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Seducido y abandonado

30 Ago

Ya sea como motor de la historia o como inspiración, si las mujeres no abandonaran a los hombres habría mucha menos literatura. Esto es lo que le pasa al protagonista de Trampa de Luz, de Matías Capelli. Una mujer que se fue, y regresa solo por un rato, deja en evidencia el espacio vacío. Por desborde, el lugar de esta pieza faltante empieza a ser ocupado por la propia historia que incluye otras ausencias, la billetera casi vacía, un departamento deteriorado, un auto estacionado desde hace mucho tiempo en el mismo lugar. Hay otras mujeres, sensuales pero distantes o prohibidas por la sangre. Largo será el día hasta llegar a la noche. Contará con la ayuda  de Silas, un portero devenido en guía sentimental y geográfico, sin tener demasiada conciencia de ello. El viaje concluirá a la mañana siguiente con algo así como una respuesta o una frágil esperanza.

En su primera novela (y segundo libro) Matías Capelli es agudo y preciso en los detalles, en los gestos que terminan de completar diálogos y situaciones. Exhaustivo en la descripción de los pensamientos que surcan la cabeza del protagonista, logra a su vez una historia que avanza sin pausa por la acción. Un After Hours indefectiblemente porteño y por eso melancólico, oscuro y asfixiante, donde no falta ni la lluvia, ni la puta, ni el cruce con personajes varios de distinta calaña, reconocibles y particulares a la vez. Se sospecha, de tanto en tanto, un cierto abuso de metáforas y comparaciones de corte poético así como de palabras que suenan un tanto anacrónicas.

Por estilo y clima es posible asociar Trampa de Luz con Placebo, de José María Brindisi. Y por qué no cerrar un triángulo sobre la soledad masculina con Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Con este último  además comparte la noción de viaje pero sin fines  iniciáticos o epifánicos. Se trata más bien de contar qué es lo que pasa en la mitad del recorrido, en las paradas al costado de la ruta, en la descripción de los paisajes cambiantes a medida que se avanza. En cada caso serán distintos los ribetes, otros los destinos. Pero cada uno servirá para llegar a la misma conclusión: a veces es bueno que el hombre esté solo.

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Ser franco

15 Ago

Ya se ha dicho bastante y parece ser una de esas cosas en las que todos estamos medianamente de acuerdo: una vez que lo ponemos en palabras, una vez impreso, poco y nada importa la veracidad de los hechos. Aunque el protagonista se llame Franco tal como su autor y también se haya ganado allá por el año 1992 el Premio Persona en la categoría Niño del Año. Tampoco importa que Franco, autor, tal como Franco, personaje, también padezca de osteogénesis imperfecta, una patología que hace que sus huesos tengan la resistencia de un vaso de cristal. Así, en la primera parte del libro, nos encontramos con un hombre que relata cómo es  descubrir temprano toda la distancia que puede caber en un diminutivo, cómo su excesiva fragilidad ósea asusta y al mismo tiempo hace que la gente le asigne virtudes que él no está seguro de poseer. Transitando siempre en el límite peligroso entre el golpe bajo y la honestidad alejada de cualquier efectismo, si es que  la verdad -como dijimos al comienzo-, en cualquiera de sus variantes, forma parte de algún tipo de literatura. Franco además nos cuenta de su amor por las mujeres. Franco coge y mucho. Franco se enamora y deja al descubierto que hay otras fragilidades que son comunes a todos los hombres si de enfrentar a una mujer se trata. En algún momento cuestionará si hay alguna lógica, algún sentido, en lo que le toca padecer.  Se preguntará incluso si Dios existe. Dice que Dios existe.

Y tal vez sea esta necesidad de justicia lo que hizo que toda la segunda parte del libro hable sobre los hechos relacionados con la muerte de Juan Castro, con el cual tenía una relación que nace a partir de una nota periodística para un programa de televisión. Aparece Mauro Viale y le pregunta si alguna vez se quiso matar. Va a comer con Mirtha Legrand. Verá y se resistirá a formar parte del carnaval morboso que se suele organizar en los medios ante la muerte.

Al final Franco se tomará vacaciones en Estados Unidos. Hará todo lo que se supone que uno debe hacer en esos casos, borracheras y festejo del 4 de julio incluidos. Nos contará de la felicidad que le dan los aviones. Como en todo turismo, flotará en el aire un calor amable y un tanto amargo al mismo tiempo. Y al final no quedará otra que enfrentarse a un poco de melancolía, que es lo que siempre pasa cuando un viaje o buen libro se terminan.

Sus deseos son órdenes

30 May

“Escuchame, Carlutti-Pareja estaba demudado-. ¿Cómo no me dijiste que tenías semejante verga?

-No sé…, Roberto-vaciló Carlutti-. Nunca salió el tema.

