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Quebrando mal

10 Ago

Heisenberg tiene unos pantalones blancos nuevísimos y zapatillas tenis rojas recién estrenadas. Acaba de disolver un cuerpo en ácido sulfúrico. Es el final del primer episodio de la cuarta temporada de Breaking Bad, que salió al aire el 17 de Julio pasado. El título es directo: “Box Cutter”, y hace referencia a esa cuchilla filosa con la que se corta la cinta adhesiva de las cajas, entre muchas otras cosas.

Con el desafío que implica un cierre de temporada tan arriba como el de la tercera, el arranque está construido hábilmente a partir de pequeñas historias sobre el infierno en que se convirtió la vida de los que rodean a  Walter White (Bryan Cranston, ahora, como pasó con Michael C. Hall y Dexter, productor de la serie que protagoniza), que giran alrededor de una central: la de Jesse y White metidos en un gran, gran problema.

Por un lado, la incertidumbre de su mujer, que lo busca desesperadamente y sabe que pasó algo malo porque el auto de White (A.k.a. Heisenberg) está estacionado afuera de su casa, y ellos se separaron hace rato, aunque tengan negocios en común. 

El cuñado y un momento fuerte, cuando la mujer trata de ser dulce y optimista con él (que está paralítico), y termina acomodándole la chata para que haga sus necesidades.   

Saul Goodman, el abogado, revisa en cuatro patas todos los rincones de la oficina en busca de micrófonos escondidos, habla desde teléfonos públicos, y el brote de paranoia parece imparable.

En la “cocina”, ese inmenso y lujoso laboratorio, White y Jesse esperan a que llegue Gus, uno de los mejores personajes de la serie, el protagonista indiscutido de este comienzo de temporada. El guión de esa escena es un microrrelato perfecto, hace valer el episodio entero. Serán cinco, seis minutos en total, o pocos más. Cuando entra, además de cambiarse la ropa por el traje aislante, Gus saca de alguna parte el cuter. A partir de ahí la cámara sigue sus movimientos, mientras White intenta convencerlo con argumentos que el otro no escucha. Porque Gus es un tipo de pocas palabras, bien práctico: prefiere los hechos, puros y duros; como tiene que ser la metanfetamina de buena calidad.

No es fácil sostener una trama tan al límite, teniendo en cuenta que todos los espectadores saben algo de antemano: White no va a morir. Ni de cáncer ni envuelto en alguna vendetta de narcos, porque eso sería el final de la serie. El crecimiento y las muchas transformaciones de su personaje lograron que Breaking Bad esté hoy donde está. El riesgo es que se desgaste, porque puede no resultar creíble que sobreviva a tanto sicario dando vueltas en el desierto de Alburquerque, o a las conspiraciones de sus propios socios. Veremos cómo sigue.

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