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Los isleros

1 Ago

Jeff Nichols hace algo más que seguir la vieja máxima que dice pinta tu aldea y pintarás el mundo, aunque de ahí parte. Sus películas retratan con honestidad y sin ironía (a diferencia de los Coen, por ejemplo) la vida en los pueblos rurales del estado sureño en el que nació, Arkansas. Las tramas están atadas a ese paisaje, no podría transcurrir en otro lado ni sus personajes ser de otra parte, pero Nichols se las ingenia para nunca caer en el costumbrismo o el lugar común. En Shotgun Stories se desataba una guerra entre hermanastros comandada por Michael Shannon (su actor fetiche), quien en Take Shelter vuelve a ponerse bajo las órdenes del director y alucina el apocalipsis. Mud trabaja con los mismos elementos de siempre, como si transcurriera en un época sin celulares ni ipads (o sea: Arkansas), pero a las armas, el aburrimiento pueblerino, los sembrados y la familia redneck le agrega el Mississipi.

 

El mismo Nichols dijo que Mud estaba inspirada en Mark Twain, así que hay dos amigos inseparables de catorce años que, en esa geografía acuática y salvaje, tienen la aventura de sus vidas cuando conocen a un tipo misterioso que dice ser propietario de pocas cosas pero, en el contexto de la isla en la que sobrevive, valen mucho: un barco, una 44, una camisa de tela liviana, un amor al que espera. Es definitivamente una de las mejores actuaciones de Matthew McConaughey, que para levantar su carrera hace rato decidió dar un viraje hacia el sur profundo, y la rompió en todo lo que hizo, desde The Paper Boy y Killer Joe hasta un papel menor en Magic Mike que no tiene desperdicio. Le sale muy bien el acento y la picardía, el delirio místico y la estafa, el aspecto desaliñado. Además no anda con vueltas a la hora de hacer sacrificios que beneficien al personaje. Se sabe que siguiendo una dieta extrema perdió 25 kilos para interpretar a un enfermo de Sida en Dallas Buyers Club, a estrenarse en diciembre de este año. En Mud está sucio y hambriento, tiene las paletas delanteras rotas, y por momentos es como el buen salvaje pero con un pasado turbio y sin amigos. Ahí es donde entran a jugar los chicos. Ellis –Tye Sheridan, que actuó en Tree of Life de Malick (otro director que siempre vuelve al mismo lugar: Texas)- y Neckbone. Habrá un intercambio interesado entre ellos y también, siguiendo la línea del relato de iniciación y aventuras, un aprendizaje. Y, por supuesto, una chica, Reese Witherspoon, que maneja bárbaro el hillbilly porque es su lengua materna.

La película es entretenida, tiene momentos de ternura y enseñanza a la “Stand by Me” y acción de la que uno espera: tiros y piñas. El punto de vista del chico funciona bien, está otra vez Michael Shannon, aunque no se destaca mucho, la periodista de la segunda temporada de American Horror Story, Sara Paulson (tampoco) y Sam Shepard. El río barroso por el que seguramente el personaje esté bautizado así los une y los espanta, viven en casas flotantes y sacan lo que pueden del agua para vender. La elección de este escenario hace todo más interesante. Otro acierto, compartido por el resto de su filmografía, es que Jeff Nichols no se ensaña con sus criaturas. Las somete a las condiciones durísimas de los pueblos fantasmas, campos y pantanos -sitios que él debe haber conocido bien de chico-, pero no piensa que el destino natural de ellos sea atravesar un serie de peripecias propias de los brutos (de nuevo los Coen) para terminar de la peor manera, la manera esperable. Si bien está claro desde que arrancan que están destinados al fracaso, podría decirse que al final del camino, sin recurrir a golpes bajos ni giros sensibleros, hay una especie de redención porque ya la pasaron bastante mal durante el viaje.

