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Los isleros

1 Ago

Jeff Nichols hace algo más que seguir la vieja máxima que dice pinta tu aldea y pintarás el mundo, aunque de ahí parte. Sus películas retratan con honestidad y sin ironía (a diferencia de los Coen, por ejemplo) la vida en los pueblos rurales del estado sureño en el que nació, Arkansas. Las tramas están atadas a ese paisaje, no podría transcurrir en otro lado ni sus personajes ser de otra parte, pero Nichols se las ingenia para nunca caer en el costumbrismo o el lugar común. En Shotgun Stories se desataba una guerra entre hermanastros comandada por Michael Shannon (su actor fetiche), quien en Take Shelter vuelve a ponerse bajo las órdenes del director y alucina el apocalipsis. Mud trabaja con los mismos elementos de siempre, como si transcurriera en un época sin celulares ni ipads (o sea: Arkansas), pero a las armas, el aburrimiento pueblerino, los sembrados y la familia redneck le agrega el Mississipi.

 

El mismo Nichols dijo que Mud estaba inspirada en Mark Twain, así que hay dos amigos inseparables de catorce años que, en esa geografía acuática y salvaje, tienen la aventura de sus vidas cuando conocen a un tipo misterioso que dice ser propietario de pocas cosas pero, en el contexto de la isla en la que sobrevive, valen mucho: un barco, una 44, una camisa de tela liviana, un amor al que espera. Es definitivamente una de las mejores actuaciones de Matthew McConaughey, que para levantar su carrera hace rato decidió dar un viraje hacia el sur profundo, y la rompió en todo lo que hizo, desde The Paper Boy y Killer Joe hasta un papel menor en Magic Mike que no tiene desperdicio. Le sale muy bien el acento y la picardía, el delirio místico y la estafa, el aspecto desaliñado. Además no anda con vueltas a la hora de hacer sacrificios que beneficien al personaje. Se sabe que siguiendo una dieta extrema perdió 25 kilos para interpretar a un enfermo de Sida en Dallas Buyers Club, a estrenarse en diciembre de este año. En Mud está sucio y hambriento, tiene las paletas delanteras rotas, y por momentos es como el buen salvaje pero con un pasado turbio y sin amigos. Ahí es donde entran a jugar los chicos. Ellis –Tye Sheridan, que actuó en Tree of Life de Malick (otro director que siempre vuelve al mismo lugar: Texas)- y Neckbone. Habrá un intercambio interesado entre ellos y también, siguiendo la línea del relato de iniciación y aventuras, un aprendizaje. Y, por supuesto, una chica, Reese Witherspoon, que maneja bárbaro el hillbilly porque es su lengua materna.

La película es entretenida, tiene momentos de ternura y enseñanza a la “Stand by Me” y acción de la que uno espera: tiros y piñas. El punto de vista del chico funciona bien, está otra vez Michael Shannon, aunque no se destaca mucho, la periodista de la segunda temporada de American Horror Story, Sara Paulson (tampoco) y Sam Shepard. El río barroso por el que seguramente el personaje esté bautizado así los une y los espanta, viven en casas flotantes y sacan lo que pueden del agua para vender. La elección de este escenario hace todo más interesante. Otro acierto, compartido por el resto de su filmografía, es que Jeff Nichols no se ensaña con sus criaturas. Las somete a las condiciones durísimas de los pueblos fantasmas, campos y pantanos -sitios que él debe haber conocido bien de chico-, pero no piensa que el destino natural de ellos sea atravesar un serie de peripecias propias de los brutos (de nuevo los Coen) para terminar de la peor manera, la manera esperable. Si bien está claro desde que arrancan que están destinados al fracaso, podría decirse que al final del camino, sin recurrir a golpes bajos ni giros sensibleros, hay una especie de redención porque ya la pasaron bastante mal durante el viaje.

Había una vez un asesino

30 Jul

En la década del ´60 Indonesia vivía un período dictatorial en el que el comunismo era perseguido y exterminado (el comunista y el sospechado de comunista, claro). En menos de un año los grupos paramilitares se cargaron a más de un millón de personas. Hoy en día esos tipos están en el poder.

