Archivo | Televisión RSS feed for this section

Blanquita va a la cárcel

24 Jul

Ayer debatíamos en twitter si Laura Prepon está hecha mierda, si es linda, si tiene hinchazón de corticoides, está envejeciendo mal o es borracha. No llegamos a ninguna conclusión, como suele suceder en twitter, pero estábamos hablando de ella porque estábamos hablando de la nueva serie de Netflix de la que todos –todos- hablan: Orange is the new black.

La sinopsis de Orange is the new black es sencilla: blanquita va a la cárcel.

La blanquita Piper Chapman (Taylor Schilling, de pasado actoral bastante incierto y desconocido) está comprometida con Larry Bloom (Jason Biggs, de pasado actoral American Pie) pero antes estuvo de novia con Alex Vause (Laura Prepon, de la gran serie That ´70s Show y de la fallida Are you there, Chelsea?). Alex era traficante de drogas, en una Piper la ayuda y ahora las dos pagan sus errores en la cárcel.

Básicamente eso. La blanquita llega a la cárcel y se encuentra con un mundo desconocido y a su vez se reencuentra con su ex novia. Conoce presas. Conoce policías. Recibe visitas. Pasan cosas.

La serie es de Jenji Kohan. Jenji Kohan me cae muy bien aunque haya hecho pocas cosas porque todo lo que hizo siempre me gustó: escribió el capítulo de Gilmore Girls del primer beso de Rory, escribió el capítulo de Will and Grace donde actúa Michael Douglas, escribió uno de Sex and the City, otro de Mad about you y creó Weeds. Si viste Weeds y te gustó, Orange is the new black te va a gustar seguro. Si no la viste tendrías que ir corriendo ya a verla, al menos las primeras cuatro temporadas.

Orange is the new black es una comedia. Tiene música de Regina Spektor, música de Tune-Yards. Tiene muchos colores y personajes secundarios perfectos: Crazy Eyes, Red, Nicky, una gallina. Todo lo que sucede en la cárcel está al borde de lo inverosímil: no puede ser que la protagonista nunca la pase realmente mal y que su mayor problema sea tener que secar el pis de una compañera.

La serie no tiene ni un asomo de profundidad de las series que están de moda hoy (Mad Men, Breaking Bad). Eso es al mismo tiempo algo positivo y negativo. Positivo porque recuerda muchísimo a las primeras temporadas de Weeds (madre viuda se pone a traficar marihuana para bancar a su familia, casi la misma premisa de “blanquita se mete en territorio desconocido y peligroso”) en las que todo era disparatado y divertido y la protagonista caía siempre bien parada, como los gatos. Es negativo porque ese tono despreocupado que tenía Weeds al principio no pudo sostenerse y terminó convirtiéndose en un novelón que muchos abandonamos. Y eso podría sudecerle a Orange is the new black. Cruzo los dedos para que no.

La serie me gusta muchísimo y me gusta fundamentalmente por algo: es una serie de gente buena. Esto, que en un principio me pareció algo malo, se convirtió en el motivo por el cual sigo viendo la serie: para ver gente arruinada veo a Don Draper.

En Orange is the new black no hay un antagonista fuerte que pueda desequilibrar a la pobre blanquita que fue a la cárcel. Es justo al revés: ella va sacándole las capas de maldad a las presas para terminar descubriendo que en el fondo todas son seres de luz que sufrieron mucho en la vida pero que en el fondo son puro corazón.

En uno de los primeros capítulos, una colorada muy simpática (la colorada que trabajó en American Pie, ésta) está escuchando uno de los problemas de Piper y le dice: “Tenés enemigos imaginarios”. Y por eso, porque fabricarse enemigos es la esencia de cualquier minita de ley, y porque yo soy una minita de ley, es que banco la serie y obligo, aliento y festejo que todos la miren.

1000 maneras de morir

30 Ago

La chica estaba teniendo sexo virtual con su novio. Se ata a la silla y se pone una cinta adhesiva en la boca para excitarlo. En eso entra un ladrón, y después de robarle, le dice susurrando, bien cerca de la cara: “Cariño, me has hecho el trabajo más fácil”. Ella muere. ¿Se muere de miedo? ¿Le agarra un patatús? ¿Un paro cardíaco? No. Se muere a causa del mal aliento del ladrón.

