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Defender la especie

19 Ago

Si hasta ahora no viste la original de El Planeta de los Simios (1968) y/o la extraña y tal vez fallida versión de Tim Burton (2001), seguramente no lo vas a hacer ahora, así que te vamos a contar de qué venía la cosa. Un astronauta se estrella contra un planeta donde está todo dado vuelta: la raza dominante son los simios y los humanos son un poco menos que esclavos, con mucho de mascota. Al final el protagonista descubrirá que el planeta no es otro que la tierra y que su viaje no fue solo en el espacio sino en el tiempo: está en el futuro, que es negro y peludo. Entre estas dos versiones hay sutiles y gruesas diferencias pero el concepto es exactamente el mismo.

En The Rise of The Planet of the Apes (2011), o como “ingeniosamente” la titularon por estas tierras hispanoparlantes El Planeta de los Simios (R)Evolución, lo que se cuenta es qué pasó en la tierra para que las cosas terminaran de esta manera. Como en cualquier tragedia futurista, la culpa la tiene una corporación, dueña de un laboratorio donde un experimento falla o tal vez sale demasiado bien. No falta el personaje sin ética, ansioso de forrarse en plata, que desencadenará la catástrofe. Veremos cómo un simple y simpático monito se salta los miles de años que exigiría la evolución darwinista y en poco tiempo pasa de ser animal para testear medicamentos a encabezar una revolución. No vamos a dar más detalles del argumento por si alguno decide verla.

Lo interesante está en el proceso que atraviesa este Che Guevara de los primates. Más allá de la velocidad con que lo hace (justificada por la simple intervención de un gas) a medida que el simio avanza en su transformación vemos cosas tales como que de andar en bolas, prefiere jeans y pulóver. Descubre la traición, el amor, el engaño, la violencia y la conciencia de la muerte. Entiende cómo funcionan las relaciones de poder y llega a un grado de sutileza tal que sabe que no es lo mismo que te digan simio a que te digan mono o chimpancé. Lo que no llega, claro, es el cuestionamiento de las evidentes desventajas de terminar siendo un animal superior. Antes de que esto suceda Hollywood viene al rescate y comienza la revolución. A esta altura de la película, ya nos podemos olvidar de cualquier planteo, ya que lo importante es ver como ambos bandos se enfrentan, con explosiones y acrobacias varias. En este punto podrían ser, en lugar de simios, gatos monteses, invasores de Urano o Bichos Bolitas. El efecto es el mismo. Al fin y al cabo, lo único que pretendían explicar era por qué cuando el astronauta regresa el planeta ya no es lo que era.

¿Es The Rise of The Planet of Apes una buena película? Probablemente no. ¿Es mala? Nosotros no somos quién para andar haciendo semejante afirmación. Lo que sí, como pasa la mayoría de las veces, si te enganchas en el juego, probablemente la pases bien. En la función que fuimos, hubo gente que al final aplaudió y todo.

¿Cuál es la razón entonces para escribir sobre (R)Evolución? Sencillo: así como entre bueyes no hay cornadas, entre monos no nos vamos a andar pisando la banana.

Historias del Gótico Americano: “The Shaggs”

2 Jun

Un día Austin Wiggin jr. se hizo leer la mano por su mismísima madre. Según la vieja, en las líneas de la palma se podía ver esto: una mujer pelirroja (“strawberry blonde”). Dos hijos que ella (la madre de Wiggin) no iba a conocer. Tres hijas que van a tocar en una banda.

Las dos primeras predicciones se cumplieron. Austin se casó con Annie (pelirroja) y tuvo dos hijos varones cuando ya su vidente madre había muerto. Después vinieron cuatro nenas. Así que el bueno de Austin hizo lo que tenía que hacer. Agarró a tres de sus hijas (Helen, Betty y Dorothy) y les dijo que formarían una banda, como si fuera un padre progre que ayuda a los críos a alcanzar sus sueños frustrados de juventud. Bien podía ser el caso: era 1968. Los Beatles. LSD. Mayo del 68´. Pero Austin no era un beatnik de Frisco o L.A. Nada que ver. Era un obrero de Fremont, un pueblito perdido en New Hampshire, sin mar ni montañas ni bosques, donde una vez se estrelló un B-52 y no mató a nadie. Listo. Eso era todo lo que se sabía de Fremont.

Ahora sabemos que ahí nacieron las integrantes de “The Shaggs” .

Zappa dijo que eran mejores que los Beatles. Están en el top five de bandas favoritas de Kurt Cobain.

Pero para eso todavía falta.

Estamos con papá Austin obligándoles a las hermanitas Wiggin a tener una banda para cumplir con su destino. Helen (22), Dorothy -“Dot”- (21) y Betty (19). No eran populares ni lindas ni flacas ni demasiado inteligentes, y mucho menos brillantes o talentosas. Jamás pensaron ni remotamente en ser rock stars.

