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La Hoguera de las Banalidades

19 Abr

Lo mejor que se puede hacer con el orgullo es arrojarlo al fuego desde el principio: yo los sábados a la noche miro American (o cualquier país) Next Top Model e inmediatamente después Top Chef. Para evitar el bajoneo del domingo a la tarde, tengo dos horas completas de So You Think You Can Dance. Con este último siempre me excuso diciendo que sus participantes tienen verdadero talento y que a diferencia de las burdas imitaciones locales, nunca se muestra si antes de salir  a bailar alguna le dijo puta a otra porque se acostó con alguno, a espaldas de una cuarta. Otro que tiene mi presencia asegurada frente al televisor es Project Runway, tanto en su versión original como su versión latinoamericana. A esta altura ya ni el argumento de un supuesto problema técnico de mi control remoto puede salvarme. Y antes de que algún desubicado salte al grito de ¡aguante la ficción! debo decir que yo también la defiendo. Incluso me divierte mucho mirar alguna novela o “tira diaria” hecha en estas tierras, y descubrir a qué serie o película extranjera le robaron más ideas, banda sonora incluida. Así que con la alegría del resignado me sigo sumergiendo en el oscuro y siempre hacia abajo mundo de la televisión de bajo presupuesto.

Después de varios años de No Te Lo Pongas me creo con el suficiente criterio como para opinar que debe ponerse una mujer que quiere disimular sus caderas. Puedo esgrimir argumentos sobre la importancia del calce de los pantalones y debo decirle, señora, que para achicar la cintura no hay nada como un buen escote. A eso le sumamos RuPaul’s Drag Race que me habilita a opinar si lo que estás pensando es hacer una carrera en esto del cross-dressing. Gracias a Shear Genius aprendí que el pelo tiene textura y que el tema del alisado, permanente o no, lejos está de solo enchufar la planchita y darle y darle. Desde que descubrí Ace of Cakes espero cumpleaños, casamientos y bautismos para hacer un análisis crítico de las tortas. Por culpa de Hell’s Kitchen a veces tengo ganas de devolver un plato alegando que está frío para ver si el executive chef del lugar le tira un par de puteadas al pobre cocinero. Admiro las firmes y anaranjadas líneas del flequillo de Donald Trump en The Apprentice y sé que alguien llegó al final de su carrera artística cuando aparece en la versión “celebrities”. La vecina de barrio que llevo adentro disfruta Hogan Knows Best tanto como en otras épocas disfrutaba The Osbournes. Y nada como NYC Prep o Social Miami para tomar conciencia de clase y desear el fin del capitalismo. Me pregunto, honestamente, cuanta gente se presentaría si para terminar con mi soltería hiciera algo como Flavor of Love, A Shot of Love with Tila Tekila o Rock of Love with Bret Michaels. Sé que no debo entrar a ningún cuarto donde esté toda mi familia sentada en un sillón, con papeles en la mano, junto a un desconocido de lentes. A mí no me van a agarrar: ¡Yo miro Intervention, papá! Descubrí gracias a Work of Art que puedo usar la palabra “insular” para referirme a una obra de arte.

A veces me agarra la nostalgia. Recuerdo la enseñanza filosófica continua de Intercambiemos Esposas. Extraño la magia de Cheaters, el puchereo al final de Mientras No Estabas, el asombro sin pausa en The Swan, el aire a Utilísima Satelital pero con un poco más de vuelo de Changing Rooms y la condescendencia de Morgan Spurlock en Treinta Dias.

Una de las grandes decepciones de mi vida fue TruTV. Lo que prometia ser el súmmum de la realidad transmitida es una suma de malas y aburridas imágenes de archivo.  Si quiero ver choques, nada como YouTube y el costado narrativo del brazo de la ley encuentra su razón de ser en nuestros Policías en Acción.

Al único al que le escapo es a Extreme Makeover Home Edition porque ya me pasó una vez que termine llorando cual quinceañera abandonada. Y si de confesiones se trata yo sueño con ser parte alguna vez de Survivor.

La verdad es que no voy a ser yo aquel que explique qué fibra íntima nos toca el género televisivo popularmente conocido como reality, cuál es la causa de la fascinación que ejercen sobre nosotros. Gente más capacitada y habilitada seguramente ya dio o dará su opinión. Lo que si me animo es a esbozar una breve teoría de dos puntos sobre las causas del rechazo que producen. Asusta pensar que:

–          La vida de uno tampoco es lo suficientemente interesante para cualquiera que la mire de afuera.

–          Antes determinadas condiciones, dada la misma situación, con o sin cámara, uno reaccionaria exactamente igual que “este pelotudo” que vemos en la caja, que de boba, no tiene nada.

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