Los que limpian

19 Oct

Producto de la revolución industrial y de esa maldita costumbre de explotar colonias en el extranjero, a la larga tradición aristocrática inglesa se le adosa y se le pega toda una generación de burgueses con la suficiente plata como para comprar títulos de nobleza, castillos y por supuesto un verdadero ejército de sirvientes que, entre todo lo que hacían, tenían la tarea de recordarles, día tras día, que ellos también pertenecían.

Downton Abbey se ubica temporalmente a comienzos del siglo XX. 1912 para ser exactos y comienza con una que la sabemos todos: el hundimiento del Titanic.  Evento que sirve de punto de partida para que acompañemos a la famila Crawley tratando de superar esta y otras tragedias de diversos tamaños. Al recorrido también se suman todas las personas a su servicio: mayordomos, ama de llaves, ayudantes de cámara, cocineras, lacayos, sirvientes y chofer.

Mirando esta serie de origen británico es imposible no pensar en Lo que queda del día, en la maravillosa y obsesiva Gosford Park o en cualquier otra película, basada casi siempre en algún libro, cuyo objetivo es  detenerse y explotar el detalle más simpático de la época: la caída inevitable de la tradición, la rebelión pequeña y cotidiana de los que estaban al servicio de los más poderosos. Downton Abbey suma como fortaleza además el rescate de los detalles de tipo anecdótico: la introducción en la vida cotidiana de la electricidad, del teléfono, del uso de la expresión “fin de semana”, de los primeros pantalones para mujeres.

No faltan los amores imposibles, por conveniencia y prohibidos. Están los villanos, aristocráticos y plebeyos. Están el pasado y el futuro como amenaza constante. Está la salvaje pero diplomática dinámica de la interacción familiar así como la mirada y el acecho de todos aquellos que los ayudan hasta para vestirse. Como frutilla del postre, un vestuario impecable, calidad fotográfica de la imagen y unas actuaciones brillantes. Es la serie inglesa más cara producida hasta el momento. Según dicen, un millón de libras gastadas por episodio. Sabemos que costo y calidad no necesariamente van de la mano, pero acá, queda poco espacio para la duda.

Tal vez el único defecto sea que a veces tenemos la sensación de estar mirando la más trillada de las novelas. Pero al fin y al cabo, esto es televisión, y ante tanto brillo y prolijidad tampoco es cuestión de andar exagerando con las pretensiones.

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Irse por las ramas

28 Sep

En Adaptation, la película de Spike Jonze que acá se conoció como El ladrón de orquídeas, un guionista (Nicolas Cage) que sufre bloqueo, grabador en mano, empieza a tirar ideas para un futuro proyecto, de manera caótica y sin pausa. Arranca con la extinción de los dinosaurios y sigue enredándose, transpirado, en un brainstorming que no lo lleva a ningún lado. En cambio su hermano, siguiendo las enseñanzas del gurú hollywoodense Robert McKee, combina dos o tres elementos y lograr un thriller ajustado, previsible, ganchero. Uno anda por la casa estupidizado de tanta felicidad, el otro se masturba frente a la computadora.

Ya se habló muchísimo de la última de Terrence Malick, Tree of  Life. La noticia de hoy era que en Estados Unidos, si el espectador no tolera los primeros treinta minutos, se le devuelve el dinero. En esa primera media hora, Malick es el hermano interpetado por Cage que parodia al principiante que no sabe que a la hora de escribir, muchas veces menos es más. Puso en imágenes todo lo que le vino a la cabeza al momento de pensar la película, sin reprimirse ni guardarse nada. Llamó a un especialista en efectos especiales a la antigua, que había trabajado con Kubrick en 2001 Odisea del espacio, para darle forma a la Creación. Lo que se ve es fuego, líquidos en movimiento, algo que podrían ser las primeras criaturas que dejaron el agua para poblar la tierra. Esta parte no tiene nada de hipnótico (como se dijo por ahí) ni tampoco otras escenas que parecen sacadas de documentales (aunque es cierto que pueden ser disfrutables). Y nada suma que en el final veamos cómo es la vida adulta del más grande de los hermanos, donde aparece Sean Penn. Ni él ni Brad Pitt resultan imprescindibles para la trama, aunque Pitt siempre cumple. Son los chicos y la madre  (Jessica Chastain: una belleza helada) los encargados, con ayuda de un vestuario impecable y una musicalización minuciosa, de generar un clima de terror doméstico pocas veces visto.