En Carlutti y Pareja (Mansalva, 2010) Ricardo Strafacce logra algo bien difícil: el manejo del humor en diferentes registros y en sus distintas variantes (slapstick, juegos de palabras, escatológico, costumbrista) dentro de una construcción ya de por sí absurda y grotesca.

Los personajes (un escritor de cierto renombre, su secretario loser y decadente) son una versión argentina de Muertos de Risa, la película de Alex de la Iglesia. El escritor (Pareja), un tipo narcisista y perezoso (sobre todo perezoso: es interesante que como personaje principal duerma la mona buena parte de la novela) se dedica a humillar, agredir verbalmente y someter impunemente a su secretario (Carlutti), cuando no a ignorarlo por completo. Lo que en parte desbarata esa relación de amo y esclavo es un elemento que ya fue señalado como lamborghiniano en una buena reseña: la tremenda verga de Carlutti.

Lo fálico, el desborde orgiástico, lo argento (asado, vino, gatos de Barrio Norte), todo eso se combina en una trama que no da respiro y entretiene sin muchas vueltas, con grandes y muy graciosos aciertos de oralidad (“tarúpida”, “cerapio”). Tengo que decir que promediando más de la mitad del libro (en un cierre que algunos compararán a los finales abruptos de Aira) me reí a carcajadas en el asiento de un colectivo. Cuando empieza a desplegarse el pragmatismo del escribano frente a la catástrofe consumada en su quinta, cuando el cinismo despiadado de Pareja (son geniales sus peripecias para evitar practicarle sexo oral a una de las chicas) se pone en marcha, y todo va cuesta abajo a una velocidad de novela de aventuras, el texto activa un humor negro que termina por estallar lo poco de verosímil que quedaba, y se despide con un diálogo encantador entre maestro y discípulo que me dejó con una sonrisa idiota el resto del viaje en el 110.

Se sabe: una de las pruebas más complicadas para el escritor es hacer funcionar lo humorístico sin caer en los lugares comunes ni pecar de ingenuo. Y Strafacce, de más está decir, aprobó con sobresaliente.

El club de la pelea

18 Abr

La nostalgia es un sentimiento amanerado. No puede salir nada bueno de ahí, pero a veces pasa. Ponerse blandito. Hay un punto de inflexión necesario en la vida de todos: cuando ya los amigos de antes no son los de ahora. Asumirlo tiene sus complicaciones, porque involucra la adolescencia, el barrio, el colegio y una manera irrepetible de vivir la amistad. En Hiroshima (Eduvim, 2010), de Juan Terranova (Buenos Aires, 1975), un tatuador de nombre Micky se entera de que su mejor amigo organiza peleas en los bares del Microcentro o Palermo frecuentados por ingleses, yanquis, australianos, etc. No peleas del tipo corremos las mesas, guantes y apuestas: se trata de romperle la cara a varios turistas y, de paso, destrozar el Irish Pub. Enseguida esto pone en crisis la relación del protagonista con su amigo –La Rosa- y, como pasa siempre, la violencia es una excusa para hablar de otras cosas.

La familia, las tribus urbanas, las calles y parques de Buenos Aires como escenografía, la importancia cultural y social en el no tan nuevo paisaje porteño de los locales de tatuajes (que el autor compara con las viejas peluquerías de barrio “donde vas a enterarte qué pasó en tu comunidad cuando dormías o estabas de viaje”). Es una novela de frases cortas, que se lee rápido, con personajes bien definidos, ya sea por el respeto (el caso del hermano de Micky, El Guardián), el pasado, o la ambigüedad (el trato con Jaime, el ayudante del local, lo hace interesante desde la primera aparición en la trama); y también es la historia de un trabajador de clase media que busca crecer en el negocio y al que le gusta vivir en Buenos Aires. Si bien a veces sus reflexiones son las de un estudiante de Filosofía o tiene expresiones demasiado afectadas (“Anduvimos un rato con suavidad por Rivadavia”), Terranova logró un tatuador creíble que disfruta lo que hace sin sobreactuarlo y que en los distintos capítulos cuenta lo que todos queremos saber sobre su oficio: los pequeños detalles de diseño de los dibujos, los clientes típicos, los casos raros, el tatuaje más difícil. Por lo demás, la escena en la que fajan a unos extranjeros es un momento alto de la narración.

Uno puede distanciarse de un amigo como de una ciudad o de una moto.  Aunque suele ocurrir que la decisión no sea del todo consciente. Tal vez en ese dejarse llevar esté el secreto del cambio, la aceptación de las consecuencias.  Algo de eso hay en Hiroshima (que tiene en el capítulo 31 un final perfecto; después, tiene otro). Porque quizás el desprendimiento implique reconocer que somos distintos al que fuimos algunos años atrás, ni mejores ni peores: apenas laburantes rutinarios que a veces tienen ganas de ser un poco inmaduros, y agarrarse a trompadas sin pensarlo dos veces.