En The act of killing, el inquietante documental de Joshua Oppenhaimer producido por Errol Morris y Werner Herzog (este dato ya es suficiente para ir y verlo) estos asesinos cuentan su historia con orgullo y delante de cualquiera porque son considerados héroes de la nación. El director va y los entrevista y les propone hacer una ficción mostrando la historia, su historia. Les pide que recreen como actores, con maquillaje, vestuario y escenografía, lo que pasaba en esos años y cómo actuaban ellos y ellos dicen “Claro, sí, por supuesto”.

El documental es un registro de la producción de esa ficción y al mismo tiempo de todo lo que ocurre alrededor.

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Una primera aproximación a la película la divide en dos: el proceso documental en sí mismo y la ficción que están filmando. En la parte documental el director entrevista a sus protagonistas, que sin ninguna vergüenza ni remordimiento cuentan lo que hacían. El director los acompaña a las reuniones del partido que los agrupa, los acompaña a sus casas, conoce a sus familias, habla con todos. En la parte ficcional el director se pone a merced de sus protagonistas, dejando que ellos elijan cómo mostrar cada proceso que realizaban: interrogatorios, torturas, matanzas, persecuciones.

En esta parte ficcional los héroes nacionales se dan todos los gustos: se disfrazan de mafiosos americanos, de dioses, practican la antropofagia, recrean fusilamientos, hacen llorar a niños en la puesta en escena más que convincente del incendio y exterminio de una aldea. El resultado de esa falsa ficción es un pastiche bastante bizarro que termina reforzando la imagen de monstruos que muestra la parte documental: los tipos, además de monstruos, son unos locos ridículos y megalómanos, como cuando un tipo mediocre que se cree genial está intentando torpemente levantarse a una señorita y queda como un boludo pero no es capaz de registrarlo (bueno, salvando las distancias).

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Pero la razón principal por la que recomiendo esta película es bastante más infantil: me gusta ver cómo piensa un asesino.

Me gusta a mí y nos gusta a todos. Nos gusta porque somos morbosos o porque tenemos pulsiones asesinas reprimidas que necesitamos descargar. Nos gusta ver cómo opera la cabeza de un asesino: la cabeza de un tipo que no considera que la vida del otro es algún tipo de límite para sus acciones.

Nos gusta, sobre todo, porque queremos tratar de entender por qué y cómo, para algunos, matar está bien. Porque una sociedad donde un asesino de muchos, de miles quizás, y torturador confeso es un héroe nos intriga.

Porque queremos saber qué método elige el asesino, qué siente al hacerlo, qué pasa después: ¿tiene pesadillas? ¿remordimiento? ¿tristeza? ¿nada?

En las ficciones estamos acostumbrados a la justificación del asesino: infancias terribles, traumas, abusos, violencia familiar, soledad, tristeza. El principal asesino de esta película, en cambio, es un asesino que no tiene ni remordimiento ni traumas infantiles. Mató porque creía que en el acto de matar estaba salvando a su sociedad, a los suyos, pero también porque la vida de otro en sus manos le daba poder. Es alguien que mató porque le gustaba matar, porque era su deber, pero también porque quería, porque podía, porque la sociedad se lo permitía, y se lo permite, lo recibe de brazos abiertos adonde vaya. Lo actúa en detalle regalándonos el clase B más repulsivo e impactante que se ha visto últimamente, siempre, por supuesto, considerándose un semidios, aunque en la última escena, que es tremenda y no se olvida fácil, esto de revivir los buenos viejos tiempos le pasa factura. Y por eso no podemos parar de mirarlo.

Sólo dios sabe

25 Jul

Tras el batacazo de Drive, película que proponía una historia violenta con gran despliegue visual, un guión ajustado y Ryan Gosling, su director, el danés Nicolas Winding Refn, sigue en la misma línea estética, y con el mismo actor fetiche, en una nueva que se llama Only God Forgives y que, si bien no es estrictamente secuela de la anterior, no sería raro que formara parte de una trilogía temática en distintas partes del mundo, porque para ésta fueron a filmar a la capital de Tailandia, Bangkok.

Después de verla tenemos la sensación de que entre una y otra pasó algo en el medio. Refn se engolosinó con algunos aspectos de su narrativa (al menos, a diferencia de muchos otros, tiene un plan detrás de lo que hace, y por eso es una de las películas que hay que ver este año), subió la apuesta  corriendo el riesgo de que, como posiblemente ocurra, en la comparación con Drive, Only God Forgives siempre pierda. Salvo que haya apuntado a quedarse con un puñado de incondicionales (Ryan Gosling dijo que la película es como una droga, puede pegarte bien o mal). Yo también sospecho de una mano no tan negra (aparece en los créditos), pero no nos adelantemos.