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Había una vez un asesino

30 Jul

En la década del ´60 Indonesia vivía un período dictatorial en el que el comunismo era perseguido y exterminado (el comunista y el sospechado de comunista, claro). En menos de un año los grupos paramilitares se cargaron a más de un millón de personas. Hoy en día esos tipos están en el poder.

En The act of killing, el inquietante documental de Joshua Oppenhaimer producido por Errol Morris y Werner Herzog (este dato ya es suficiente para ir y verlo) estos asesinos cuentan su historia con orgullo y delante de cualquiera porque son considerados héroes de la nación. El director va y los entrevista y les propone hacer una ficción mostrando la historia, su historia. Les pide que recreen como actores, con maquillaje, vestuario y escenografía, lo que pasaba en esos años y cómo actuaban ellos y ellos dicen “Claro, sí, por supuesto”.

El documental es un registro de la producción de esa ficción y al mismo tiempo de todo lo que ocurre alrededor.

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Una primera aproximación a la película la divide en dos: el proceso documental en sí mismo y la ficción que están filmando. En la parte documental el director entrevista a sus protagonistas, que sin ninguna vergüenza ni remordimiento cuentan lo que hacían. El director los acompaña a las reuniones del partido que los agrupa, los acompaña a sus casas, conoce a sus familias, habla con todos. En la parte ficcional el director se pone a merced de sus protagonistas, dejando que ellos elijan cómo mostrar cada proceso que realizaban: interrogatorios, torturas, matanzas, persecuciones.

En esta parte ficcional los héroes nacionales se dan todos los gustos: se disfrazan de mafiosos americanos, de dioses, practican la antropofagia, recrean fusilamientos, hacen llorar a niños en la puesta en escena más que convincente del incendio y exterminio de una aldea. El resultado de esa falsa ficción es un pastiche bastante bizarro que termina reforzando la imagen de monstruos que muestra la parte documental: los tipos, además de monstruos, son unos locos ridículos y megalómanos, como cuando un tipo mediocre que se cree genial está intentando torpemente levantarse a una señorita y queda como un boludo pero no es capaz de registrarlo (bueno, salvando las distancias).

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Pero la razón principal por la que recomiendo esta película es bastante más infantil: me gusta ver cómo piensa un asesino.

Me gusta a mí y nos gusta a todos. Nos gusta porque somos morbosos o porque tenemos pulsiones asesinas reprimidas que necesitamos descargar. Nos gusta ver cómo opera la cabeza de un asesino: la cabeza de un tipo que no considera que la vida del otro es algún tipo de límite para sus acciones.

Nos gusta, sobre todo, porque queremos tratar de entender por qué y cómo, para algunos, matar está bien. Porque una sociedad donde un asesino de muchos, de miles quizás, y torturador confeso es un héroe nos intriga.

Porque queremos saber qué método elige el asesino, qué siente al hacerlo, qué pasa después: ¿tiene pesadillas? ¿remordimiento? ¿tristeza? ¿nada?

En las ficciones estamos acostumbrados a la justificación del asesino: infancias terribles, traumas, abusos, violencia familiar, soledad, tristeza. El principal asesino de esta película, en cambio, es un asesino que no tiene ni remordimiento ni traumas infantiles. Mató porque creía que en el acto de matar estaba salvando a su sociedad, a los suyos, pero también porque la vida de otro en sus manos le daba poder. Es alguien que mató porque le gustaba matar, porque era su deber, pero también porque quería, porque podía, porque la sociedad se lo permitía, y se lo permite, lo recibe de brazos abiertos adonde vaya. Lo actúa en detalle regalándonos el clase B más repulsivo e impactante que se ha visto últimamente, siempre, por supuesto, considerándose un semidios, aunque en la última escena, que es tremenda y no se olvida fácil, esto de revivir los buenos viejos tiempos le pasa factura. Y por eso no podemos parar de mirarlo.