Y así les fue. La primera presentación pública, en un show de talentos cerca de Exeter, salió mal. Muy. Las chicas apenas podían tocar sus instrumentos. Les tiraban latas de Coca Cola, las abucheaban. Austin dijo que tenían que practicar más. En casa. Porque a todo esto les había hecho abandonar el colegio, había comprado instrumentos con plata que no tenían, y había diagramado un esquema de prácticas rigurosísimas. Básicamente, ensayaban todo el día. A la mañana y a la tarde, instrumentos. A la hora de la cena tocaban para el padre. Antes de acostarse hacían ejercicios de calistenia o elongaban e incluso a veces volvían a tocar por otra hora más. Así, todos los días de su adolescencia. Sin salir, sin amigos ni novios, y con American Home School: educación hogareña por correo.

Los viernes la familia Wiggin completa iba a hacer compras. Los domingos, a la iglesia. A la vuelta, las chicas practicaban. A Austin no le gustaban las faldas cortas ni los Beatles, y no tenía idea de música: prefería mirar televisión. Pero a sus chicas las iba a sacar buenas. Dicen que los ensayos eran solemnes. Que Austin escuchaba con la gravedad de una institutriz alemana. Les hacía repetir muchísimas veces la misma canción porque no estaba conforme con el resultado. En especial ésta de acá abajo, que dio nombre a su único disco:

Entonces.

Austin Wiggin jr., luego de sábados y sábados de intrascendentes shows de “The Shaggs” en el salón de actos de la municipalidad y en la clínica local, subió a las chicas al auto y con todos sus ahorros fueron a Boston. El ingeniero de sonido de Fleetwood Studios sugirió tímidamente a Austin que la chicas no estaban listas. Y él: “Vos, grabá”. Y el disco se grabó. Se hicieron mil copias de Philosophy of the World. Aparentemente novecientas desaparecieron en algún depósito junto con el productor. Era 1969. Vietnam. Revueltas estudiantiles. Marchas hippies. Las letras de “The Shaggs” (escritas por Dot) decían: “Los padres son los únicos que importan/ ¿Quiénes son los padres? / Son los que siempre están / Algunos chicos piensan que ellos son crueles / Sólo porque tiene que obedecer ciertas reglas / Los padres entienden / Los padres importan”.

El disco no se vendió. La municipalidad les canceló los shows. A esa altura decían que Austin tenía sexo con sus hijas. Años después, las chicas negaron eso. Salvo Helen, que dijo que una vez, sí.

Helen.

Ella tiene una historia dentro de la historia de “The Shaggs”. Se casó en secreto con su primer novio. Siguió viviendo en la casa de sus padres por miedo. Tres meses casada sin que nadie supiera. Una noche juntó coraje y se fue. Bueno, Austin cayó en lo del marido de su hija mayor con un arma. Así que también hubo policías.  Los oficiales le dijeron a Helen que tenía que elegir por uno de los dos hombres. Se quedó con su marido. El padre no le habló por meses. Ella tenía 28 años.

Mientras las chicas fueron esa banda que tocaba en las ferias locales y en la clínica del pueblo, esa banda que había grabado un disco que poquísimos escucharon, Austin no dejó ni un segundo de pensar rabiosamente, como uno de esos personajes de Arlt, en el sueño que le había regalado su madre de tener hijas famosas, las mejores hijas que un habitante de Fremont pudiera tener. Dos cosas pasaron para que finalmente el sueño se realizara. Pero el tiempo de la fama no es el mismo que el de las personas. Suele suceder: con 47 años, el padre de las Wiggin sufrió un paro cardíaco fulminante, y chau “The Shaggs”.

No pudo leer, a propósito del relanzamiento de Philosophy of the World, el nombre de sus hijas en una Rolling Stone de 1980. La reseña decía que el disco era precioso y atemporal. De ahí a Zappa y Cobain, de ahí a hacerse mundialmente famosas por una banda que habían desarmado con enorme placer en 1973 (cuando papá Austin estiró la pata), un pasito.

Pequeña digresión: muerto Wiggin padre, las chicas y la madre vendieron todo. Hasta la casa. Los compradores dijeron que ahí adentro había un fantasma. Que los perseguía el espíritu implacable de Austin. La casa, entonces, fue donada al municipio. De inmediato le encontraron un buen uso: la prendieron fuego y mandaron a los bomberos en plan de simulacro.

