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Blanquita va a la cárcel

24 Jul

Ayer debatíamos en twitter si Laura Prepon está hecha mierda, si es linda, si tiene hinchazón de corticoides, está envejeciendo mal o es borracha. No llegamos a ninguna conclusión, como suele suceder en twitter, pero estábamos hablando de ella porque estábamos hablando de la nueva serie de Netflix de la que todos –todos- hablan: Orange is the new black.

La sinopsis de Orange is the new black es sencilla: blanquita va a la cárcel.

La blanquita Piper Chapman (Taylor Schilling, de pasado actoral bastante incierto y desconocido) está comprometida con Larry Bloom (Jason Biggs, de pasado actoral American Pie) pero antes estuvo de novia con Alex Vause (Laura Prepon, de la gran serie That ´70s Show y de la fallida Are you there, Chelsea?). Alex era traficante de drogas, en una Piper la ayuda y ahora las dos pagan sus errores en la cárcel.

Básicamente eso. La blanquita llega a la cárcel y se encuentra con un mundo desconocido y a su vez se reencuentra con su ex novia. Conoce presas. Conoce policías. Recibe visitas. Pasan cosas.

La serie es de Jenji Kohan. Jenji Kohan me cae muy bien aunque haya hecho pocas cosas porque todo lo que hizo siempre me gustó: escribió el capítulo de Gilmore Girls del primer beso de Rory, escribió el capítulo de Will and Grace donde actúa Michael Douglas, escribió uno de Sex and the City, otro de Mad about you y creó Weeds. Si viste Weeds y te gustó, Orange is the new black te va a gustar seguro. Si no la viste tendrías que ir corriendo ya a verla, al menos las primeras cuatro temporadas.

Orange is the new black es una comedia. Tiene música de Regina Spektor, música de Tune-Yards. Tiene muchos colores y personajes secundarios perfectos: Crazy Eyes, Red, Nicky, una gallina. Todo lo que sucede en la cárcel está al borde de lo inverosímil: no puede ser que la protagonista nunca la pase realmente mal y que su mayor problema sea tener que secar el pis de una compañera.

La serie no tiene ni un asomo de profundidad de las series que están de moda hoy (Mad Men, Breaking Bad). Eso es al mismo tiempo algo positivo y negativo. Positivo porque recuerda muchísimo a las primeras temporadas de Weeds (madre viuda se pone a traficar marihuana para bancar a su familia, casi la misma premisa de “blanquita se mete en territorio desconocido y peligroso”) en las que todo era disparatado y divertido y la protagonista caía siempre bien parada, como los gatos. Es negativo porque ese tono despreocupado que tenía Weeds al principio no pudo sostenerse y terminó convirtiéndose en un novelón que muchos abandonamos. Y eso podría sudecerle a Orange is the new black. Cruzo los dedos para que no.

La serie me gusta muchísimo y me gusta fundamentalmente por algo: es una serie de gente buena. Esto, que en un principio me pareció algo malo, se convirtió en el motivo por el cual sigo viendo la serie: para ver gente arruinada veo a Don Draper.

En Orange is the new black no hay un antagonista fuerte que pueda desequilibrar a la pobre blanquita que fue a la cárcel. Es justo al revés: ella va sacándole las capas de maldad a las presas para terminar descubriendo que en el fondo todas son seres de luz que sufrieron mucho en la vida pero que en el fondo son puro corazón.

En uno de los primeros capítulos, una colorada muy simpática (la colorada que trabajó en American Pie, ésta) está escuchando uno de los problemas de Piper y le dice: “Tenés enemigos imaginarios”. Y por eso, porque fabricarse enemigos es la esencia de cualquier minita de ley, y porque yo soy una minita de ley, es que banco la serie y obligo, aliento y festejo que todos la miren.

