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¿Hay alguien ahí?

9 Jun


Consumo terror a lo loco. Pero siempre terminamos haciendo el mismo chiste: es el género más muerto del cine actual. Hace poco leí que debía reconocerse que ese hasta ahora interminable muestrario de elementos de tortura conocido aquí como El Juego del Miedo había sido una bocanada de aire de fresco. Con cierta amargura reconocí para mis adentros que algo de verdad había en tamaña afirmación. ¿Cómo lo hizo? Alejándose de las viejas historias ochentosas del asesino serial que nunca muere y del posterior cinismo y reinterpretaciones varias post-Scream (de la cual rescato el absurdo humor de su tercera entrega). Lo único que se pretende es asustar y que uno corra la cara cada vez que algún pedazo de metal o vidrio se mete en alguno de los pobres condenados. Parece poco, pero es bastante.

Hasta no hace mucho El Grito, La llamada, El Ojo y por qué no, el BAFICI, habían hecho que la esperanza sea oriental. Ahí estaba la salvación. Nada como un chino o coreano para poner en la misma bolsa sangre que sale a chorros, perversión extrema y metafísica. Si no viste Audition, por poner un ejemplo, dejá de leer esta pavada y hacelo ya. Hollywood lo intuyó y como siempre no dudó en chuparle la sangre hasta dejarlo seco. De las múltiples versiones tuneadas, diluidas, remixadas y asquerosamente previsibles salvamos aquí a Dark Water. Aunque acá sospecho que en la versión de Walter Salles el terror es casi una excusa, lo importante es otra cosa.

¿Y entonces? ¿No hay salvación? ¿El monstruo no se levanta más y se viene el fundido a negro definitivo? ¿Y qué hago yo con las ganas de asustarme? No desesperar. Ahora la respuesta está en España. De vez en cuando, en nuestros cada vez menos visitados cines, se cuela una película  “de miedo” de la península ibérica. Como Los Ojos de Julia. Anteriormente habían sido La Habitación del Niño y El Orfanato. Y la gracia está, como siempre, como toda resurrección, en que no hay nada nuevo.  El encanto está sostenido por los elementos más clásicos posibles: alguien que se muere o un suceso extraño, la sospecha, alguien que investiga, que se mete en la oscuridad, que se asusta en el momento incorrecto por culpa de un gato, una sombra, un misterio que se desenrolla y al mismo tiempo nos tiene atado, pochoclo en la boca, frente a la pantalla. ¿Alguien dijo Hitchcock?

Quizá la vuelta de tuerca está en que acá la gente no corre ni grita. Por el contrario, se caga en la patas, tiembla, pero no duda en ir hacia donde no debe, subiendo las escaleras, no por ser rubia y tonta, sino porque sabe que para resolver la cuestión o exorcizar un demonio no queda otra que enfrentarse a los vivos y a los muertos. Es cierto, la base ya estaba: habíamos alquilado Tesis y el resto de las de Amenábar. Incluso fue al único que le permitimos, después de Sexto Sentido, que nos jodiera una vez más con un final sorpresa. Alex de la Iglesia metió un poco la cola. Pero el verdadero culpable de todo esto, el verdadero señor de la oscuridad, es Guillermo del Toro. No sabemos muy bien qué hace un productor y mucho menos un productor ejecutivo, pero eso es lo que él hizo en Los Ojos de Julia y El Orfanato. Sin olvidar por supuesto que además dirigió esas joyitas llamadas El Espinazo del Diablo y El Laberinto del Fauno. Pero es mexicano, dirá usted, no español. Sutilezas, diré yo. Lo importante es que ahora se escuchan los gritos sin subtítulos de por medio.

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