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La Belleza Calculada

17 May

Es imposible no sospechar. O tal vez solo sea un poco de envidia oculta. Cuando alguien es bonito y talentoso uno suele preguntarse por qué a unos tanto y a otros tan poco. Y nos defendemos tratando de encontrarle defectos. Como cuando sale alguna nueva boy band nunca falta el que dice “todos putos” y “no cantan ellos”. Además todos estamos apiolados de que existen asesores de vestuario, asesores de imágen, publicistas, jefes de prensa y ladrones varios que se ocupan de presentar a todo aquello que genere la sospecha de ser una futura superstar con una natural pero visible y paradójicamente forzada elegancia, rebosante de coolness.

Y ahora tenemos a Kimbra. Kimbra Johnson. Neozelandesa. Dicen que es singer, songwriter y dancer. Dicen también que se dedica a los géneros soul, alternative y jazz. La verdad es que es tan morocha que tranquilamente podría ser de por acá, de Villa Crespo, ponele, que se compra la ropa en Palermo, en el local de una amiga que es diseñadora de indumentaria. A ella todo le queda bien, además, diría una vecina, mientras nos pasa el mate. Su disco debut salió hace poco. Se llama Vows. Claro está, su primer hitazo se tira para el lado del pop, lo cual nos hace sospechar que el ejército marketinero del que hablábamos al principio está haciendo su tarea. Sea así o no, la cosa parece funcionar. Ella canta, con un vestidito negro, unas nenas atrás haciendo una rara coreografía. Y la canción se te pega.

 

Y ya se viene el segundo. Más vestiditos, mas nenitas, más coreografía y agregamos muchachos.

 

La sospecha se hace certeza: esto está fabricado. No puede ser todo tan perfectito. Hasta que la escuchas en vivo, con la banda atrás. Parece que sí, cualquier porquería que se ponga le queda bien. Y corriendo el tan menospreciado velo del pop, aparece su voz, profunda y juguetona que le debe mucho a Regina Spektor. Te resistís pero la sospecha se diluye: parece que tiene talento, nomás. Y buen gusto: su MySpace dice que ahora está escuchando a Young Men Dead. Y entonces sí, el lamento, una vez más: por qué algunos tanto, Señor Nuestro, y otros, tan poco.

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