Sólo dios sabe

25 Jul

Tras el batacazo de Drive, película que proponía una historia violenta con gran despliegue visual, un guión ajustado y Ryan Gosling, su director, el danés Nicolas Winding Refn, sigue en la misma línea estética, y con el mismo actor fetiche, en una nueva que se llama Only God Forgives y que, si bien no es estrictamente secuela de la anterior, no sería raro que formara parte de una trilogía temática en distintas partes del mundo, porque para ésta fueron a filmar a la capital de Tailandia, Bangkok.

Después de verla tenemos la sensación de que entre una y otra pasó algo en el medio. Refn se engolosinó con algunos aspectos de su narrativa (al menos, a diferencia de muchos otros, tiene un plan detrás de lo que hace, y por eso es una de las películas que hay que ver este año), subió la apuesta  corriendo el riesgo de que, como posiblemente ocurra, en la comparación con Drive, Only God Forgives siempre pierda. Salvo que haya apuntado a quedarse con un puñado de incondicionales (Ryan Gosling dijo que la película es como una droga, puede pegarte bien o mal). Yo también sospecho de una mano no tan negra (aparece en los créditos), pero no nos adelantemos.

Only God Forgives es un thriller con un montón de elementos del cine que nos gusta ver: el deadpan de los yacuzas de Kitano, una venganza que no se para con nada igual a las de Chan Woo Park, la fotografía del Won Kar Wai de 2046, musicales entre bolas chinas rojas como haría el mejor Lynch, muchas sangre y mucha violencia coreografiada al estilo Kill Bill, mujeres hermosas. Uno piensa que con todos estos ingredientes juntos una película no puede fallar, excepto que estén mal dosificados o al servicio de una historia floja. No pareciera ser del todo ni un caso ni el otro.

Julian (Ryan Gosling en el personaje que hace de memoria, el de Drive y The Place Beyond the Pines) tiene un gimnasio donde enseña muay thai y además, junto con su hermano, o porque su hermano está en ésa, es traficante de drogas. A su hermano lo mata un policía retirado que también es un pésimo cantante y un samurái con katana. Crystal, la madre de Julian (Kristin Scott Thomas, la del paciente inglés, una actriz bellísima que no tuvo toda la suerte que se merece), viaja con varios objetivos: buscar el cuerpo de su hijo mayor, resolver el asunto de la venganza y de paso cuidar el negocio familiar de venta de heroína y cocaína. Es una mujer joven, ambiciosa, y todo indica que mantenía una relación incestuosa con su hijo muerto. El encuentro con Julian es áspero y retorcido pese a que, como en Drive, hay muy pocos diálogos.

El resto es un regodeo estético con edición enrarecida, bailarinas y fisicoculturistas, cabarets de salones espejados y mucho neón, planos impecables y canciones en tailandés casi como separadores. En algún momento empieza a dar la impresión de que no sólo las peleas están coreografiadas al milímetro, sino todo lo demás: la forma en la que hablan los actores, cómo caminan y se visten, cómo miran y hasta cómo se alejan. Parecen los ciborgs de la parte futurista de 2046, pero esta historia no transcurre en el futuro. En Drive (las comparaciones son inevitables) el vengador que hacía Gosling tenía un costado humano, se enamoraba de la joven Carey Mulligan, y los mafiosos, desde el genial Albert Brooks hasta el siempre carismático Bryan Cranston, en cada aparición mejoraban la película, algo que no pasa en Only God Forgives, donde se nota mucho más que ni los actores ni la historia son demasiado importantes. Refn busca, y en la mayoría de los casos encuentra, encuadres perfectos, recargados de colores y texturas en los que se desarrolla la acción de una manera un tanto mecánica, como cuando la belleza helada de Scott Thomas despotrica contra su hijo menor, que acaba de presentarle a la novia, una prostituta tailandesa tan inexpresiva y contenida como el resto del elenco. Las peleas, afuera y adentro de la familia, los cruces entre personajes, se resuelven en escenas pensadas al detalle, con una frialdad que por momentos roza lo absurdo, como si lo que importara en realidad fuera la idea –el plan de Refn o del dios del título- que las empuja. “Es hora de conocer al diablo”, le dice en un momento el hermano mayor a Julian. Algo así, ya lo adelantábamos antes, puede haberle ocurrido al director entre una película y otra, lo que explicaría las oscuridades, abusos y excesos de esta última. Difícil escaparle a esa influencia. No por nada la dedicatoria del final: “para Alejandro Jodorowsky”.