A mediados de los noventas Philosophy of the World salió por tercera vez. Un tal Irwin Chusid se lo propuso un tal Joe Mozian, vicepresidente de RCA Víctor. Se pagaron los derechos y el disco volvió a la calle. Vendió poco. Apenas unas miles de copias.  Mozian cree que a la gente le da vergüenza tener el disco de las Shaggs. Es que hubo mucho de culto, y mucho de escucha irónica. Suenan mal, con un tempo rarísimo, con letras de una métrica imposible y voces inexpresivas, monocordes. Como si la banda hubiera funcionado en realidad como una gran recomendación inversa de las que ya hablamos en este blog (cómo no pensar, además, en la versión yanqui y oscura de nuestros Reynols).

En septiembre de 1999 Susan Orlean escribió un artículo en The New Yorker sobre las Wiggin. Viajó hasta el Dunkin`Donuts de Epping, el pueblo donde ahora viven dos de las hermanas, para encontrarse con ellas. Dot (la que escribía las letras) tenía 50, y un marido con problemas de salud. Limpiaba casas. Betty tenía 48. Había sido preceptora y por suerte ya había encontrado un trabajo mejor en el depósito de un comercio que vende electrodomésticos. Su marido había muerto en un accidente de moto. Nunca más tocaron ningún instrumento. Aunque Dot hacía dos años que escribía letras de canciones con esperanza de ponerles melodía. Helen no se reunió con ellas para la nota. Era depresiva crónica. La periodista la llamó por teléfono. Atendió. Dijo que de esa época prefiere no hablar mucho, y que odia escuchar música.

Cabellera Salvaje

12 May



Siempre se debe felicitar a todo aquel que convierte cualquiera de sus debilidades en una verdadera fortaleza. Ya desde joven notamos que Nicolas Cage no era el muchacho más agraciado del barrio. Tiene un inamovible gesto de preocupación en la cara y por la extraña y pajosa textura de su pelo nunca fue elegido para ser la nueva imagen de un champú, ni siquiera anti-caspa. Pero eran los ochenta, tenía a su favor la juventud, que siempre minimiza cualquier defecto y se filmaban muchas películas de high school norteamericana donde sobraban personajes que se destacaban por no encajar en los cánones habituales de belleza. Así fue como en sus comienzos apareció en la mítica Fast Times at Ridgemont High, donde entre otras cosas, empezamos a querer mucho a Sean Penn y Judge Reinhold protagoniza una de las más memorables escenas de vergüenza masculina jamás filmada. Sin muchas escalas filma con Francis Ford Coppola, La Ley dela Calle, junto a otros futuras estrellas. Entre ellas, Matt Dillon, quien curiosamente nunca supo capitalizar del todo la facha que Dios le dio. Un par de películas más, buenas pero olvidables como Adiós ala Inocencia y Cotton Club. Su primera punta de estrella aparece con Birdie, de Alan Parker. Pero como siempre suele ocurrir, para confirmarse como actor serio empieza a protagonizar intragables dramas históricos como The Boy in Blue, donde Nicolas luce su mejor cara de boludo. Vuelve con Coppola en Peggy Sue got Married. Acá es donde empieza su edad de oro. Donde acepta su poca gracia y se convierte en el adorable perdedor de espíritu trash que el cine estaba necesitando: Arizona Baby, Hechizo de Luna, Vampire’s Kiss y toca(mos) el cielo con las manos cuando se convierte en Sailor Ripley en Corazón Salvaje. Inmediatamente después empieza a aparecer afeitado, peinado con mucho gel y cara de matador en más de cuatro películas que ni vale la pena mencionar. Ya en el borde del precipio filma la inexplicable ¿comedia? Guarding Tess. Lo vemos en It Could Happen to You y descubrimos que de no haber sido actor, Nicolas había nacido para usar uniforme de policia. No resulta difícil imaginárselo mangueando un par de porciones en la pizzeria de la esquina. Y entonces sí, finalmente, la gloria: Leaving Las Vegas. ¡Cara de borracho! ¡Claro! ¡Nicolas Cage tiene cara de borracho!

No conforme con esto, avanza hacia el terreno que todo actor de Hollywood quiere probar: las películas de acción. La Roca, ese vómito llamado Con Air, la brillante Face/Off y un tiempo después la olvidable 60 Segundos. Evolución natural también es la de investigador, la de ángel caído, de justiciero por error: Ojos de Serpiente, 8 MM, Al límite, Family Man. Y con La Mandolina del Capitán  Corelli confirmamos lo que tratábamos de negar: de ahí en adelante todo es cuesta abajo. Salvo por Adaptation y tal vez por El Señor de La Guerra, la cosa se pone cada vez peor. Peliculas de acción de muchas explosiones 3D que no alcanzan a tapar con el ruido sus nefastas intenciones, injertos capilares monstruosos para películas monstruosas para niños. Y mirá que hay que tener mala leche como para protanizar una de las peores adaptaciones de un comic, que para colmo ahora se viene la segunda parte.