Only God Forgives es un thriller con un montón de elementos del cine que nos gusta ver: el deadpan de los yacuzas de Kitano, una venganza que no se para con nada igual a las de Chan Woo Park, la fotografía del Won Kar Wai de 2046, musicales entre bolas chinas rojas como haría el mejor Lynch, muchas sangre y mucha violencia coreografiada al estilo Kill Bill, mujeres hermosas. Uno piensa que con todos estos ingredientes juntos una película no puede fallar, excepto que estén mal dosificados o al servicio de una historia floja. No pareciera ser del todo ni un caso ni el otro.

Julian (Ryan Gosling en el personaje que hace de memoria, el de Drive y The Place Beyond the Pines) tiene un gimnasio donde enseña muay thai y además, junto con su hermano, o porque su hermano está en ésa, es traficante de drogas. A su hermano lo mata un policía retirado que también es un pésimo cantante y un samurái con katana. Crystal, la madre de Julian (Kristin Scott Thomas, la del paciente inglés, una actriz bellísima que no tuvo toda la suerte que se merece), viaja con varios objetivos: buscar el cuerpo de su hijo mayor, resolver el asunto de la venganza y de paso cuidar el negocio familiar de venta de heroína y cocaína. Es una mujer joven, ambiciosa, y todo indica que mantenía una relación incestuosa con su hijo muerto. El encuentro con Julian es áspero y retorcido pese a que, como en Drive, hay muy pocos diálogos.

El resto es un regodeo estético con edición enrarecida, bailarinas y fisicoculturistas, cabarets de salones espejados y mucho neón, planos impecables y canciones en tailandés casi como separadores. En algún momento empieza a dar la impresión de que no sólo las peleas están coreografiadas al milímetro, sino todo lo demás: la forma en la que hablan los actores, cómo caminan y se visten, cómo miran y hasta cómo se alejan. Parecen los ciborgs de la parte futurista de 2046, pero esta historia no transcurre en el futuro. En Drive (las comparaciones son inevitables) el vengador que hacía Gosling tenía un costado humano, se enamoraba de la joven Carey Mulligan, y los mafiosos, desde el genial Albert Brooks hasta el siempre carismático Bryan Cranston, en cada aparición mejoraban la película, algo que no pasa en Only God Forgives, donde se nota mucho más que ni los actores ni la historia son demasiado importantes. Refn busca, y en la mayoría de los casos encuentra, encuadres perfectos, recargados de colores y texturas en los que se desarrolla la acción de una manera un tanto mecánica, como cuando la belleza helada de Scott Thomas despotrica contra su hijo menor, que acaba de presentarle a la novia, una prostituta tailandesa tan inexpresiva y contenida como el resto del elenco. Las peleas, afuera y adentro de la familia, los cruces entre personajes, se resuelven en escenas pensadas al detalle, con una frialdad que por momentos roza lo absurdo, como si lo que importara en realidad fuera la idea –el plan de Refn o del dios del título- que las empuja. “Es hora de conocer al diablo”, le dice en un momento el hermano mayor a Julian. Algo así, ya lo adelantábamos antes, puede haberle ocurrido al director entre una película y otra, lo que explicaría las oscuridades, abusos y excesos de esta última. Difícil escaparle a esa influencia. No por nada la dedicatoria del final: “para Alejandro Jodorowsky”.

Loca de amor

14 Nov

Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen me produce cierta fascinación y morbo. Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen por amor me produce muchísima más fascinación que morbo. “Tabloid”, de Errol Morris, cuenta la historia de una preciosa chica, Joyce, que se enamora de un almidonado mormón, Kirk. Joyce y Kirk se prometen amor eterno. Kirk desaparece. Joyce lo encuentra en Inglaterra y lo salva del culto (el culto es, para Joyce, la religión mormona) haciéndolo pasar con ella un fin de semana de diversión, comida y sexo. Ella dice que lo rescató de las garras del culto, él dice que ella lo secuestró. A ella la acusan de secuestro y violación. Ella dice que no se puede violar a un hombre.