Loca de amor

14 Nov

Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen me produce cierta fascinación y morbo. Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen por amor me produce muchísima más fascinación que morbo. “Tabloid”, de Errol Morris, cuenta la historia de una preciosa chica, Joyce, que se enamora de un almidonado mormón, Kirk. Joyce y Kirk se prometen amor eterno. Kirk desaparece. Joyce lo encuentra en Inglaterra y lo salva del culto (el culto es, para Joyce, la religión mormona) haciéndolo pasar con ella un fin de semana de diversión, comida y sexo. Ella dice que lo rescató de las garras del culto, él dice que ella lo secuestró. A ella la acusan de secuestro y violación. Ella dice que no se puede violar a un hombre.

La prensa sensacionalista enloquece con la historia de Joyce y Joyce se vuelve archifamosa de un día para el otro: algunos diarios la tratan como una puta loca y otros como una enamorada dispuesta a todo. La persiguen, le inventan historia y bucean en su pasado para descubrir sus miserias. Todas esas cosas que hacen los programas de chimentos de la televisión de la tarde. Y es en este punto es donde el documental de Errol Morris, un clásico documental de entrevistas y material de archivo, se vuelve mucho más interesante: todos los cortes de las entrevistas se ven ahí, sin nada que los tape, poniendo en evidencia que el montaje es una herramienta para construir un relato. Errol Morris corta tanto las entrevistas que por momentos pareciera que está armando una oración con una palabra por plano, pareciera que está inventando todo. Sobreimprime palabras contundentes sobre los entrevistados, juega a armar titulares a partir de las frases que dicen, repite fragmentos de entrevistas hasta tres veces. En fin: se caga de risa de todo. Juega a armar un documental sensacionalista. Y gana.

Y encima, sobre el final, mete una perlita imperdible que incluye perros clonados.

Irse por las ramas

28 Sep

En Adaptation, la película de Spike Jonze que acá se conoció como El ladrón de orquídeas, un guionista (Nicolas Cage) que sufre bloqueo, grabador en mano, empieza a tirar ideas para un futuro proyecto, de manera caótica y sin pausa. Arranca con la extinción de los dinosaurios y sigue enredándose, transpirado, en un brainstorming que no lo lleva a ningún lado. En cambio su hermano, siguiendo las enseñanzas del gurú hollywoodense Robert McKee, combina dos o tres elementos y lograr un thriller ajustado, previsible, ganchero. Uno anda por la casa estupidizado de tanta felicidad, el otro se masturba frente a la computadora.

Ya se habló muchísimo de la última de Terrence Malick, Tree of  Life. La noticia de hoy era que en Estados Unidos, si el espectador no tolera los primeros treinta minutos, se le devuelve el dinero. En esa primera media hora, Malick es el hermano interpetado por Cage que parodia al principiante que no sabe que a la hora de escribir, muchas veces menos es más. Puso en imágenes todo lo que le vino a la cabeza al momento de pensar la película, sin reprimirse ni guardarse nada. Llamó a un especialista en efectos especiales a la antigua, que había trabajado con Kubrick en 2001 Odisea del espacio, para darle forma a la Creación. Lo que se ve es fuego, líquidos en movimiento, algo que podrían ser las primeras criaturas que dejaron el agua para poblar la tierra. Esta parte no tiene nada de hipnótico (como se dijo por ahí) ni tampoco otras escenas que parecen sacadas de documentales (aunque es cierto que pueden ser disfrutables). Y nada suma que en el final veamos cómo es la vida adulta del más grande de los hermanos, donde aparece Sean Penn. Ni él ni Brad Pitt resultan imprescindibles para la trama, aunque Pitt siempre cumple. Son los chicos y la madre  (Jessica Chastain: una belleza helada) los encargados, con ayuda de un vestuario impecable y una musicalización minuciosa, de generar un clima de terror doméstico pocas veces visto.