Un grupo de veinteañeras se encuentra después de diez años de haberse conocido. Arman una piyamada, visten camisones sexies, hablan con muñecos de peluche y pelean con almohadas mientras de fondo se escucha una música bien pornográfica. Una de ellas, la madura del grupo, se ha convertido, palabras textuales del locutor, en “una imparable perra”. Juegan al “conejo mofleutdo”, que consiste en ponerse malvaviscos en la boca y hablar. La que más malvaviscos junta, gana. La imparable perra, por supuesto, gana. Y por supuesto, muere. ¿Cómo? Atragantada.

Esos son algunos de los miles de ejemplos de muertes insólitas que se muestran en “1000 maneras de morir”, un programa estrenado en Estados Unidos en 2008 y que actualmente se transmite por el canal Infinito los domingos a la medianoche.

Además de las recreaciones, que son de lo más bizarro que pueda encontrarse desde el tan añorado Zap!, aparecen científicos, psicólogos, médicos y especialistas. Una, por ejemplo, cuenta que la inseguridad es un factor clave en las reuniones donde las chicas juegan a ser chicas malas. No hay mucho más para decir del programa. Es gracioso, por momentos inverosímil, uno se encuentra riéndose a carcajadas de la chica que murió porque se le explotó el corpiño o del que de tanto bailar se prendió fuego. Es el mejor programa de toda la televisión.

El ángel de Charlie

17 Ago

Vale preguntarse cuál será la fascinación que ejerce ver a alguien cocinar. Porque sin temor a equivocarnos estamos seguros que el 90 % de los que miran programas dedicados a la gastronomía nunca en su vida sorprenderán a familiares o amigos con algunos de los platos que allí se preparan, aunque alguna que otra vez hasta se hayan tomado el trabajo de anotar la receta. Lo que sí se aprende y se aplica, es algún que otro truco valioso para que, por ejemplo, la salsa blanca no tenga grumos, los huevos duros no tengan sabor amargo y cómo hacer para que el salteado de verduras salga más o menos parecido al que nos mandan, vía delivery, del restorán chino de la vuelta.

En esto, está claro, Utilísima Satelital pareciera estar más cerca de nuestras milanesas con fritas cotidianas que El Gourmet, donde uno siempre se ilusiona con que esta vez sí, tenemos todos los ingredientes para mandarnos una comida del carajo hasta que al final siempre le terminan echando un chorro de un aceite que solo se consigue en los Balcanes durante el equinoccio de primavera o filetean un vegetal que no hemos visto en nuestra vida y que seguramente en la verdulería de la cuadra no se consigue.

Ambos canales no pudieron escapar de la fiebre reality que atraviesa transversalmente a la televisión toda. En el primero se llamó Cocineros al Límite, inspirado en el foráneo Top Chef; y en el segundo, Yo quiero ser Gourmet 2010. De este último resultó ganador  un señor de nombre Charlie Rowe, que ahora tiene su propio programa en esa misma señal, llamado En casa cocina Charlie.

Charlie es un señor mayor. Estamos seguros de que en la calle siempre hay gente que le dice abuelo. Porque es cierto: podría ser tranquilamente padre de alguno de nuestros padres. Canoso, panzón, de habla fácil. Reconoce que su formación es de la hornalla de la vida. “Yo aprendí a cocinar – dice – porque me gusta comer bien”. Ignoramos si lo han sometido a algún tipo de entrenamiento pero se maneja delante de las cámaras con un natural profesionalismo. Sabe meter como quién no quiere la cosa el chivo sobre la revista del canal y mecha comentarios sobre sus charlas con el carnicero amigo, que se sorprende, nos cuenta, por algunos particulares pedidos que él le hace. Porque si bien se permite alguna que otra sofisticación (como usar mostaza de Dijon que compró en su último viaje a Francia) Charlie cocina abundante, para recibir a los amigos, para bajarse un par de botellas de tinto al mismo tiempo. Como el puré de batata que hizo para acompañar el carré de cerdo (que idealmente debería cocinarse con cuero y todo, aconseja Charlie). Cortó las batatas en rodajas del mismo tamaño, las tiró en una olla, le agregó mucha manteca, sal, pimienta y crema de leche “hasta cubrir”. Se cocina y listo. Sin colar, solo queda pisar y pisar hasta hacerlo puré, que era el objetivo.