Tal vez la culpa no sea del todo suya y este tratar de estar siempre en lo que “se usa” en realidad solo deja en evidencia cierta decadencia cinematográfica general. Tal vez el futuro lo encuentre con la calvicie asumida, protagonizando el papel de su vida. Pero por ahora parece que Nicolas Cage se está perfeccionando y pretende lograr la maestría en hacer mala elecciones. Peluquero incluido.


No sex without monogamy

11 May

“Tenés que ver el documental”, me dijo Pau. Y me lo dijo a modo de recomendación inversa, como cuando alguien te dice “tenés que ver la entrevista que le hizo Ricardo Fort a Carlos Menem” o “tenés que ver a la niña que enloquece en YouTube porque no puede cantar como Withney Houston”. Acá, en Soltando Monos, somos fanáticos de las recomendaciones inversas. Esas cosas que por inverosímiles, mal hechas o bizarras, no se pueden dejar de ver. El Juan, por ejemplo, siempre recomienda programas periodísticos políticos, especialmente ese cuya escenografía es un avión. El Perro, en cambio, es experto en programación de cable. Yo nunca puedo decir que no a las recomendaciones inversas: son mi debilidad. Y por eso acabo de terminar de ver: “Married in a year”, el documental de Patty Stanger, una casamentera (o, mejor dicho, tercer generación de casamentera, porque su abuela y su madre se dedicaron a lo mismo) que promete la fórmula mágica para, bueno, exactamente eso que dice el título: casarse en un año. Nada más. Nada menos.

Ninguna película en la vida me resultó tan graciosa.

Desde que si te gusta mucho tener sexo nunca vas a encontrar al hombre de tu vida hasta que te conviene hacerte una tarjeta personal para entregar, por ejemplo (y ojo que estoy citando el ejemplo que da la película), a una abuelita que está tejiendo al lado tuyo en el avión y puede tener un nieto interesante, la película de Patty es un océano de estupideces para que vos, mujer soltera que lo único que quiere en la vida es casarse y tener hijos, lo logres en un año. El documental, en realidad, es un show que hizo Patty con un centenar de mujeres desesperadas en la platea, intercalado con algunas escenas de Patty en su fantástica mansión (tirada en la cama en patas, parada en el living o en su cocina impoluta) donde repite una y otra vez que hay que esperar que él te llame. Que sin monogamia no hay sexo. Que si usás un escote prominente no te van a tomar en serio. Que sin monogamia no hay sexo. Que lo mejor es salir con varios tipos a la vez para matar la ansiedad. Que sin monogamia no hay sexo. Que hay que hacer una lista con cinco y solamente cinco características que tiene que cumplir tu futuro marido. Que sin monogamia no hay sexo. ¡Hasta llega a tirar los diez mandamientos a cumplir en una salida!

Está orientado a las que todavía insisten en buscar al príncipe azul y en la búsqueda dejan todas su vida, a aquellas para las que sólo existe un hombre en la tierra que las hará feliz y a ésas que se atoran con un kilo de helado después de cada cita fallida. Por supuesto, tiene grandes momentos, uno de mis preferidos es cuando Patty ayuda a una de las actrices que la acompañan (y van haciendo performances de cada burrada que la profeta declara) a llenar un perfil en una página de citas online. La chica no decide qué foto poner, hasta que llega a una, en la que está con un trago en la mano, sobre la que dice “Acá estoy linda” y Patty la corrige diciendo “¿Vos querés atraer un alcohólico? ¿O querés que los hombres piensen que te emborrachás rápido?”. Patty promete. Te dice que si cumplís todos esos pasos en un año estás casada. Que es tan fácil como proponérselo y hacer todo lo que ella diga. Ella es el camino, la verdad y la vida. Y el casamiento.

Nunca había visto en poco más de una hora tantos clichés pasadísimos de época, extemporáneos y delirantes. Tanto alimento para princesas y príncipes que sólo existen en las ficciones. Nunca había escuchado tantas veces a alguien diciendo cálculo, estrategia y plan, hablando de una relación de pareja. Tantas reglas para el amor. Tantos conceptos machistas en boca de una mujer. Tantas mentiras juntas. Tanto todo.

Desde este humilde espacio lo recomiendo. Lo recomiendo inversamente, para una noche de chicas, para una reunión de amigos, para que en el mundo haya menos mujeres desesperadas por conseguir al hombre de su vida, para entender qué es todo lo que no hay que hacer, para agarrar la biblia de Patty, su promesa de salvación y sus diez mandamientos, y prenderlo todo fuego a carcajadas diabólicas y puteadas en cinco idiomas.

Ah, me olvidaba, un detalle que no quiero pasar por alto: Patty es soltera.

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