Dónde van los perros cuando llueve

12 Abr

Si dos tipos esperan a un tercero en su departamento para matarlo, si ese tercero anda por la ciudad con un bolso lleno de billetes y un arma, uno pensaría enseguida que se viene el policial. Sobre todo tratándose de Ricardo Romero (Paraná, 1976), editor de la colección Negro Absoluto, y autor de El síndrome de Rasputín, entre otras.

Pero igual que en Cicatrices, la novela de Saer (donde también hay cruce de historias paralelas y personajes que se mueven por calles y bares de una ciudad del interior y un adolescente con crisis familiar atrapado en el pueblo, de nombre también Ángel), en Perros de la lluvia (Norma, 2011) tampoco hay intriga ni enigma a develar. El crimen es apenas un momento de falsa calma preparatorio para lo que viene. Y lo que viene son todas esas idas y vueltas en auto a la madrugada, en una Paraná desierta y poceada, aunque nadie tenga muy claro cómo terminó en el centro de aquel vértigo, ni para qué (“había llegado el momento de que la noche se desviara hacia lugares impredecibles”).

En trescientas páginas, son pocas las veces en que la prosa de Romero se toma respiro. La novela avanza por fragmentos según las horas de la noche, y cada fragmento puede leerse y disfrutarse como relato aislado que atrapa desde las primeras líneas y cierra, en muchos casos, con frases que se paladean un rato antes de seguir (“Baltasar ahora, en la penumbra de su pieza de hotel frente a la vieja estación de trenes, pensaba que el amor debía ser como la colección de revistas de Nazareno, una excusa para cazar quién sabe qué fantásticos roedores”). Con el correr de las horas, Perros de la lluvia va de la novela de aventuras (hay una expedición a los túneles jesuitas que atraviesan Paraná) al clima de terror y el suspenso del thriller, pero sin inclinar la balanza para ningún lado, defraudando todos los géneros. En cambio, la narración propone algo siempre atractivo en literatura: personajes que tocaron fondo (“Perdigones al boleo: somos capaces de sentirnos traicionados hasta por un dolor que nos deja”) y que ahora van por ahí metiéndose en problemas, sin pensar demasiado, porque nada de lo que los rodea (la lluvia, el río, los semáforos titilantes, la ciudad vacía) es capaz de joder más las cosas de lo que están. Sólo en las partes de Elisa y Ángel -donde el aburrimiento y la pasividad parecieran ser marcas generacionales-, el texto baja la velocidad y las digresiones (la de los cocos asesinos en la fiesta de Elisa es realmente buena) son bocanadas de aire fresco en ambientes estáticos y cerrados.

La junta de las criaturas de Romero en la noche fría paranaense tiene tanto de equívoco como del instinto de supervivencia más básico: el calor y la compañía de los otros, hasta que pare de llover y salga el sol.

En voz baja

4 Abr

Un odontólogo mata con el auto al perro de los dueños de casa, y lo mete en el baúl. El padre se emborracha en el cumpleaños de su hijo y, frente a la familia de su ex, termina en el castillo inflable. Un adolescente escucha que el novio de su madre le susurra al oído: “si el otario éste manejara…debe ser el único pendejo del mundo que no sabe manejar…” El otario es él. Y así siguiendo. Sergio Gaiteri (Córdoba, 1970) se ocupa de pequeñas miserias cotidianas y personales sin vocabulario alto ni golpes de efecto. Una violencia de lo doméstico a puro trazo fino, como contada en voz baja.

Ana María Shua dice sobre el minimalismo que, cuando no se produce el milagro, el resultado es aburridísimo. Cuando arranqué a leer Certificado de Convivencia (Ediciones Recovecos, 2008; Premio Fondo Nacional de la Artes, con Shua de jurado) los cuentos me parecían un poco planos, faltos de ese milagro, o revelación (o el nombre que se quiera). Sin embargo, con el cuento “Nivel Medio”, donde aparece el genial personaje de Alfio, ya la escritura de Gaiteri había ganado. Y Alfio saltó merecidamente del cuento a la novela homónima -Primera Mención del premio Clarín/Alfaguara 2008-, de donde son dos de las escenas relatadas al principio.

En La moza (Eduvim, 2010), novela corta o relato largo, pareciera que el milagro nunca ocurre. El final resulta brusco, como resuelto a las apuradas. La irrupción de la moza tiene poco peso en el conjunto. El lector se queda con ganas de más. De todas formas se alcanza a entrever el Gaiteri original: una separación contada con absoluta frialdad, la posterior deriva de un empleado bancario, los pliegues de la realidad en pequeñas muecas, en tensiones que no se resuelven. Le preguntaron al autor cuál era su comienzo favorito de la literatura universal. Respuesta: ninguno. Lo importante es la historia. La construcción. La trama. Por ahí va la cosa, entonces, para Gaiteri.

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