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El triplete nacional: 3) Un Cuento Chino

23 May

Un cuento chino

Si el cine argentino alguna vez tuvo sueños de ser mainstream, convocante, de funcionar de boca en boca, se puede decir sin ánimo a equivocarse, que aunque sin la fuerza millonaria del país del norte, ésto se materializó estos últimos años alrededor, no de un director, sino de un actor: Ricardo Darín. Las causas parecen difíciles de deducir. No se le resta ningún mérito a las películas que protagonizó. Pero o tiene una buena estrella guiándolo éxito tras éxito, o justo su perfil encaja con los personajes que pueblan, casi en exceso, la actual industria cinematográfica nacional. Puede ser una combinación de ambas sumado a su capacidad de representar y actuar como nadie el imaginario argentino, todo aquello que los que argentinos creen que son los argentinos.

Por eso no es extraño que desde ese lugar arranque Un Cuento Chino. Desde el costumbrismo, desde la identificación, no propia, sino barrial,  de la mirada que se tiene sobre el otro, sobre los lugares comunes que por ser tan reales son vistos casi como ley, como una verdad científica que no admite duda. El ferretero que interpreta Darín es mal humorado, maniático, solitario pero buen tipo, al que todos quieren aunque de cada diez frases, ocho sean una puteada. Es el tipo, también, al que le repiten que no es bueno que el hombre esté solo, y para el que su diariero de confianza tiene una prima de la esposa para servirle en bandeja. Por un extraño giro del destino se cruzará con Jun, un chino que no habla español.

El mayor merito de Un Cuento Chino es que da un paso más allá. No se queda en el costumbrismo oscuro e intencionalmente afrancesado del ya viejo nuevo cine argentino o en la falsa y sobreactuada representación a lo Pol-ka, sino que confía en la historia, en la ficción. Se permite los giros, las situaciones en el límite de lo creíble. Esto no es nada nuevo para su director, Sebastián Borenztein, quien siempre se permitió jugar y confiar en la narrativa de estructura que no por clásica deja de ser efectiva. Como lo hizo en su creación para televisión, Tiempo Final. Se toma el tiempo necesario y exacto para construir personajes y situaciones, cosa que no había salido tan redondita en su película anterior La Suerte Está Echada. Por eso resulta un tanto extraño que a algunos chistes no le de el espacio para desarrollarse y crecer y que a veces parece no confiar en el lenguaje cinematográfico (o en el público) y necesita ponerlo en palabras que en boca de los personajes suenan un poco forzadas. Pero igual Un Cuento Chino sobrevive, con honor, tiene la medida justa para que estos errores se diluyan entre tantos aciertos. Como la presencia de Muriel Santa Ana que seduce desde la voz y emanando esa frescura e inocencia que se supone tiene la gente del interior de nuestro extenso país. Con el chino, que arrasa con la fuerza de los gestos. Con los personajes secundarios que dicen una sola frase, certera. Todo cierra entonces y se concluye que Sebastián Borenztein puede ocupar su merecido lugar de gloria junto al espacio vacío dejado por ese otro gran contador de mentiras que supo ser Fabián Bielinsky.

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