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Sus deseos son órdenes

30 May

“Escuchame, Carlutti-Pareja estaba demudado-. ¿Cómo no me dijiste que tenías semejante verga?

-No sé…, Roberto-vaciló Carlutti-. Nunca salió el tema.

En Carlutti y Pareja (Mansalva, 2010) Ricardo Strafacce logra algo bien difícil: el manejo del humor en diferentes registros y en sus distintas variantes (slapstick, juegos de palabras, escatológico, costumbrista) dentro de una construcción ya de por sí absurda y grotesca.

Los personajes (un escritor de cierto renombre, su secretario loser y decadente) son una versión argentina de Muertos de Risa, la película de Alex de la Iglesia. El escritor (Pareja), un tipo narcisista y perezoso (sobre todo perezoso: es interesante que como personaje principal duerma la mona buena parte de la novela) se dedica a humillar, agredir verbalmente y someter impunemente a su secretario (Carlutti), cuando no a ignorarlo por completo. Lo que en parte desbarata esa relación de amo y esclavo es un elemento que ya fue señalado como lamborghiniano en una buena reseña: la tremenda verga de Carlutti.

Lo fálico, el desborde orgiástico, lo argento (asado, vino, gatos de Barrio Norte), todo eso se combina en una trama que no da respiro y entretiene sin muchas vueltas, con grandes y muy graciosos aciertos de oralidad (“tarúpida”, “cerapio”). Tengo que decir que promediando más de la mitad del libro (en un cierre que algunos compararán a los finales abruptos de Aira) me reí a carcajadas en el asiento de un colectivo. Cuando empieza a desplegarse el pragmatismo del escribano frente a la catástrofe consumada en su quinta, cuando el cinismo despiadado de Pareja (son geniales sus peripecias para evitar practicarle sexo oral a una de las chicas) se pone en marcha, y todo va cuesta abajo a una velocidad de novela de aventuras, el texto activa un humor negro que termina por estallar lo poco de verosímil que quedaba, y se despide con un diálogo encantador entre maestro y discípulo que me dejó con una sonrisa idiota el resto del viaje en el 110.

Se sabe: una de las pruebas más complicadas para el escritor es hacer funcionar lo humorístico sin caer en los lugares comunes ni pecar de ingenuo. Y Strafacce, de más está decir, aprobó con sobresaliente.

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