Después sí, hay una familia en Waco, Texas, con un conflicto definido pero también ambiguo, intrigante, que toma desvíos. De más está decir que Malick jamás va a ser el segundo de los hermanos guionistas. Es uno de esos pocos directores que uno reconoce enseguida. Los saltos en la edición, los travellings, las imágenes apabullantes, la fotografía perfecta. Con muy poco de diálogo, con algunas frases susurradas y un punto de vista cambiante (aunque la mayor parte de la película se la lleva el hijo mayor) hace funcionar una historia que no tiene nada de novedoso salvo (y esto quizás sea todo) la forma en que está contada. Sólo por eso vale la pena verla.

El chirolita de Mel

27 Sep

Imaginen esta escena: un guionista entrega su manuscrito a la prestigiosa y reconocida Jodie Foster, y a ella le encanta. Entonces reúne a los productores, convoca a un actor taquillero y del mismo prestigio que ella, compromete a un estudio. Imaginen ahora la cara de todo el mundo, ya en el set, después de haber leído el guión, aguantándose la risa o el espanto, porque Mel Gibson interpretará a Mr. Black, un señor que sale de una depresión gracias a que encuentra un muñeco de peluche en la basura (para más detalles, un castor) y, a partir de ahí, como si fuera un ventrílocuo trucho o un aprendiz de, lo hace hablar. Lo convierte en su alter ego, uno seguro de sí mismo, que le da consejos de vida y se transforma en el mejor terapeuta que puede tener.  Con su ayuda vuelve a ser un excelente empresario y padre de familia. Y ahora adonde va lleva a su no tan simpático castorcito, que habla por él y juega con su hijo, que acaba cuando él acaba y hasta (escena memorable) le da un beso en la boca a la mujer, que es, claro, Jodie Foster (¿no envejece?).

El castor (o sea, Gibson parloteando como si se tratara de otra persona) se expresa en un lenguaje confuso: inglés australiano cruzado con balbuceo de borracho, digamos. Cada tanto tira un “mate”, y listo. Leí por ahí que la historia secundaria (la del hijo que lo odia y quiere viajar) es más fuerte que la principal, cosa con la que es difícil estar de acuerdo. Ningún personaje levanta mucho: sencillamente no pueden competir contra un tipo que se baña con el castor en la mano (tratemos de no caer en el chiste fácil), que lo lava y lo viste. 

Hace poco también leí que el actor asutraliano dijo algo increíble sobre prepucios y párpados. Creo que me cae mejor el animalito interior de Mel, ése que alimenta con algunos tragos y no puede ser parte de ningún programa de autoayuda (dice que sus dichos anitsemitas fueron producto del alcohol, a quién no se le escapa alguna pavada en pedo). Hay que decir, por si alguno se anima a mirarla, que el canto a la vida tiene un giro no sé si inesperado pero aliviador, después de tanta tomada de pelo (que en una comedia aguantaría los primeros diez minutos, como mucho, y acá va en serio). La película en cuestión fue directo al DVD, y te deja pensando si nadie se dio cuenta, si de verdad hubo buenas intenciones o si creen que el público está ahí para que lo traten de boludo.

Louie

6 Sep

Ricky Gervais dijo que es el comediante de stand-up vivo más gracioso de América, lo que equivale a decir del mundo.

Empezó como guionista de Chris Rock y Conan O`Brien, dirigió películas y cortos, trabajó en la tele, todo porque desde chico pensó en meterse adentro de la caja boba y cambiar la programación horrible que había para recompensar a su mamá, que era madre soltera y trabajaba todo el día. La pregunta, ahora que parecería estar de moda eso del micrófono y el escenario de una sola silla,  es ¿por qué Louis CK la pegó tanto que Ricky Gervais se hizo su mejor amigo y ayudó con una frase a que vendiera todas las entradas de su gira por UK?

Su programa “Louie” -que transmite la Fox- puede parecer un homenaje a Seinfeld, de quien fue telonero, aunque enseguida saltan las diferencias. Louis CK es más desprolijo, decididamente autobiográfico y, si lo de Larry David y Jerry Seinfeld era de interiores y sobre la “nada” misma, “Louie” tiene muchos exteriores -una Nueva York con todo su encanto y su sordidez-, y un asunto o conflicto bien marcado por episodio.