La prensa sensacionalista enloquece con la historia de Joyce y Joyce se vuelve archifamosa de un día para el otro: algunos diarios la tratan como una puta loca y otros como una enamorada dispuesta a todo. La persiguen, le inventan historia y bucean en su pasado para descubrir sus miserias. Todas esas cosas que hacen los programas de chimentos de la televisión de la tarde. Y es en este punto es donde el documental de Errol Morris, un clásico documental de entrevistas y material de archivo, se vuelve mucho más interesante: todos los cortes de las entrevistas se ven ahí, sin nada que los tape, poniendo en evidencia que el montaje es una herramienta para construir un relato. Errol Morris corta tanto las entrevistas que por momentos pareciera que está armando una oración con una palabra por plano, pareciera que está inventando todo. Sobreimprime palabras contundentes sobre los entrevistados, juega a armar titulares a partir de las frases que dicen, repite fragmentos de entrevistas hasta tres veces. En fin: se caga de risa de todo. Juega a armar un documental sensacionalista. Y gana.

Y encima, sobre el final, mete una perlita imperdible que incluye perros clonados.

Auto fantástico

11 Nov

Muchas veces el cine se dedicó a esa forma violenta, más o menos clandestina y organizada de hacer negocios que conocemos como mafia. Drive, una de las últimas películas de Ryan Gosling -star del momento que fue metamofoseándose a pedido de la industria en un Vin Diesel sensible y carismático-, toca de costado el género sacándole provecho: cuando nos enteramos, junto con el protagonista, de que detrás de un préstamo está metida la pesada de la Costa Este, sabemos que  las cosas van a terminar mal. Pero el director no hizo otra de mafias y asesinos a sueldo. Creó un gran personaje, climas densos y macabros con la ayuda de nada menos que Angelo Badalamenti y, en el medio, una historia de amor casi sin palabras, un cruce sutil de soledades y miraditas en el supermercado.

Gosling transmite ternura, pero desde hace tiempo también porta músculos. Combinando su nueva faceta con aquella de chico loser de película indie (Lars and the Real Girl) logra quizás una de sus mejores actuaciones hasta el momento. Es un conductor parco, profesional e imprevisible, aunque no por eso menos protector y cariñoso. Maneja lo que le den y para lo que sea. Puede ser chofer de dos desconocidos vestidos de negro o doble de riesgo. No tiene pasado ni amigos ni nombre. Bryan Cranston, el dueño del taller, lo usa para todo tipo de trabajos, siempre sacando su tajada y aprovechándose de que él no se queja. Es lo más parecido a un padre que tiene.

A Nicolas Winding Refn, el director de esta película, más que el crimen organizado y los autos le interesa otra cosa: convertir la violencia en un objeto estético, al mejor estilo La Naranja Mecánica. Ya lo había demostrado en Bronson (que a su vez parece una remake desmesurada de Chopper, lo mejor de Eric Bana en toda su carrera). En Drive, el conductor apuñala a un capo mafia: lo único que vemos son sus sombras luchando. Otra muerte es en el mar, de noche, con un Gosling irreconocible. De a ratos parece una parodia de Brian de Palma o de cierto cine clase B (esos créditos), como si se tratara de un Meteoro vengador.

Los aciertos de guión y dirección son varios. No hay exceso de persecuciones motorizadas ni fetichismo con los autos. La trama, como el conductor cuando tiene patrulleros acechándolo, no se apura en ningún momento y gana tensión de a poco a partir de un recurso infalible a la hora de contar: una historia simple que se complica. Ron Perlman, un gigante del cine -literalmente- , con su inconfundible cara de rasgos simiescos, no hace uno de los papeles a los que nos tiene acotumbrados (Hellboy). La charla entre Gosling y el otro mafioso en el restaurante, con el hombre ya bastante cabreado (Albert Brooks, el infaltable italoamericano), no tiene desperdicio: “Cualquier sueño que tengas, planes o esperanzas para el futuro, vas a tener que suspenderlos. Te digo esto porque quiero que sepas la verdad”. A esa altura, Drive es un thriller en el que todos miran en el espejo retrovisor de su paranoia porque alguien viene a cobrar la deuda, rápido y muy furioso.

La Casita del Horror

31 Oct


A Estados Unidos se le debe reconocer que nunca tiene miedo de poner la etiqueta de universal a todo aquello que produce. Y nos guste o no, sin ponernos a pensar en las razones y/o consecuencias de esto, la verdad es que en cuanto a educación musical y fílmica, el material de estudio casi siempre nos vino del norte y en idioma inglés. También, mal que le pese a Greenpace, es experto en reciclaje. A tal punto que hay toda una generación que cree que, por ejemplo, las versiones de las canciones que se escuchan en Glee son originales y no covers de grandes (y no tanto) clásicos.