Después sí, hay una familia en Waco, Texas, con un conflicto definido pero también ambiguo, intrigante, que toma desvíos. De más está decir que Malick jamás va a ser el segundo de los hermanos guionistas. Es uno de esos pocos directores que uno reconoce enseguida. Los saltos en la edición, los travellings, las imágenes apabullantes, la fotografía perfecta. Con muy poco de diálogo, con algunas frases susurradas y un punto de vista cambiante (aunque la mayor parte de la película se la lleva el hijo mayor) hace funcionar una historia que no tiene nada de novedoso salvo (y esto quizás sea todo) la forma en que está contada. Sólo por eso vale la pena verla.

Woody

5 Ago

 

Lo increíble es que siga haciendo películas como si no existieran Ricky Gervais, Steve Carell y la factoría Apatow, Louie C.K., los Farrelly, Tina Fey, Parks & Recreation, Ben Stiller, por poner algunos nombres. Es cierto que intentó darle velocidad a su comedia con Larry David en Whatever Works (Nueva York, 2009) . Sí, David habla más rapido que Allen. La pregunta desde hace diez años es hasta cuándo va a poder sacarle jugo a los chistes sobre Dios, hipocondría y un salteado de la cultura general del burgués promedio.  

Se sabe: la nueva veta de Woody Allen (¿desde Match Point o antes?) es usar las ciudades como escenografía, con planos y ediciones abiertamente turísticas. Así consigue financiación fácil, y parece ser accesible al momento de negociar condiciones (en Midnight in Paris (Paris, 2011) logró meter a la fuerza, en un personaje menor, a la primera dama, Carla Bruni). You Will Meet a Tall Dark Stranger (2010) está rodada en Londres.

También es sabido que los temas del director son tres: la neurosis, el arte y el amor (en la única forma interesante: cuando fracasa). ¿Hasta cuándo su público fiel bancará otra más de un escritor bloqueado, enamoradizo, o de un judío neoyorquino que tiene miedo a las enfermedades? Con todos esos prejuicios se hace cada vez más difícil verlo. En la semana que pasó, y de casualidad, vi las tres últimas, que voy a abreviar con sus iniciales para empezar a decir algo medianamente novedoso.

WW: David se lava las manos cantando el Feliz cumpleaños como síntoma de obsesivo que cree que así no se le pegan los gérmenes. O el editor se equivocó o Woody no la vio terminada, porque la escena está repetida hasta el cansacio, aun después de que alguien menciona esa manía, como si hubiera que explicar el chiste.

YWM: Naomi Watts tiene el acento británico menos creíble del mundo.  

WW: David habla a cámara. Hace referencias al público, algo que quedó bastante anacrónico, sobre todo porque parece dirigido a cientos sentados en sus butacas, y no a los que compraron el DVD o la bajaron.

YWM:  Anthony Hopkins está cansado. Muy. Más allá de su personaje viagrero, es como si no tuviera la fuerza suficiente para una comedia. Su viejito verde no causa. 

WW: El final es tan innecesario como soso.  La energía dramática y verborrágica del creador de Curb Your Enthusiasm cansa a la mitad de la película, y el personaje femenino de la chica sureña es casi inverosímil.

YWM: De las historias paralelas, la única que tiene consistencia es la de Josh Brolin. La madre de Watts va a ver a una vidente. Watts se enamora de Antonio Banderas. ¿Y? Nada.

