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El triplete nacional: 2) Los Marziano

19 May

Es un poco arriesgado decir que Ana Katz actualiza un género dentro del cine nacional, sobre todo si se piensa que en ese género cabría, por ejemplo, Esperando la Carroza.

Pero vamos a intentarlo.

La comedia doméstica, los enredos de familia que a veces rozan el drama, la argentinidad de un almuerzo familiar, el pariente que está adentro (Capital, burguesía decadente) y el que está afuera (el Interior, pobres pero pintorescos), todo eso que se vio tanto y en diferentes envases: lavado, previsible, sensiblero (Burman, Campanella); ramplón y furiosamente comercial (Papá se volvió loco) o artificioso y medido hasta lo cool (Los Paranoicos).

Los Marziano es una película superadora por varios motivos, que no deberían sorprender a nadie, pero cuesta bastante encontrarlos tan bien encastrados y dosificados en algo de lo que se filma acá por estos días. Ahí van:

  1. Un uso perfecto de la billmurrayzación de actores: es el caso de Arturo Puig, que está de vuelta de su pasado de galán (el opuesto femenino de esto es Encarnación),  y literalmente le pone el cuerpo a la cosa, sus kilos de más, sus arrugas de fastidio, aunque por momentos los diálogos le salgan con poca soltura.
  2. Un conflicto clásico bien explotado. Hermanos peleados, uno en buena posición económica; el otro, un buscavidas de mochilita. Pero en vez de recurrir a golpes bajos y lugares comunes, de enfrentar a media familia contra la otra mitad, la película va por otro lado, se apoya en dos historias que corren paralelas sin preocuparse por resolver nada. Porque, por supuesto, no hace falta: la lección para el alumnado cinéfilo es que una trama se sostiene con un buen surtido de escenas bien logradas (Puig con grito cavernícola tirando al agua a un grupo de chicas).
  3. Dirección de actores. Todas las críticas que leí mencionaban el trabajo con el elenco, y está bien que sea así: Katz deja afuera los desbordes, la histeria, el griterío, la puteada fácil (o sea, Esperandola Carroza), los tics de cada personalidad (lo grotesco y visceral de Rita Cortese, afuera; el rictus pavote e insulso de Hendler, afuera).
  4. Francella. Al lado de Francella (ya que lo mencionamos antes) Bill Murray es un actor perezoso y chanta. ¿Cómo? ¿Me fui a la mierda? Puede ser. Pero Francella no hace de su cara un molde de circunstancia existencial que si lo mirás un rato invita a una risa amarga (lo que de todas formas no es poca cosa). Francella, en contra de toda su carrera, actúa. No es un amontonamiento de gags o muletillas del porteño pajero. Ni cerca. Compone un personaje border y lo hace desde la forma de caminar hasta cómo reacciona ante las irritantes intervenciones de su hermana. Y ni que hablar de las dos consultas a los médicos, donde unas pruebas de motricidad resultan a la vez graciosas y angustiantes, donde nunca pero nunca es el actor que conocíamos. Un gran momento de la película: Francella prende un cigarrillo y le habla a la hermana desde el sillón. Como ella no lo escucha, se tiene que parar y subir la voz. Suelta las líneas de diálogo con una naturalidad impresionante, metiendo las pausas y las inflexiones con un timming perfecto y, con ese ritmo y en el mismo tono, con la liviandad y ambigüedad de su personaje, cierra haciéndole un comentario despiadado a una Rita Cortese que lo odia en silencio.

En definitiva, la película entretiene. Divierte. Hace reír a veces a carcajadas, a veces con cierta incomodidad. La puede ver un estudiante de cine (sacudiéndose los prejuicios que pueda tener de sólo mirar el póster), tu mamá o tu hermano. Y a todos les va a gustar. Aunque por alguna razón que tendrá que ver con los misteriosos y gastados recovecos de la industria cinematográfica o con el gusto promedio o el bolsillo de los espectadores, a Los Marziano no le está yendo bien. Pero ese es otro tema.

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El triplete nacional: 1) Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo

17 May

Otro homenaje de Cohn y Duprat al mejor narrador oral de la Argentina. No sólo está basada en un relato suyo: Laiseca es parte de la película. Y hace de él; no de contador de historias tenebrosas ni de loco fumador compulsivo que mira a cámara y habla con la seguridad pícara del que la tiene muy clara. Laiseca escritor cuenta detalles de la trama -agregándole condimentos propios: vozarrón, acidez, una forma hasta de meter la puteada- con una biblioteca a su espalda, y sin muchas morisquetas. A veces también su voz en off se intercala con la del protagonista (un Emilio Disi impecable).

Entonces, repito, por las dudas: la película es el cuento de Laiseca adaptado, con un  guión lleno de aciertos -a los que ya los directores nos tienen acostumbrados- pero que funciona como una puesta en escena del texto (que si quieren saber de qué se trata, acá) a la que se le ven todas las costuras: dos partes bien marcadas, con conflictos claros y desenlaces, un bache en el medio (algo que en el relato seguramente es una elipsis bien lograda y necesaria), y con intervenciones que en cualquier otra película (que no sea documental) sobrarían (aunque hay que decir que Laiseca siempre, siempre te saca una sonrisa). La escena del chico que mira a su padre cortar el pasto encuentra sentido sólo en la explicación que  da después el escritor sobre por qué la incluyó en su cuento (un gran momento del autor, que pese al humor deja bien en claro el odio hacia su padre y los mecanismos que pueden llevarnos a escribir algunas cosas).

Sí, ya lo dijeron, tenían que decirlo (después no se quejen si Diego Rafecas pide a gritos de facebook la prohibición de los críticos de cine): la película no es tan redondita como El hombre de al lado. Pero las líneas de diálogo, en su mayoría, funcionan a la perfección. Hasta Darío Lopilato se luce (sobre todo en la escena en que es lapidario con una novia pueblerina a la que deja). Poncela está correcto, no es el gallego histérico y drogón que recordamos de algunas películas (Martín Hache). El resto del casting no tiene fisuras: la mujer de Emilio Disi es simplemente increíble. Y hay grandes frases, de ésas que todavía te hacen reír cuando ya saliste del cine (sólo en el Gaumont) y estás comprando empanadas fritas en La Americana (continuará…).

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