Encontró una manera novedosa y brutal de hacer ese humor de lo cotidiano (everyday humor): reírse del caos, de la cantidad de cosas absurdas que pasan todo el tiempo alrededor nuestro. Ejemplos sobran: la escena del homeless que corre hacia él y, como se las ingenia para esquivarlo, termina atropellado por el colectivo; la vecina de más de setenta años que entreabre la puerta de su casa  y asoma apenas la cabeza amenazándolo: “Estoy desnuda. No tengo ropa puesta”; los caprichos de sus hijas, que cada tanto lo hacen sentir miserable comparándolo con la madre.

En los shows en vivo sabe meter el humor negro y lo políticamente incorrecto cuando el público no lo espera (“Es mentira que cogería con un chico, lo digo para que ustedes se pongan así”). En sus chistes hay: pedos, diarrea, semen, decadencia corporal, agujeros, penes arrugados. Es muy recomendable “Hilarious”, una presentación en vivo en la que, entre otras cosas, narra las vacaciones en Italia con sus hijas, y cuenta desde una invasión de ponys que muerden hasta el día que una de ellas hace sus necesidades literalmente en el piso.

Arrancó “Louie” con un presupuesto de 200.000 dólares. Escribe, dirige y edita él mismo. Los episodios van creciendo en intensidad con diálogos y escenas muy distintas a las que acostumbran a verse en el género (Curb Your Enthusiasm). Son como relatos neoyorquinos de un humor amargo, con algún que otro asomo de ternura, como cuando van a Pennsylvania a visitar a una tía de 96 años o cuando él le regala un patito a una chica afgana. Ahora que es mundialmente famoso, puede darse lujos: capítulos divididos en dos partes, sin ninguna relación entre sí, con escenas gratuitas en el buen sentido (en particular “Subway”). Joan Rivers de invitada. Pasa un tema musical completo, sin cortes. Además está Pamela Adlon, que es asistente de producción y hace de ella misma. En un episodio brillante de la segunda temporada, Louie se la intenta levantar con una declaración de amor sincera, y todo el tiempo pensamos que es un chiste pero no, es en serio, está enamorado de una mina copada y linda que lo rechaza de una manera encantadora, entonces lo vemos sufrir y gritar en la calle, y no podemos menos que creerle.

Hay un montón de videos en Internet, fáciles de encontrar, por eso preferimos subir éste en el que HBO reunió a Ricky Gervais, Jerry Seinfeld, Chris Rock y Louis CK alrededor de una mesa para hablar sobre eso que hacen.

1000 maneras de morir

30 Ago

La chica estaba teniendo sexo virtual con su novio. Se ata a la silla y se pone una cinta adhesiva en la boca para excitarlo. En eso entra un ladrón, y después de robarle, le dice susurrando, bien cerca de la cara: “Cariño, me has hecho el trabajo más fácil”. Ella muere. ¿Se muere de miedo? ¿Le agarra un patatús? ¿Un paro cardíaco? No. Se muere a causa del mal aliento del ladrón.

Un grupo de veinteañeras se encuentra después de diez años de haberse conocido. Arman una piyamada, visten camisones sexies, hablan con muñecos de peluche y pelean con almohadas mientras de fondo se escucha una música bien pornográfica. Una de ellas, la madura del grupo, se ha convertido, palabras textuales del locutor, en “una imparable perra”. Juegan al “conejo mofleutdo”, que consiste en ponerse malvaviscos en la boca y hablar. La que más malvaviscos junta, gana. La imparable perra, por supuesto, gana. Y por supuesto, muere. ¿Cómo? Atragantada.

Esos son algunos de los miles de ejemplos de muertes insólitas que se muestran en “1000 maneras de morir”, un programa estrenado en Estados Unidos en 2008 y que actualmente se transmite por el canal Infinito los domingos a la medianoche.

Además de las recreaciones, que son de lo más bizarro que pueda encontrarse desde el tan añorado Zap!, aparecen científicos, psicólogos, médicos y especialistas. Una, por ejemplo, cuenta que la inseguridad es un factor clave en las reuniones donde las chicas juegan a ser chicas malas. No hay mucho más para decir del programa. Es gracioso, por momentos inverosímil, uno se encuentra riéndose a carcajadas de la chica que murió porque se le explotó el corpiño o del que de tanto bailar se prendió fuego. Es el mejor programa de toda la televisión.