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La Casita del Horror

31 Oct


A Estados Unidos se le debe reconocer que nunca tiene miedo de poner la etiqueta de universal a todo aquello que produce. Y nos guste o no, sin ponernos a pensar en las razones y/o consecuencias de esto, la verdad es que en cuanto a educación musical y fílmica, el material de estudio casi siempre nos vino del norte y en idioma inglés. También, mal que le pese a Greenpace, es experto en reciclaje. A tal punto que hay toda una generación que cree que, por ejemplo, las versiones de las canciones que se escuchan en Glee son originales y no covers de grandes (y no tanto) clásicos.

Su creador, Ryan Murphy, repite la fórmula que tanto éxito le dio usando esta vez como materia prima los elementos que definen el género del terror. Entonces, en American Horror Story no vas a ver nada que no hayas visto antes. Todo lo contrario, podes jugar a reconocer a qué película hace referencia ese asesinato, ese giro del guión, esa banda sonora, o esa toma, que, con la excusa del homenaje se repiten una y otra vez a lo largo de la serie.

Una familia de apellido Harmon, compuesta por un matrimonio y una hija adolescente, se muda de Boston a Los Ángeles. Las razones de dicha mudanza son tan familiares como trágicas: una infidelidad y una muerte. Si bien son clase media consiguen una mansión reciclada a muy buen precio como nuevo hogar. Lo que no saben es que la misma está embrujada y que su maravilloso piso de madera ha sido manchado con sangre con alarmante frecuencia.

Hay un problema de formato. No es lo mismo una película de una hora y media que una hora semana tras semana hasta completar trece capítulos, que es lo que durará la primera temporada. Para el cuarto episodio ya hemos perdido la cuenta de la cantidad de desgracias, disgustos y experiencias siniestras, no siempre sobrenaturales, que ha atravesado esta familia. A esta altura, es más la gente muerta que anda dando vueltas que la viva. ¿Qué están esperando los Harmon para irse? ¿Cuántos más tienen que morir? ¿Son boludos o se hacen?

Suponemos un eficiente y aceitado grupo de guionistas que por ahora sostienen la trama en el delicado límite de lo verosímil. Los argumentos van desde la crisis inmobiliaria (el nuevo Vietnam de los norteamericanos) hasta la lógica pérdida de conciencia de la realidad de los desafortunados nuevos moradores. Tenemos fe además que la historia avanzará sobre esa sensación de condena que tienen los sanguinarios y malévolos espíritus que habitan la mansión, que ya están un poco cansados de tanta muerte violenta y solo quieren irse al infierno.

Un apartado especial para Jessica Lange, que resume toda la maldad del mundo en forma de vecina, que no tiene ningún problema en llamar mogólica a su hija con síndrome de down o en robar cucharas y tenedores para luego venderlos por eBay. Otro gran personaje es la hija adolescente, que por estar atravesando esa época de la vida, es la que menos se asusta y hasta disfruta de tanto desquicio a su alrededor. Tal vez porque sabe que así como no hay nada nuevo bajo el sol, tampoco se encuentran muchas novedades entre las sombras.

Los que limpian

19 Oct

Producto de la revolución industrial y de esa maldita costumbre de explotar colonias en el extranjero, a la larga tradición aristocrática inglesa se le adosa y se le pega toda una generación de burgueses con la suficiente plata como para comprar títulos de nobleza, castillos y por supuesto un verdadero ejército de sirvientes que, entre todo lo que hacían, tenían la tarea de recordarles, día tras día, que ellos también pertenecían.

Downton Abbey se ubica temporalmente a comienzos del siglo XX. 1912 para ser exactos y comienza con una que la sabemos todos: el hundimiento del Titanic.  Evento que sirve de punto de partida para que acompañemos a la famila Crawley tratando de superar esta y otras tragedias de diversos tamaños. Al recorrido también se suman todas las personas a su servicio: mayordomos, ama de llaves, ayudantes de cámara, cocineras, lacayos, sirvientes y chofer.

