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Historias del Gótico Americano: “The Shaggs”

2 Jun

Un día Austin Wiggin jr. se hizo leer la mano por su mismísima madre. Según la vieja, en las líneas de la palma se podía ver esto: una mujer pelirroja (“strawberry blonde”). Dos hijos que ella (la madre de Wiggin) no iba a conocer. Tres hijas que van a tocar en una banda.

Las dos primeras predicciones se cumplieron. Austin se casó con Annie (pelirroja) y tuvo dos hijos varones cuando ya su vidente madre había muerto. Después vinieron cuatro nenas. Así que el bueno de Austin hizo lo que tenía que hacer. Agarró a tres de sus hijas (Helen, Betty y Dorothy) y les dijo que formarían una banda, como si fuera un padre progre que ayuda a los críos a alcanzar sus sueños frustrados de juventud. Bien podía ser el caso: era 1968. Los Beatles. LSD. Mayo del 68´. Pero Austin no era un beatnik de Frisco o L.A. Nada que ver. Era un obrero de Fremont, un pueblito perdido en New Hampshire, sin mar ni montañas ni bosques, donde una vez se estrelló un B-52 y no mató a nadie. Listo. Eso era todo lo que se sabía de Fremont.

Ahora sabemos que ahí nacieron las integrantes de “The Shaggs” .

Zappa dijo que eran mejores que los Beatles. Están en el top five de bandas favoritas de Kurt Cobain.

Pero para eso todavía falta.

Estamos con papá Austin obligándoles a las hermanitas Wiggin a tener una banda para cumplir con su destino. Helen (22), Dorothy -“Dot”- (21) y Betty (19). No eran populares ni lindas ni flacas ni demasiado inteligentes, y mucho menos brillantes o talentosas. Jamás pensaron ni remotamente en ser rock stars.

Y así les fue. La primera presentación pública, en un show de talentos cerca de Exeter, salió mal. Muy. Las chicas apenas podían tocar sus instrumentos. Les tiraban latas de Coca Cola, las abucheaban. Austin dijo que tenían que practicar más. En casa. Porque a todo esto les había hecho abandonar el colegio, había comprado instrumentos con plata que no tenían, y había diagramado un esquema de prácticas rigurosísimas. Básicamente, ensayaban todo el día. A la mañana y a la tarde, instrumentos. A la hora de la cena tocaban para el padre. Antes de acostarse hacían ejercicios de calistenia o elongaban e incluso a veces volvían a tocar por otra hora más. Así, todos los días de su adolescencia. Sin salir, sin amigos ni novios, y con American Home School: educación hogareña por correo.

Los viernes la familia Wiggin completa iba a hacer compras. Los domingos, a la iglesia. A la vuelta, las chicas practicaban. A Austin no le gustaban las faldas cortas ni los Beatles, y no tenía idea de música: prefería mirar televisión. Pero a sus chicas las iba a sacar buenas. Dicen que los ensayos eran solemnes. Que Austin escuchaba con la gravedad de una institutriz alemana. Les hacía repetir muchísimas veces la misma canción porque no estaba conforme con el resultado. En especial ésta de acá abajo, que dio nombre a su único disco:

Entonces.

Austin Wiggin jr., luego de sábados y sábados de intrascendentes shows de “The Shaggs” en el salón de actos de la municipalidad y en la clínica local, subió a las chicas al auto y con todos sus ahorros fueron a Boston. El ingeniero de sonido de Fleetwood Studios sugirió tímidamente a Austin que la chicas no estaban listas. Y él: “Vos, grabá”. Y el disco se grabó. Se hicieron mil copias de Philosophy of the World. Aparentemente novecientas desaparecieron en algún depósito junto con el productor. Era 1969. Vietnam. Revueltas estudiantiles. Marchas hippies. Las letras de “The Shaggs” (escritas por Dot) decían: “Los padres son los únicos que importan/ ¿Quiénes son los padres? / Son los que siempre están / Algunos chicos piensan que ellos son crueles / Sólo porque tiene que obedecer ciertas reglas / Los padres entienden / Los padres importan”.