Seducido y abandonado

30 Ago

Ya sea como motor de la historia o como inspiración, si las mujeres no abandonaran a los hombres habría mucha menos literatura. Esto es lo que le pasa al protagonista de Trampa de Luz, de Matías Capelli. Una mujer que se fue, y regresa solo por un rato, deja en evidencia el espacio vacío. Por desborde, el lugar de esta pieza faltante empieza a ser ocupado por la propia historia que incluye otras ausencias, la billetera casi vacía, un departamento deteriorado, un auto estacionado desde hace mucho tiempo en el mismo lugar. Hay otras mujeres, sensuales pero distantes o prohibidas por la sangre. Largo será el día hasta llegar a la noche. Contará con la ayuda  de Silas, un portero devenido en guía sentimental y geográfico, sin tener demasiada conciencia de ello. El viaje concluirá a la mañana siguiente con algo así como una respuesta o una frágil esperanza.

En su primera novela (y segundo libro) Matías Capelli es agudo y preciso en los detalles, en los gestos que terminan de completar diálogos y situaciones. Exhaustivo en la descripción de los pensamientos que surcan la cabeza del protagonista, logra a su vez una historia que avanza sin pausa por la acción. Un After Hours indefectiblemente porteño y por eso melancólico, oscuro y asfixiante, donde no falta ni la lluvia, ni la puta, ni el cruce con personajes varios de distinta calaña, reconocibles y particulares a la vez. Se sospecha, de tanto en tanto, un cierto abuso de metáforas y comparaciones de corte poético así como de palabras que suenan un tanto anacrónicas.

Por estilo y clima es posible asociar Trampa de Luz con Placebo, de José María Brindisi. Y por qué no cerrar un triángulo sobre la soledad masculina con Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Con este último  además comparte la noción de viaje pero sin fines  iniciáticos o epifánicos. Se trata más bien de contar qué es lo que pasa en la mitad del recorrido, en las paradas al costado de la ruta, en la descripción de los paisajes cambiantes a medida que se avanza. En cada caso serán distintos los ribetes, otros los destinos. Pero cada uno servirá para llegar a la misma conclusión: a veces es bueno que el hombre esté solo.

El vacío

29 Ago

Si pensáramos linealmente el guión de Irreversible, película escándalo de Cannes en su momento, ¿qué quedaría? Una pareja que, al principio, está bien. Cogen. Ella queda embarazada. No lo dice. Después, hay peleas. Después, violación y muerte. Después, él le rompe la cara a alguien con un matafuegos. ¿Y el punto de giro? ¿Y el clímax donde se tensiona al máximo el conflicto? Es cierto que había una apuesta formal fuerte (cámara flotante, sonido que agregaba truculencia a la acción, violencia explícita y narración fragmentada), pero hay quienes dijeron que este chico, Gaspar Noé, argentino radicado en Francia, era un invento, un buscador de polémicas profesional. En su última película, Enter The Void, les dio la razón (sus fanáticos dirán que no, supongo).

Recomendable para ver con algo de tetrahidrocannabinol (aunque, si no se refuerza, el efecto se va antes de la mitad: dura 160 minutos), Enter The Void fue declarada la peor película jamás proyectada en Cannes. Ahora sí que no hay nada más que maquetas y diseños digitales de una Tokio nocturna y neones por todos lados y la cámara omnisciente y el color saturado y el sonido ídem. Porque la trama es infantil, arbitraria, sobre todo previsible. Y eso que hasta la hora y media (siempre con ayuda: TCH) hay esperanzas: uno piensa que quizá pinta el policial. Mejor todavía, el policial con amagues de terror. Entonces, queremos reconstruir mentalmente la trama. Ver posibles conspiraciones, vueltas de tuerca, algo. Como en Irreversible, una historia contada de atrás para adelante. Pero, en la mitad, la narración se ordena.

Y lo que sigue es malísimo. Mezcla de Ghost con Lost in Translation, aunque el personaje de Scarlett Johansson es una luz al lado de la hermana del protagonista (al que nunca se le ve la cara, porque Noé usa y abusa de la subjetiva al estilo Dark Passage, aunque no sea en absoluto una necesidad de guión sino un capricho del director). Si la segunda mitad no se sostiene es, entre muchas cosas, porque la historia se centra ahora en una chica que grita, llora, putea, histeriquea y grita otra vez.

En definitiva: una muy buena secuencia de títulos seguida por una película insoportable.

