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Los que limpian

19 Oct

Producto de la revolución industrial y de esa maldita costumbre de explotar colonias en el extranjero, a la larga tradición aristocrática inglesa se le adosa y se le pega toda una generación de burgueses con la suficiente plata como para comprar títulos de nobleza, castillos y por supuesto un verdadero ejército de sirvientes que, entre todo lo que hacían, tenían la tarea de recordarles, día tras día, que ellos también pertenecían.

Downton Abbey se ubica temporalmente a comienzos del siglo XX. 1912 para ser exactos y comienza con una que la sabemos todos: el hundimiento del Titanic.  Evento que sirve de punto de partida para que acompañemos a la famila Crawley tratando de superar esta y otras tragedias de diversos tamaños. Al recorrido también se suman todas las personas a su servicio: mayordomos, ama de llaves, ayudantes de cámara, cocineras, lacayos, sirvientes y chofer.

Mirando esta serie de origen británico es imposible no pensar en Lo que queda del día, en la maravillosa y obsesiva Gosford Park o en cualquier otra película, basada casi siempre en algún libro, cuyo objetivo es  detenerse y explotar el detalle más simpático de la época: la caída inevitable de la tradición, la rebelión pequeña y cotidiana de los que estaban al servicio de los más poderosos. Downton Abbey suma como fortaleza además el rescate de los detalles de tipo anecdótico: la introducción en la vida cotidiana de la electricidad, del teléfono, del uso de la expresión “fin de semana”, de los primeros pantalones para mujeres.

No faltan los amores imposibles, por conveniencia y prohibidos. Están los villanos, aristocráticos y plebeyos. Están el pasado y el futuro como amenaza constante. Está la salvaje pero diplomática dinámica de la interacción familiar así como la mirada y el acecho de todos aquellos que los ayudan hasta para vestirse. Como frutilla del postre, un vestuario impecable, calidad fotográfica de la imagen y unas actuaciones brillantes. Es la serie inglesa más cara producida hasta el momento. Según dicen, un millón de libras gastadas por episodio. Sabemos que costo y calidad no necesariamente van de la mano, pero acá, queda poco espacio para la duda.

Tal vez el único defecto sea que a veces tenemos la sensación de estar mirando la más trillada de las novelas. Pero al fin y al cabo, esto es televisión, y ante tanto brillo y prolijidad tampoco es cuestión de andar exagerando con las pretensiones.

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