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Los Hijos Guachos

18 Abr

En La Casita del Horror XIII, Homero crea su propio ejército de clones usando una hamaca paraguaya. Se aprovechó, de paso, para declarar, por primera y no única vez, sin ninguna sutileza, que Peter Griffin era una imperfecta copia del Sr. Simpson. El chiste funcionó porque era pertinente, porque era reflejo de lo que todos pensábamos. Pero a Seth MacFarlane no le importó. Con el timing más exacto que puede tener un chiste, sobre temas que al día de hoy tampoco estamos seguros si debieran tocarse de esa manera, logró separarse definitivamente de la supuesta paternidad con la que lo habían condenado. Quizá se podría ceder a la tentación de ubicarlo cerca del cada vez más politizado y extrañamente moral, South Park. Pero la verdad es que  ni Peter, ni sus amigos y vecinos, tienen intención alguna de bajarnos línea. Su mirada sobre el mundo no viene disfrazada de cinismo que devendrá en moraleja, sino que es producto de la brutalidad, de cierta etílica inconsciencia adolescente.

Como todo aquello que funciona Family Guy también tuvo su primogénito: American Dad. Con la diferencia  de que Stan Smith y su familia sí lograron triunfar donde Futurama no pudo. La explicación es sencilla: Stan nunca quiso parecerse a Peter. Republicano fanático de My Morning Jacket. Su lider espiritual es Ronald Reagan. Una esposa un tanto incomprendida y levemente progre. Un hijo que se siente muy hombre porque le salió un pelo en el pubis y que comete todos los errores que uno cometió durante la secundaria. Una hija ecologista, un pez que fue hombre y un extraterrestre con problemas de alcohol y tendencia al travestismo completan el combo. American Dad salió airoso del estigma de ser nombrado como  “el hijo de” y temporada tras temporada, capítulo a capítulo, se afianza como digno heredero de nuestras más animadas carcajadas.

Pero: ay, Seth MacFarlane. Con dos niños tan bonitos no te fue suficiente. Te engolosinaste. Como si fueras un maestro que no aprende de la clase que él mismo dicta, ahora engendraste, por parto prematuro, The Cleveland Show. Que, discúlpame que te diga, no es otra cosa que una burda y poco graciosa copia de, cof cof, Family Guy.

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Animate

12 Abr

La idea en sí es bastante sencilla. Se toma una figura, un muñeco, un amigo o la grulla que aprendiste hacer en papel y le sacás una foto. Lo movés un milímetro, centímetro o metro de acuerdo al grado de definición que quieras lograr. Foto. Y otra vez moverlo. Foto. Y listo. Acabás de dar tus primeros pasos en la técnica de animación conocida como stop motion, en esto de “aparentar movimiento de objetos estáticos por medio de una serie de imágenes fijas sucesivas”, wikipedia dixit. Al principio tal vez sería bueno recomendar que no te compliques tanto, con mover palitos de colores, foto, mover, foto, mover, foto, podés obtener resultados de lo más interesantes.

No es necesario que uno haga todo el trabajo. Con sacar fotos a otros mientras hacen el laburo pesado (pintar, por ejemplo) también puede ser un método.

Y después sí, una vez dominado el asunto, podés agregar detalles, fondos, otros personajes. Ponés todo en su lugar. Foto. Mover lo que se tenga que mover. Foto. Otra vez mover. Foto. Mover. Foto. Mover. Foto. Mover. Foto. Mover. Foto. Y… vualá.

Película N.A.D. (No Apta para Domingos)

11 Abr

Una de las primeras cosas que dije cuando empezó “El ilusionista” fue: “No me gusta que al tipo le vaya mal”. Lo dije medio puchereando, porque me había dado cuenta por dónde venía la cosa y sabía que si empezaba así, en esa película no iba a haber mucho lugar para la alegría. Y sin embargo, no podía parar de mirarla: tengo una debilidad por los señores grandotes y serios con mucho talento y poquísima suerte. Y eso es el ilusionista (además de ser un guión de Tati, y un homenaje a su gran personaje, el Señor Hulot).

A la par del ilusionista en sí, hay un todo que va atacando de a poco y sin que lo sientas. Te va bajando la guardia y termina destrozándote sin llegar nunca al golpe bajo. Qué maravilla cuando el ataque es tan sutil, cuando sin sentirlo el corazón se va estrujando y una molestia casi imperceptible en el pecho se convierte en un paro cardíaco.

El ilusionista es el ilusionista, pero también es lo demás: es el ventrílocuo, el payaso depresivo, es Edimburgo, la lluvia, el silencio y la soledad. Es el público que no aplaude y las luces que se apagan hasta que hay vacío. Hasta que ese todo se convierte en una nada desgarradora.

El ilusionista es perfecta porque todo está orientado para el mismo lado, porque no hay manera de escaparse de ese mundo apagado, con mucha lluvia y mucha, pero mucha desesperanza. Es la historia de la renuncia, de la pérdida de los sueños, de la resignación. Todo es cuesta abajo, todo va perdiendo el color y la alegría. Es la historia del abandono, de la soledad, del querer y no poder. Y la poesía de la desesperanza contrastada por los dibujitos animados (cuántas veces nos confundimos y pensamos que los dibujitos animados son tan llenos de felicidad que prácticamente se vuelven inverosímiles) le da a la película un aire fantástico que, tal vez, sea por lo único que no corrí a pegarme un tiro cuando la terminó.

Lo que sí me pasó cuando terminó fue encontrarme llorando como un bebé. Me costó un paseo, media hora de silencio, un helado y una siesta recuperarme del bajón. Y aun recuperada, no podía recordar ni media imagen de la película sin empezar a mariconear de nuevo.

Qué mal la pasé.

Pero qué bueno que estuvo.

 

La yapa: si viste Mary and Max y te gustó, te va a pasar lo mismo con El ilusionista. Si viste El ilusionista y te encantó, andá corriendo a ver Mary and Max. Si no viste ni Mary and Max ni El ilusionista, no sé qué carajo hacés perdiendo el tiempo en esta paginita.

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