Con MIP pasa algo distinto. Es como si el guión no fuera el refrito de algún archivo de Word que Allen tenía en su computadora (de hecho, WW la escribió en los 70´s). Desaparece el protagonista neurótico clásico (aunque es un escritor aparentemente improductivo). Los que representan a algún artista famoso están muy bien. La acción tiene más vuelo que la de la comedia de enredos. A pesar de que esté vestido como él (todos los sacos le quedan enormes) y a veces balbuceé como él y mencione a la Novocaína, Owen Wilson no hace de Woody Allen. Todas las mujeres son hermosas, incluso (o en especial) la desconocida de los discos. Además, Paris. Una postal tras otra. Quizás algunos personajes estén demasiado estereotipados al servicio de la comedia, y la mujer de Wilson cruce el límite de lo humanamente tolerable. Pero a partir del buen uso de una idea trillada, la película acierta cada vez que Wilson descubre una celebridad nueva, cada vez que se complican un poco más las cosas y crece su ansiedad, y en el pasaje del conflicto central a otro supuestamente frívolo, chiquito, que es, por supuesto, el amor.

Don Paolo

6 May

Geremia De Geremei es feo. Muy feo. Anda para todos lados con una bolsita en la mano; a veces, usa un pañuelo napoleónico que le cubre la frente. Es el viejo que pelea por el asiento en el colectivo, el que se sirve unas cuantas uvas en la frutería mientras atienden a otros. Además de eso, es usurero. Presta plata, y ésa es su forma de hacer que la gente lo necesite, lo tenga que tratar como si fuera gracioso, inteligente, alto, rubio y de ojos celestes. Pero él es feísimo, y si puso plata para que alguien tenga un casamiento digno, bueno, tal vez el día de la boda le pida un favor a la novia.

Lo de Titta Di Girolamo es más simple: rutina. Pasar desapercibido. Esperar en un cuarto de hotel todas las tardes, por años, a que busquen un maletín. Todos los días el mismo café, el mismo traje, los mismos anteojos. Hasta que se enamora. Hasta que su secreto le pesa demasiado.

Y quién no conoce a Giulio Andreotti (el único personaje real de los tres), senador vitalicio, Ministro del Interior de Italia (1959), Ministro de Defensa (1959-1966), Presidente del Consejo de Ministros (1972-1992), Ministro de Relaciones Exteriores (1983-1989). Sobrevivió a la desaparición de la Democracia Cristiana, al asesinato de Aldo Moro, a la Cosa Nostra; en los tres casos estuvo pegado: sobrevivió. Sobrevive. 92 años. Al lado de él, Cafiero es menos que Cristian U.

Los tres tienen algo en común: Paolo Sorrentino. Este napolitano nacido en 1970, actor de reparto en Il Caimano de Nani Moretti, con sólo tres películas, es hoy uno de los cineastas más importantes  de Italia. Aunque pueda tener influencias del neorrealismo (pocas) o de Fellini (muchas) e incluso de Moretti, está muy lejos de hacer cine para nostálgicos. Filma con calidad y presupuesto de superproducción hollywoodense; después, en edición y montaje, la película gana velocidad (sobre todo en Il Divo) sin perder elegancia, buscando el momento justo para meter una línea de diálogo que explota como una granada de grotesco o crueldad en medio de una trama que no para.

Más o menos así  son Las consecuencias del amor (2004), El amigo de la familia (2006) y El divo (2008).

Ahora Sorrentino está terminando o terminó (se anuncia para 2012) “This must be the place” con Sean Penn y Francis McNormand, coproducción italiana, francesa e inglesa. Arranca en Dublín, donde Penn –un ex rockstar- vive junto a su novia y se entera de que murió su padre en Nueva York, con quien no habla desde hace años. Entonces ahí empieza a conocer la historia de la muerte de su padre, que involucra a un nazi asesino y, por supuesto, sale a buscarlo (con un cazador de nazis, al estilo Inglorious Basterds).