Buen provecho.

Duros de Matar

3 Jun

Billy The Exterminator

Vexcon, animal and pest control Inc. Fundado en 1996. Bill, Billy para los amigos, actual licenciatario de la compañía, es elegido presidente de la Northwest Louisiana Pest Control Association en 1997.  Esto no fue gratuito ya que Billy había descubierto su amor por la entomología en 1987 mientras servía a la Fuerza Aérea de los EEUU. Después de una baja con honores, profundizó sus estudios al completar un curso por correspondencia de dos años en la Universidad de Purdue, donde obtuvo un Master Certification for Termite Control. Además es experto en el uso de compuestos orgánicos, procedimientos no químicos y control de animales. Billy cuenta con la ayuda de Ricky, su hermano. Este, además de poseer el extraño mérito de haberse roto la nariz cuatro veces antes de cumplir 16 años, también es un certificado especialista en control de plagas, enfocado sobre todo en el tema mosquitos. La oficina en sí es dirigida por Donnie, portadora de una ruda belleza sureña, quien dice que parte de su trabajo es “dar órdenes a todo el mundo”. Está casada desde hace cuarenta años con Big Bill, un ex guardia costero, retirado recientemente, que también colabora en llevar adelante Vexcon. Donnie y Big Bill son los padres de Billy y Ricky.

Bretherton Family

Si su deseo es acompañar a la familia Bretherton en la aventura de mantener la armonía entre insectos, alimañas, roedores y humanos no tiene más que mirar Billy The Exterminator, que ya va por su cuarta temporada, por A&E Discovery Home and Health. Si quiere saber más o menos de qué viene la cosa, basta con mirar algunos de los títulos de cada uno de los episodios de la serie (por cierto, si estás por armar un grupo musical post-punk, acá está el futuro nombre de tu banda): “Snake in the closet”, “Goth bees/ Killer Coons”, “Kitty Corpse Cleanup”, “Possums in the Wall”, “Bobcat Invasion”, “Bee Relocation”, “Attack of the 15 Foot Snake”, “When Squirrels Attack”, “Monster Mice”, “Backyard Swarm”. Tal como pueden suponer esto es poco apto para estómagos sensibles. El tamaño y forma de los bichitos asustan de por sí solos. Tanto que es posible que después de verlos hasta miremos con cierto cariño a nuestras inofensivas cucarachas.

No falta en Billy The Exterminator el ingrediente esencial que termina de seducirnos: el instinto primario de reírnos de la gente que se pega un cagazo de aquellos, grita de manera desaforada y corre cuando descubre la invasión de la que está siendo objeto su hogar. Tampoco falta el chisporroteo, la tensión inherente a las relaciones familiares. Y acá es donde aparece la estrella oculta del programa: Mary,  la pícara y rubia esposa de Ricky. Poco afecta al trabajo duro pero con las agallas suficientes como para le encarguen depositar unos cheques de la compañía, llevárselos y al otro día dejarlos como si nada sobre el escritorio de su avasallante jefa y suegra, Donnie. Cuentan que una vez Mary estuvo rociando con insecticida el perímetro de una prisión. Los presos la miraban por la ventana y tanto se cebaron que el todo el asunto terminó en un motín. Como bien repite Billy, “cuando se es exterminador nunca se sabe lo que puede pasar”.