Su creador, Ryan Murphy, repite la fórmula que tanto éxito le dio usando esta vez como materia prima los elementos que definen el género del terror. Entonces, en American Horror Story no vas a ver nada que no hayas visto antes. Todo lo contrario, podes jugar a reconocer a qué película hace referencia ese asesinato, ese giro del guión, esa banda sonora, o esa toma, que, con la excusa del homenaje se repiten una y otra vez a lo largo de la serie.

Una familia de apellido Harmon, compuesta por un matrimonio y una hija adolescente, se muda de Boston a Los Ángeles. Las razones de dicha mudanza son tan familiares como trágicas: una infidelidad y una muerte. Si bien son clase media consiguen una mansión reciclada a muy buen precio como nuevo hogar. Lo que no saben es que la misma está embrujada y que su maravilloso piso de madera ha sido manchado con sangre con alarmante frecuencia.

Hay un problema de formato. No es lo mismo una película de una hora y media que una hora semana tras semana hasta completar trece capítulos, que es lo que durará la primera temporada. Para el cuarto episodio ya hemos perdido la cuenta de la cantidad de desgracias, disgustos y experiencias siniestras, no siempre sobrenaturales, que ha atravesado esta familia. A esta altura, es más la gente muerta que anda dando vueltas que la viva. ¿Qué están esperando los Harmon para irse? ¿Cuántos más tienen que morir? ¿Son boludos o se hacen?

Suponemos un eficiente y aceitado grupo de guionistas que por ahora sostienen la trama en el delicado límite de lo verosímil. Los argumentos van desde la crisis inmobiliaria (el nuevo Vietnam de los norteamericanos) hasta la lógica pérdida de conciencia de la realidad de los desafortunados nuevos moradores. Tenemos fe además que la historia avanzará sobre esa sensación de condena que tienen los sanguinarios y malévolos espíritus que habitan la mansión, que ya están un poco cansados de tanta muerte violenta y solo quieren irse al infierno.

Un apartado especial para Jessica Lange, que resume toda la maldad del mundo en forma de vecina, que no tiene ningún problema en llamar mogólica a su hija con síndrome de down o en robar cucharas y tenedores para luego venderlos por eBay. Otro gran personaje es la hija adolescente, que por estar atravesando esa época de la vida, es la que menos se asusta y hasta disfruta de tanto desquicio a su alrededor. Tal vez porque sabe que así como no hay nada nuevo bajo el sol, tampoco se encuentran muchas novedades entre las sombras.

Irse por las ramas

28 Sep

En Adaptation, la película de Spike Jonze que acá se conoció como El ladrón de orquídeas, un guionista (Nicolas Cage) que sufre bloqueo, grabador en mano, empieza a tirar ideas para un futuro proyecto, de manera caótica y sin pausa. Arranca con la extinción de los dinosaurios y sigue enredándose, transpirado, en un brainstorming que no lo lleva a ningún lado. En cambio su hermano, siguiendo las enseñanzas del gurú hollywoodense Robert McKee, combina dos o tres elementos y lograr un thriller ajustado, previsible, ganchero. Uno anda por la casa estupidizado de tanta felicidad, el otro se masturba frente a la computadora.

Ya se habló muchísimo de la última de Terrence Malick, Tree of  Life. La noticia de hoy era que en Estados Unidos, si el espectador no tolera los primeros treinta minutos, se le devuelve el dinero. En esa primera media hora, Malick es el hermano interpetado por Cage que parodia al principiante que no sabe que a la hora de escribir, muchas veces menos es más. Puso en imágenes todo lo que le vino a la cabeza al momento de pensar la película, sin reprimirse ni guardarse nada. Llamó a un especialista en efectos especiales a la antigua, que había trabajado con Kubrick en 2001 Odisea del espacio, para darle forma a la Creación. Lo que se ve es fuego, líquidos en movimiento, algo que podrían ser las primeras criaturas que dejaron el agua para poblar la tierra. Esta parte no tiene nada de hipnótico (como se dijo por ahí) ni tampoco otras escenas que parecen sacadas de documentales (aunque es cierto que pueden ser disfrutables). Y nada suma que en el final veamos cómo es la vida adulta del más grande de los hermanos, donde aparece Sean Penn. Ni él ni Brad Pitt resultan imprescindibles para la trama, aunque Pitt siempre cumple. Son los chicos y la madre  (Jessica Chastain: una belleza helada) los encargados, con ayuda de un vestuario impecable y una musicalización minuciosa, de generar un clima de terror doméstico pocas veces visto.