Defender la especie

19 Ago

Si hasta ahora no viste la original de El Planeta de los Simios (1968) y/o la extraña y tal vez fallida versión de Tim Burton (2001), seguramente no lo vas a hacer ahora, así que te vamos a contar de qué venía la cosa. Un astronauta se estrella contra un planeta donde está todo dado vuelta: la raza dominante son los simios y los humanos son un poco menos que esclavos, con mucho de mascota. Al final el protagonista descubrirá que el planeta no es otro que la tierra y que su viaje no fue solo en el espacio sino en el tiempo: está en el futuro, que es negro y peludo. Entre estas dos versiones hay sutiles y gruesas diferencias pero el concepto es exactamente el mismo.

En The Rise of The Planet of the Apes (2011), o como “ingeniosamente” la titularon por estas tierras hispanoparlantes El Planeta de los Simios (R)Evolución, lo que se cuenta es qué pasó en la tierra para que las cosas terminaran de esta manera. Como en cualquier tragedia futurista, la culpa la tiene una corporación, dueña de un laboratorio donde un experimento falla o tal vez sale demasiado bien. No falta el personaje sin ética, ansioso de forrarse en plata, que desencadenará la catástrofe. Veremos cómo un simple y simpático monito se salta los miles de años que exigiría la evolución darwinista y en poco tiempo pasa de ser animal para testear medicamentos a encabezar una revolución. No vamos a dar más detalles del argumento por si alguno decide verla.

Lo interesante está en el proceso que atraviesa este Che Guevara de los primates. Más allá de la velocidad con que lo hace (justificada por la simple intervención de un gas) a medida que el simio avanza en su transformación vemos cosas tales como que de andar en bolas, prefiere jeans y pulóver. Descubre la traición, el amor, el engaño, la violencia y la conciencia de la muerte. Entiende cómo funcionan las relaciones de poder y llega a un grado de sutileza tal que sabe que no es lo mismo que te digan simio a que te digan mono o chimpancé. Lo que no llega, claro, es el cuestionamiento de las evidentes desventajas de terminar siendo un animal superior. Antes de que esto suceda Hollywood viene al rescate y comienza la revolución. A esta altura de la película, ya nos podemos olvidar de cualquier planteo, ya que lo importante es ver como ambos bandos se enfrentan, con explosiones y acrobacias varias. En este punto podrían ser, en lugar de simios, gatos monteses, invasores de Urano o Bichos Bolitas. El efecto es el mismo. Al fin y al cabo, lo único que pretendían explicar era por qué cuando el astronauta regresa el planeta ya no es lo que era.

¿Es The Rise of The Planet of Apes una buena película? Probablemente no. ¿Es mala? Nosotros no somos quién para andar haciendo semejante afirmación. Lo que sí, como pasa la mayoría de las veces, si te enganchas en el juego, probablemente la pases bien. En la función que fuimos, hubo gente que al final aplaudió y todo.

¿Cuál es la razón entonces para escribir sobre (R)Evolución? Sencillo: así como entre bueyes no hay cornadas, entre monos no nos vamos a andar pisando la banana.

El ángel de Charlie

17 Ago

Vale preguntarse cuál será la fascinación que ejerce ver a alguien cocinar. Porque sin temor a equivocarnos estamos seguros que el 90 % de los que miran programas dedicados a la gastronomía nunca en su vida sorprenderán a familiares o amigos con algunos de los platos que allí se preparan, aunque alguna que otra vez hasta se hayan tomado el trabajo de anotar la receta. Lo que sí se aprende y se aplica, es algún que otro truco valioso para que, por ejemplo, la salsa blanca no tenga grumos, los huevos duros no tengan sabor amargo y cómo hacer para que el salteado de verduras salga más o menos parecido al que nos mandan, vía delivery, del restorán chino de la vuelta.

En esto, está claro, Utilísima Satelital pareciera estar más cerca de nuestras milanesas con fritas cotidianas que El Gourmet, donde uno siempre se ilusiona con que esta vez sí, tenemos todos los ingredientes para mandarnos una comida del carajo hasta que al final siempre le terminan echando un chorro de un aceite que solo se consigue en los Balcanes durante el equinoccio de primavera o filetean un vegetal que no hemos visto en nuestra vida y que seguramente en la verdulería de la cuadra no se consigue.