No sabemos qué puede salir de todo esto, pero le tenemos fe a Paolo Sorrentino porque él le tiene fe a sus personajes, los construye con una obsesión rabiosa, y todavía cree en las buenas historias. Cuenta que a uno de ellos –Titta- lo descubrió en Brasil, en un hotel 5 estrellas que tenía mucha madera, que parecía el Tirol, pero afuera hacían 40 grados. Sacó la idea para el personaje de su película viendo todas las tardes, en el bar de ese hotel, a un hombre de unos cincuenta años, con barba, tomando una cerveza. Un hombre de negocios que iba siempre a la misma hora. Dice Sorrentino: “La Mafia es muy disciplinada. Suiza es muy disciplinada. Un hotel es muy disciplinado. Titta Di Girolamo vive dentro de la jaula que estos tres entornos forman. No puede hacer otra cosa más que ser disciplinado. En situaciones como ésta siempre aparece el rey del desorden: el amor”.

El Tamaño de la Expectativa

3 May


Caminando por las callecitas de Buenos Aires, tal vez buscando ese no sé qué que nadie sabe exactamente qué es y que en el fondo no importa, te podés cruzar con algún afiche de la película El hombre que podía recordar sus vidas pasadas. Título con gancho, diría cualquier aspirante a productor o estudiante avanzado de marketing. En el mismo cartel, en la esquina superior derecha, se lee: FASCINANTE MISTERIOSA SUBYUGANTE y “La mejor película de la historia del cine”. Ahí es donde empezás a sospechar. Recordás todas las veces que hiciste caso a la “crítica especializada” y te comiste un embole de tamaño más que considerable, sin kétchup ni mayonesa. Y como si todo esto fuera poco vemos una ramita dentro de un ovalo y la leyenda “PALMA DE ORO FESTIVAL DE CANNES”. Listo, decidido, no la vas a ver ni bajo amenaza. Vos y las películas ganadoras de festivales no se llevan bien, para qué seguir insistiendo.

Pero yo fui. Porque sabía que la película la dirigía Apichatpong Weerasethakul . Mi primer encuentro con este tailandés fue en un Bafici (dónde más podría haber sido), hace varios años atrás. La película era Blissfully Yours y, según recuerdo (tal vez, erróneamente), la sinopsis decía que en Tailandia no había industria cinematográfica y que Apichatpong era el único director de cine de esas paradisíacas tierras. Hoy, Wikipedia contradice semejante afirmación. Un amigo que fue conmigo la recuerda como “esa donde la mina le hace la paja a un viejo en el medio del campo”. Dos años después veo Tropical Malady. Yo, que cual cartel promocional tampoco tengo miedo a las exageraciones, puedo afirmar que fue una de las mejores películas que vi en mi vida. La historia es bastante simple: dos hombres recorren una ciudad, se prueban zapatillas y hablan. Uno de sus temas de conversación es que en la selva hay un hombre que se convierte en tigre y mata gente. La segunda parte de la película es uno de estos hombres perdido, que obviamente se encuentra con el tigre en la mitad de la noche, y que, no tan obviamente, escucha cómo el tigre trata de convencerlo de las ventajas del desgarrado y posterior engullido de su cuerpo. Después le tocó el turno a Sindromes and a Century, una historia con tintes autobiográficos que sucede en la sala de espera de un hospital, por decirlo de alguna corta manera. A El hombre que podía recordar sus vidas pasadas, mi amigo antes citado seguramente la recordaría como “esa en la que la mina garcha con el pescado”.