La Hoguera de las Banalidades

19 Abr

Lo mejor que se puede hacer con el orgullo es arrojarlo al fuego desde el principio: yo los sábados a la noche miro American (o cualquier país) Next Top Model e inmediatamente después Top Chef. Para evitar el bajoneo del domingo a la tarde, tengo dos horas completas de So You Think You Can Dance. Con este último siempre me excuso diciendo que sus participantes tienen verdadero talento y que a diferencia de las burdas imitaciones locales, nunca se muestra si antes de salir  a bailar alguna le dijo puta a otra porque se acostó con alguno, a espaldas de una cuarta. Otro que tiene mi presencia asegurada frente al televisor es Project Runway, tanto en su versión original como su versión latinoamericana. A esta altura ya ni el argumento de un supuesto problema técnico de mi control remoto puede salvarme. Y antes de que algún desubicado salte al grito de ¡aguante la ficción! debo decir que yo también la defiendo. Incluso me divierte mucho mirar alguna novela o “tira diaria” hecha en estas tierras, y descubrir a qué serie o película extranjera le robaron más ideas, banda sonora incluida. Así que con la alegría del resignado me sigo sumergiendo en el oscuro y siempre hacia abajo mundo de la televisión de bajo presupuesto.

Después de varios años de No Te Lo Pongas me creo con el suficiente criterio como para opinar que debe ponerse una mujer que quiere disimular sus caderas. Puedo esgrimir argumentos sobre la importancia del calce de los pantalones y debo decirle, señora, que para achicar la cintura no hay nada como un buen escote. A eso le sumamos RuPaul’s Drag Race que me habilita a opinar si lo que estás pensando es hacer una carrera en esto del cross-dressing. Gracias a Shear Genius aprendí que el pelo tiene textura y que el tema del alisado, permanente o no, lejos está de solo enchufar la planchita y darle y darle. Desde que descubrí Ace of Cakes espero cumpleaños, casamientos y bautismos para hacer un análisis crítico de las tortas. Por culpa de Hell’s Kitchen a veces tengo ganas de devolver un plato alegando que está frío para ver si el executive chef del lugar le tira un par de puteadas al pobre cocinero. Admiro las firmes y anaranjadas líneas del flequillo de Donald Trump en The Apprentice y sé que alguien llegó al final de su carrera artística cuando aparece en la versión “celebrities”. La vecina de barrio que llevo adentro disfruta Hogan Knows Best tanto como en otras épocas disfrutaba The Osbournes. Y nada como NYC Prep o Social Miami para tomar conciencia de clase y desear el fin del capitalismo. Me pregunto, honestamente, cuanta gente se presentaría si para terminar con mi soltería hiciera algo como Flavor of Love, A Shot of Love with Tila Tekila o Rock of Love with Bret Michaels. Sé que no debo entrar a ningún cuarto donde esté toda mi familia sentada en un sillón, con papeles en la mano, junto a un desconocido de lentes. A mí no me van a agarrar: ¡Yo miro Intervention, papá! Descubrí gracias a Work of Art que puedo usar la palabra “insular” para referirme a una obra de arte.

A veces me agarra la nostalgia. Recuerdo la enseñanza filosófica continua de Intercambiemos Esposas. Extraño la magia de Cheaters, el puchereo al final de Mientras No Estabas, el asombro sin pausa en The Swan, el aire a Utilísima Satelital pero con un poco más de vuelo de Changing Rooms y la condescendencia de Morgan Spurlock en Treinta Dias.

Una de las grandes decepciones de mi vida fue TruTV. Lo que prometia ser el súmmum de la realidad transmitida es una suma de malas y aburridas imágenes de archivo.  Si quiero ver choques, nada como YouTube y el costado narrativo del brazo de la ley encuentra su razón de ser en nuestros Policías en Acción.

Al único al que le escapo es a Extreme Makeover Home Edition porque ya me pasó una vez que termine llorando cual quinceañera abandonada. Y si de confesiones se trata yo sueño con ser parte alguna vez de Survivor.

La verdad es que no voy a ser yo aquel que explique qué fibra íntima nos toca el género televisivo popularmente conocido como reality, cuál es la causa de la fascinación que ejercen sobre nosotros. Gente más capacitada y habilitada seguramente ya dio o dará su opinión. Lo que si me animo es a esbozar una breve teoría de dos puntos sobre las causas del rechazo que producen. Asusta pensar que:

–          La vida de uno tampoco es lo suficientemente interesante para cualquiera que la mire de afuera.

–          Antes determinadas condiciones, dada la misma situación, con o sin cámara, uno reaccionaria exactamente igual que “este pelotudo” que vemos en la caja, que de boba, no tiene nada.

A %d blogueros les gusta esto: