expectativas de todos, incluso las de su hermanita, que desde la batería lo ve crecer, multiplicarse y convertirse en el (¿único?) referente actual del rock crudo, un paso adelante de lo garage: guitarras poderosas, bajo, batería y estribillo.

Están los nuevitos Sleigh Bells, que copiando el modelo nena/nene confundieron a todos pero no, no son hermanos (aunque también: ellos son tan cool).

En el 2004 (hace 500 años) hubo un disco que se llamó “The Blueberry Boat” (Rouge Trade, 2004). Trece temas de entre los cuales por lo menos cinco superan los 5 minutos y llegan a 8, 9, o pasan los 10. Además de canciones de una duración anticomercial, el disco de los Fiery Furnaces es un cambalache de estilos fusionados y estribillos pegadizos que duran lo que Eleanor y Matt Friedberger quieren; un zapping musical frenético, como si estuvieran haciendo el Odelay del futuro.

Súper recomendable (si hace 500 años escuchaste cualquier otra porquería) “The Blueberry Boat”. Si yo tuviera que vender esta banda a alguien que no los conoce, el combo increíble que arman con 1 solo tema, lo haría escuchar Mason City. Canta ella, canta él, hay una balada con arreglitos electrónicos, hay explosión de guitarras, un detenimiento, y después cierra la voz encantadora de Eleanor entre un piano y una calma engañosa, hasta que viene la distorsión.

Componen bien, los Friedberg. A veces no controlan tanta creatividad hiperactiva , y se van al carajo. Los discos Rehearsing My Choir (cantan con la abuela), Bitter Tea y Take Me Round Again (se versiona entre ellos: mismo tema cantado primero por uno, después por el otro) son, en su mayoría, infumables.

La posta, la vuelta a la desmesura que nos gusta, las canciones-combo que uno nunca puede memorizar del todo, adivinar cómo siguen, es Widow City (Thrill Jockey, 2007). Tiene la densidad de un disco conceptual pero con sus buenos toques pop (“But she means nothing to me now, i tell myself that everyday”), y la escucha es exigente sin ser soporífera: 16 temas interminables, adictivos, barrocos. Y, por qué no, alegres, para arriba.

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