La verdad es que no voy a entrar en discusiones sobre categorías tales como cine-arte, cine independiente, cine político o similares. Tampoco me voy a preocupar por los calificativos de snob o interminables debates con fundamentalistas del cine pochoclo. Lo que voy a decir es que: el equivalente en literatura del cine de Apichatpong sería la poesía (género, fijate qué curioso, que no me banco mucho) donde el mensaje es más importante que seguir alguna estructura clásica narrativa. Y que si en algún momento te agarra ganas de ver una historia que no te cuente lo mismo de la manera de siempre, entonces sí, mirate alguna de éstas. Y lo que sí le voy a discutir a cualquiera, y hasta lo espero a la salida si es necesario, es que sin lugar a dudas las imágenes más bellas y poderosas que ha dado el cine últimamente han sido creadas por este tailandés de apellido impronunciable.

La Viuda y la Bestia

14 Abr

Sexy Beast

A veces pasa. Terminás de ver una película y quedás tan maravillado que hacés algo muy raro: preguntarte quién es el director. Aunque haciendo un poco de memoria la sensación no era ni asombro ni deslumbramiento. Era más bien extrañeza, superficial tal vez, como un poco de estática. Y este cosquilleo había estado presente desde el momento mismo en que la película empezó. Un señor un tanto excedido de peso, sin otra cosa puesta que una zunga amarilla, toma sol en una espectacular casa con pileta ubicada en el borde de un desierto que, por deformación imperialista, supuse era California. Este espíritu bonachón, burgués como el excesivo bronceado que porta, se verá afectado por la irrupción de un pelado musculoso y petiso que, además de poca ropa, trae el poder extorsivo del pasado. El título es Sexy Beast. Como averigüé más tarde el director se llama Jonathan Glazer y para mi sorpresa ésta era la primera película que filmaba en su vida.

Vuelve a filmar cuatro años después: Birth. Un tipo corre y corre hasta que se muere de un ataque al corazón. A diferencia de la anterior aquí lo que sobra no es calor sino nieve, frío, incomodidad. La protagonista es su esposa,  que trata de rearmar su vida, aunque se le note hasta en las encías lo inútil de su intento. Y justo cuando pareciera que está a punto de lograrlo, otra vez el pasado que vuelve. Ahora en forma de niño que jura, y tiene como probarlo, ser la reencarnación de su difunto marido.

Y eso es todo. No hay más películas de Glazer. Es sencillo encontrar puntos en común entre las dos: una estrella conocida por película y una fe ciega en el poder de los buenos actores para mantener una escena. Eso y que este par son unas verdaderas joyitas, raras, y tal vez por eso, valiosas.  Andan por ahí también algún que otro video de Radiohead, Blur, U.N.K.L.E, Massive Attack, pero para el próximo “largometraje” parece que tendremos que tener paciencia, según IMDB, hasta el 2014. Yo, con toda la fe del mundo, no tengo ningún problema en esperar.

No sos mi tipo

8 Abr

Hasta no hace mucho tiempo atrás una adolescente jamás hubiera deseado, ni en su más loca fantasía, que su héroe del momento venga y le encaje un mordiscón en el cuello que encima deja una marca permanente que no se va pasándose un peine. Los sueños incluían, obviamente, intercambio de fluidos corporales pero ¿sangre? La culpa es de la saga Crespúsculo, claro está. Y de todas sus abominables ramificaciones en cine, televisión y otros medios conocidos o por conocerse.  Tal vez merezcan un poco de nuestra consideración Let the Rigth One In y True Blood, pero sin exagerar.

Un vampiro de pura cepa debe dar miedo. No nos tiene que generar ganas de abrazarlo ni de invitarlo a la cama solar, sino urgencia de salir corriendo. Tiene que provocarnos una imperiosa necesidad de usar collares de ajo como accesorio, de cambiar las gotas de perfume por litros de agua bendita.

Si usted, como yo, siente la misma morbosa nostalgia, tengo un par de recomendaciones para hacerle: la densa, oscura y sexual Trouble Every Day, de Claire Denis; y la salvaje, árida y sangrienta Vampiros, de John Carpenter. Hágame caso y redescubra la alegría de tener que dejar una luz prendida antes de irse a dormir.

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