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Suban el volumen

14 Jun

Detrás de todo gran guitarrista no hay una gran mujer ni una Gibson sino una idea más o menos cerrada sobre lo que es o debería ser la música. Pero no a nivel teórico: se trata de un gusto definido, personal; la estética que el artista prefiere y fue moldeando con las influencias, los años y las horas pasadas junto al instrumento. En definitiva, un buen guitarrista intentará hacer la música que le gusta escuchar. Algo de eso puede verse y escucharse en It Might Get Loud (2008), el documental de Davis Guggenheim (el mismo que dirigió la increíblemente exitosa An Inconvenient Truth, con toda la sanata de Al Gore)  que reúne a Jimmy Page, Jack White y The Edge.  

La película tiene más de recorrido personal de la carrera de cada uno que de debate o charla entre ellos. Por supuesto, al final tocan juntos. Pero como un must que el director no se podía perder, no es que eso sume mucho. Por lo demás, el documental tiene una imagen impecable y aprovecha muy bien a los tres con un archivo a veces sorprendente.

Page niño con su guitarra en un programa de televisión dice que va a ser biólogo.

Los U2 punks ochentosos.

Los hermanitos White en un asilo de ancianos surrealista de Chelsea (los viejos están vestidos así porque son soldados retirados).    

Pasa algo raro: el más joven de los tres resulta ser el más conservador. White (34) no se cansa de decir que el blues crudo es la base de todo el rock and roll. Que la estética roja, blanca y negra con la que el mundo los conoció a él y a Meg era en realidad una distracción para hacer música anacrónica, anticomercial; cercana a, por ejemplo, Sun House, su artista favorito (en particular, una canción hecha con palmas y voz, nada más). Que la tecnología aplasta la creatividad. Le gusta la vida de granja, con vacas y también amplificadores y mucha madera. Cualquier amago de encasillarlo en pose de rockstar del indie norteamericano cae bajo el peso de su personalidad, que es demoledora. Además hace el mejor chiste de la película: casi atropellan a un peatón distraído hablando por celular, vestido de traje negro. Jack dice: “Seguro venía diciendo oh, sí, es todo orgánico”. 

Un poco lo contrario pasa con The Edge (50). Menos pasional, más medido y dedicado a bases con notas que recorta porque, dice, alcanzan así un sonido puro. En el documental, lo mejorcito de este dublinés devenido en neoyorquino es cuando escucha con entusiasmo unos cassettes donde grabó pistas para las futuras canciones de U2, que enseguida reconocemos. Y después: una guitarra enchufada frente al mar, la playa vacía, los acordes perdiéndose al viento (lo peor es sin duda cuando se detienen en la causa política, lo inevitable de la banda de Bono).

Jimmy Page (66). Hace poco Beatriz Sarlo escribió (a propósito de Borges) que los lugares comunes a veces aciertan. Bueno, ahí va: Page tiene una “relación” especial con la guitarra. Te das cuenta cuándo es él el que está tocando por la manera exquisita en que puntea o rasguea, por esos arranques explosivos que duran lo que crea necesario hasta que vuelve a la calma inicial (él propone un yin & yang musical, firma que le conocemos de Zeppelin). Durante todos estos años de relación íntima y furiosamente creativa con el instrumento no perdió ni un milímetro de elegancia ni potencia. Todo lo que dice es interesante, por momentos se roba la película. Me quedo con dos o tres cosas de Page (sin adelantar mucho más: hay que verla). Cuando sobre el final reconoce entre risas que no le sale cantar (frente a la voz avasallante de White). Cuando en su casa escucha un disco y, haciendo las notas en el aire, dice “son dos personas nada más, bajo y…”, y justo ahí entra la voz. Cuando se deleita con Rumble (Jack White coincide: tiene mucha personalidad ese tema. Aparte: puede resultarte familiar porque lo usó Tarantino en Pulp Fiction). Cuando dice que a Led Zeppelin IV le dedicaron 1 párrafo (¡uno!) de crítica.  Me imagino que debe ser difícil ser Page y ser viejo. Más que nada aburrido. Como él mismo dice en un pasaje de It Might Get Loud: “Hacíamos cosas que todavía no se sabía qué eran”.

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