Ambos canales no pudieron escapar de la fiebre reality que atraviesa transversalmente a la televisión toda. En el primero se llamó Cocineros al Límite, inspirado en el foráneo Top Chef; y en el segundo, Yo quiero ser Gourmet 2010. De este último resultó ganador  un señor de nombre Charlie Rowe, que ahora tiene su propio programa en esa misma señal, llamado En casa cocina Charlie.

Charlie es un señor mayor. Estamos seguros de que en la calle siempre hay gente que le dice abuelo. Porque es cierto: podría ser tranquilamente padre de alguno de nuestros padres. Canoso, panzón, de habla fácil. Reconoce que su formación es de la hornalla de la vida. “Yo aprendí a cocinar – dice – porque me gusta comer bien”. Ignoramos si lo han sometido a algún tipo de entrenamiento pero se maneja delante de las cámaras con un natural profesionalismo. Sabe meter como quién no quiere la cosa el chivo sobre la revista del canal y mecha comentarios sobre sus charlas con el carnicero amigo, que se sorprende, nos cuenta, por algunos particulares pedidos que él le hace. Porque si bien se permite alguna que otra sofisticación (como usar mostaza de Dijon que compró en su último viaje a Francia) Charlie cocina abundante, para recibir a los amigos, para bajarse un par de botellas de tinto al mismo tiempo. Como el puré de batata que hizo para acompañar el carré de cerdo (que idealmente debería cocinarse con cuero y todo, aconseja Charlie). Cortó las batatas en rodajas del mismo tamaño, las tiró en una olla, le agregó mucha manteca, sal, pimienta y crema de leche “hasta cubrir”. Se cocina y listo. Sin colar, solo queda pisar y pisar hasta hacerlo puré, que era el objetivo.

Buen provecho.

La suma de todos los aciertos

16 Ago

Hay que ser muy valiente o muy pelotudo para tomar como referencia directa a esa genialidad televisiva que se llamó Twin Peaks. Iguales son los afiches de una y otra serie así como calcada es la manera en que se descubren los cuerpos, incluida una madre que grita a través del teléfono. Las “coincidencias” siguen: ambas ocurren en el estado de Washington. El asesinato de una adolescente afecta a toda una red de personajes cercanos, y no tantos, de la víctima. Está la familia. Está la amiga. Está el culpable obvio y una larga lista de personajes secundarios efectivos para el desarrollo de la trama. Cada nueva pista, cada nueva certeza solo será el puntapié inicial para que las dudas se multipliquen de manera exponencial. Lo extraño es que The Killing dice ser una versión de otra serie de origen danés con el mismo nombre.

Las diferencias son producto del lógico paso del tiempo. Ya no vemos un pueblo sino una ciudad.  Ya no es un detective sino una mujer la que lidera la investigación: Sara. Una colorada que no es sexy, que sonríe poco, que se viste igual que sus compañeros hombres. Es eficiente, ve cosas que los demás no ven. Tiene un hijo y está a punto de casarse aunque sospechamos que no tiene muchas ganas y que este nuevo caso sin resolver le viene como anillo al dedo para posponer el asunto. Por su simpática rudeza y su dedicación al límite de lo obsesivo es muy difícil no pensar en una joven Helen Mirren, en aquella otra gran serie que se llamó Prime Suspect (¿No la viste? Andá buscándola y vas a entender muchas cosas de la ficción televisa policial actual). No falta, tal como indica el manual del guionista, el compañero canchero, Stephen, que compensa falta de experiencia con entendimiento de cómo funciona el mundo en algunos lugares. Sabe que para obtener información de un adolescente nada mejor que ofrecerle un poco de porro. El costado político, tópico aparentemente imprescindible en cualquier serie de hoy en día, está representado por Darren Richmond, que en plena campaña por convertirse en intendente se ve afectado  por las implicaciones de este asesinato.

¿Pero entonces estamos recomendando una serie que afanó de muchos lados y que no presenta ninguna novedad? La respuesta es sí y podemos resumir los argumentos de peso en tres sencillas razones:

  1. Un buen ladrón roba a los grandes. Y cuando muestra sus posesiones lo hace de tal manera que uno termina convencido  de que es el legítimo dueño.
  2. Hay mucha oscuridad y llueve seguido. No se puede sentir otra cosa que miedo, mucho miedo.
  3. The Killing, además, es altamente eficaz en clavarte las dudas al final de cada episodio con la profundidad necesaria para que no te quede otra opción que salir corriendo a buscar el que sigue.
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