Después sí, hay una familia en Waco, Texas, con un conflicto definido pero también ambiguo, intrigante, que toma desvíos. De más está decir que Malick jamás va a ser el segundo de los hermanos guionistas. Es uno de esos pocos directores que uno reconoce enseguida. Los saltos en la edición, los travellings, las imágenes apabullantes, la fotografía perfecta. Con muy poco de diálogo, con algunas frases susurradas y un punto de vista cambiante (aunque la mayor parte de la película se la lleva el hijo mayor) hace funcionar una historia que no tiene nada de novedoso salvo (y esto quizás sea todo) la forma en que está contada. Sólo por eso vale la pena verla.

El chirolita de Mel

27 Sep

Imaginen esta escena: un guionista entrega su manuscrito a la prestigiosa y reconocida Jodie Foster, y a ella le encanta. Entonces reúne a los productores, convoca a un actor taquillero y del mismo prestigio que ella, compromete a un estudio. Imaginen ahora la cara de todo el mundo, ya en el set, después de haber leído el guión, aguantándose la risa o el espanto, porque Mel Gibson interpretará a Mr. Black, un señor que sale de una depresión gracias a que encuentra un muñeco de peluche en la basura (para más detalles, un castor) y, a partir de ahí, como si fuera un ventrílocuo trucho o un aprendiz de, lo hace hablar. Lo convierte en su alter ego, uno seguro de sí mismo, que le da consejos de vida y se transforma en el mejor terapeuta que puede tener.  Con su ayuda vuelve a ser un excelente empresario y padre de familia. Y ahora adonde va lleva a su no tan simpático castorcito, que habla por él y juega con su hijo, que acaba cuando él acaba y hasta (escena memorable) le da un beso en la boca a la mujer, que es, claro, Jodie Foster (¿no envejece?).

El castor (o sea, Gibson parloteando como si se tratara de otra persona) se expresa en un lenguaje confuso: inglés australiano cruzado con balbuceo de borracho, digamos. Cada tanto tira un “mate”, y listo. Leí por ahí que la historia secundaria (la del hijo que lo odia y quiere viajar) es más fuerte que la principal, cosa con la que es difícil estar de acuerdo. Ningún personaje levanta mucho: sencillamente no pueden competir contra un tipo que se baña con el castor en la mano (tratemos de no caer en el chiste fácil), que lo lava y lo viste. 

Hace poco también leí que el actor asutraliano dijo algo increíble sobre prepucios y párpados. Creo que me cae mejor el animalito interior de Mel, ése que alimenta con algunos tragos y no puede ser parte de ningún programa de autoayuda (dice que sus dichos anitsemitas fueron producto del alcohol, a quién no se le escapa alguna pavada en pedo). Hay que decir, por si alguno se anima a mirarla, que el canto a la vida tiene un giro no sé si inesperado pero aliviador, después de tanta tomada de pelo (que en una comedia aguantaría los primeros diez minutos, como mucho, y acá va en serio). La película en cuestión fue directo al DVD, y te deja pensando si nadie se dio cuenta, si de verdad hubo buenas intenciones o si creen que el público está ahí para que lo traten de boludo.

El vacío

29 Ago

Si pensáramos linealmente el guión de Irreversible, película escándalo de Cannes en su momento, ¿qué quedaría? Una pareja que, al principio, está bien. Cogen. Ella queda embarazada. No lo dice. Después, hay peleas. Después, violación y muerte. Después, él le rompe la cara a alguien con un matafuegos. ¿Y el punto de giro? ¿Y el clímax donde se tensiona al máximo el conflicto? Es cierto que había una apuesta formal fuerte (cámara flotante, sonido que agregaba truculencia a la acción, violencia explícita y narración fragmentada), pero hay quienes dijeron que este chico, Gaspar Noé, argentino radicado en Francia, era un invento, un buscador de polémicas profesional. En su última película, Enter The Void, les dio la razón (sus fanáticos dirán que no, supongo).