El disco no se vendió. La municipalidad les canceló los shows. A esa altura decían que Austin tenía sexo con sus hijas. Años después, las chicas negaron eso. Salvo Helen, que dijo que una vez, sí.

Helen.

Ella tiene una historia dentro de la historia de “The Shaggs”. Se casó en secreto con su primer novio. Siguió viviendo en la casa de sus padres por miedo. Tres meses casada sin que nadie supiera. Una noche juntó coraje y se fue. Bueno, Austin cayó en lo del marido de su hija mayor con un arma. Así que también hubo policías.  Los oficiales le dijeron a Helen que tenía que elegir por uno de los dos hombres. Se quedó con su marido. El padre no le habló por meses. Ella tenía 28 años.

Mientras las chicas fueron esa banda que tocaba en las ferias locales y en la clínica del pueblo, esa banda que había grabado un disco que poquísimos escucharon, Austin no dejó ni un segundo de pensar rabiosamente, como uno de esos personajes de Arlt, en el sueño que le había regalado su madre de tener hijas famosas, las mejores hijas que un habitante de Fremont pudiera tener. Dos cosas pasaron para que finalmente el sueño se realizara. Pero el tiempo de la fama no es el mismo que el de las personas. Suele suceder: con 47 años, el padre de las Wiggin sufrió un paro cardíaco fulminante, y chau “The Shaggs”.

No pudo leer, a propósito del relanzamiento de Philosophy of the World, el nombre de sus hijas en una Rolling Stone de 1980. La reseña decía que el disco era precioso y atemporal. De ahí a Zappa y Cobain, de ahí a hacerse mundialmente famosas por una banda que habían desarmado con enorme placer en 1973 (cuando papá Austin estiró la pata), un pasito.

Pequeña digresión: muerto Wiggin padre, las chicas y la madre vendieron todo. Hasta la casa. Los compradores dijeron que ahí adentro había un fantasma. Que los perseguía el espíritu implacable de Austin. La casa, entonces, fue donada al municipio. De inmediato le encontraron un buen uso: la prendieron fuego y mandaron a los bomberos en plan de simulacro.

A mediados de los noventas Philosophy of the World salió por tercera vez. Un tal Irwin Chusid se lo propuso un tal Joe Mozian, vicepresidente de RCA Víctor. Se pagaron los derechos y el disco volvió a la calle. Vendió poco. Apenas unas miles de copias.  Mozian cree que a la gente le da vergüenza tener el disco de las Shaggs. Es que hubo mucho de culto, y mucho de escucha irónica. Suenan mal, con un tempo rarísimo, con letras de una métrica imposible y voces inexpresivas, monocordes. Como si la banda hubiera funcionado en realidad como una gran recomendación inversa de las que ya hablamos en este blog (cómo no pensar, además, en la versión yanqui y oscura de nuestros Reynols).

En septiembre de 1999 Susan Orlean escribió un artículo en The New Yorker sobre las Wiggin. Viajó hasta el Dunkin`Donuts de Epping, el pueblo donde ahora viven dos de las hermanas, para encontrarse con ellas. Dot (la que escribía las letras) tenía 50, y un marido con problemas de salud. Limpiaba casas. Betty tenía 48. Había sido preceptora y por suerte ya había encontrado un trabajo mejor en el depósito de un comercio que vende electrodomésticos. Su marido había muerto en un accidente de moto. Nunca más tocaron ningún instrumento. Aunque Dot hacía dos años que escribía letras de canciones con esperanza de ponerles melodía. Helen no se reunió con ellas para la nota. Era depresiva crónica. La periodista la llamó por teléfono. Atendió. Dijo que de esa época prefiere no hablar mucho, y que odia escuchar música.

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