Recomendable para ver con algo de tetrahidrocannabinol (aunque, si no se refuerza, el efecto se va antes de la mitad: dura 160 minutos), Enter The Void fue declarada la peor película jamás proyectada en Cannes. Ahora sí que no hay nada más que maquetas y diseños digitales de una Tokio nocturna y neones por todos lados y la cámara omnisciente y el color saturado y el sonido ídem. Porque la trama es infantil, arbitraria, sobre todo previsible. Y eso que hasta la hora y media (siempre con ayuda: TCH) hay esperanzas: uno piensa que quizá pinta el policial. Mejor todavía, el policial con amagues de terror. Entonces, queremos reconstruir mentalmente la trama. Ver posibles conspiraciones, vueltas de tuerca, algo. Como en Irreversible, una historia contada de atrás para adelante. Pero, en la mitad, la narración se ordena.

Y lo que sigue es malísimo. Mezcla de Ghost con Lost in Translation, aunque el personaje de Scarlett Johansson es una luz al lado de la hermana del protagonista (al que nunca se le ve la cara, porque Noé usa y abusa de la subjetiva al estilo Dark Passage, aunque no sea en absoluto una necesidad de guión sino un capricho del director). Si la segunda mitad no se sostiene es, entre muchas cosas, porque la historia se centra ahora en una chica que grita, llora, putea, histeriquea y grita otra vez.

En definitiva: una muy buena secuencia de títulos seguida por una película insoportable.

Defender la especie

19 Ago

Si hasta ahora no viste la original de El Planeta de los Simios (1968) y/o la extraña y tal vez fallida versión de Tim Burton (2001), seguramente no lo vas a hacer ahora, así que te vamos a contar de qué venía la cosa. Un astronauta se estrella contra un planeta donde está todo dado vuelta: la raza dominante son los simios y los humanos son un poco menos que esclavos, con mucho de mascota. Al final el protagonista descubrirá que el planeta no es otro que la tierra y que su viaje no fue solo en el espacio sino en el tiempo: está en el futuro, que es negro y peludo. Entre estas dos versiones hay sutiles y gruesas diferencias pero el concepto es exactamente el mismo.

En The Rise of The Planet of the Apes (2011), o como “ingeniosamente” la titularon por estas tierras hispanoparlantes El Planeta de los Simios (R)Evolución, lo que se cuenta es qué pasó en la tierra para que las cosas terminaran de esta manera. Como en cualquier tragedia futurista, la culpa la tiene una corporación, dueña de un laboratorio donde un experimento falla o tal vez sale demasiado bien. No falta el personaje sin ética, ansioso de forrarse en plata, que desencadenará la catástrofe. Veremos cómo un simple y simpático monito se salta los miles de años que exigiría la evolución darwinista y en poco tiempo pasa de ser animal para testear medicamentos a encabezar una revolución. No vamos a dar más detalles del argumento por si alguno decide verla.

Lo interesante está en el proceso que atraviesa este Che Guevara de los primates. Más allá de la velocidad con que lo hace (justificada por la simple intervención de un gas) a medida que el simio avanza en su transformación vemos cosas tales como que de andar en bolas, prefiere jeans y pulóver. Descubre la traición, el amor, el engaño, la violencia y la conciencia de la muerte. Entiende cómo funcionan las relaciones de poder y llega a un grado de sutileza tal que sabe que no es lo mismo que te digan simio a que te digan mono o chimpancé. Lo que no llega, claro, es el cuestionamiento de las evidentes desventajas de terminar siendo un animal superior. Antes de que esto suceda Hollywood viene al rescate y comienza la revolución. A esta altura de la película, ya nos podemos olvidar de cualquier planteo, ya que lo importante es ver como ambos bandos se enfrentan, con explosiones y acrobacias varias. En este punto podrían ser, en lugar de simios, gatos monteses, invasores de Urano o Bichos Bolitas. El efecto es el mismo. Al fin y al cabo, lo único que pretendían explicar era por qué cuando el astronauta regresa el planeta ya no es lo que era.

¿Es The Rise of The Planet of Apes una buena película? Probablemente no. ¿Es mala? Nosotros no somos quién para andar haciendo semejante afirmación. Lo que sí, como pasa la mayoría de las veces, si te enganchas en el juego, probablemente la pases bien. En la función que fuimos, hubo gente que al final aplaudió y todo.

¿Cuál es la razón entonces para escribir sobre (R)Evolución? Sencillo: así como entre bueyes no hay cornadas, entre monos no nos vamos a andar pisando la banana.

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