Mirando esta serie de origen británico es imposible no pensar en Lo que queda del día, en la maravillosa y obsesiva Gosford Park o en cualquier otra película, basada casi siempre en algún libro, cuyo objetivo es  detenerse y explotar el detalle más simpático de la época: la caída inevitable de la tradición, la rebelión pequeña y cotidiana de los que estaban al servicio de los más poderosos. Downton Abbey suma como fortaleza además el rescate de los detalles de tipo anecdótico: la introducción en la vida cotidiana de la electricidad, del teléfono, del uso de la expresión “fin de semana”, de los primeros pantalones para mujeres.

No faltan los amores imposibles, por conveniencia y prohibidos. Están los villanos, aristocráticos y plebeyos. Están el pasado y el futuro como amenaza constante. Está la salvaje pero diplomática dinámica de la interacción familiar así como la mirada y el acecho de todos aquellos que los ayudan hasta para vestirse. Como frutilla del postre, un vestuario impecable, calidad fotográfica de la imagen y unas actuaciones brillantes. Es la serie inglesa más cara producida hasta el momento. Según dicen, un millón de libras gastadas por episodio. Sabemos que costo y calidad no necesariamente van de la mano, pero acá, queda poco espacio para la duda.

Tal vez el único defecto sea que a veces tenemos la sensación de estar mirando la más trillada de las novelas. Pero al fin y al cabo, esto es televisión, y ante tanto brillo y prolijidad tampoco es cuestión de andar exagerando con las pretensiones.

Louie

6 Sep

Ricky Gervais dijo que es el comediante de stand-up vivo más gracioso de América, lo que equivale a decir del mundo.

Empezó como guionista de Chris Rock y Conan O`Brien, dirigió películas y cortos, trabajó en la tele, todo porque desde chico pensó en meterse adentro de la caja boba y cambiar la programación horrible que había para recompensar a su mamá, que era madre soltera y trabajaba todo el día. La pregunta, ahora que parecería estar de moda eso del micrófono y el escenario de una sola silla,  es ¿por qué Louis CK la pegó tanto que Ricky Gervais se hizo su mejor amigo y ayudó con una frase a que vendiera todas las entradas de su gira por UK?

Su programa “Louie” -que transmite la Fox- puede parecer un homenaje a Seinfeld, de quien fue telonero, aunque enseguida saltan las diferencias. Louis CK es más desprolijo, decididamente autobiográfico y, si lo de Larry David y Jerry Seinfeld era de interiores y sobre la “nada” misma, “Louie” tiene muchos exteriores -una Nueva York con todo su encanto y su sordidez-, y un asunto o conflicto bien marcado por episodio.

Encontró una manera novedosa y brutal de hacer ese humor de lo cotidiano (everyday humor): reírse del caos, de la cantidad de cosas absurdas que pasan todo el tiempo alrededor nuestro. Ejemplos sobran: la escena del homeless que corre hacia él y, como se las ingenia para esquivarlo, termina atropellado por el colectivo; la vecina de más de setenta años que entreabre la puerta de su casa  y asoma apenas la cabeza amenazándolo: “Estoy desnuda. No tengo ropa puesta”; los caprichos de sus hijas, que cada tanto lo hacen sentir miserable comparándolo con la madre.

En los shows en vivo sabe meter el humor negro y lo políticamente incorrecto cuando el público no lo espera (“Es mentira que cogería con un chico, lo digo para que ustedes se pongan así”). En sus chistes hay: pedos, diarrea, semen, decadencia corporal, agujeros, penes arrugados. Es muy recomendable “Hilarious”, una presentación en vivo en la que, entre otras cosas, narra las vacaciones en Italia con sus hijas, y cuenta desde una invasión de ponys que muerden hasta el día que una de ellas hace sus necesidades literalmente en el piso.

Arrancó “Louie” con un presupuesto de 200.000 dólares. Escribe, dirige y edita él mismo. Los episodios van creciendo en intensidad con diálogos y escenas muy distintas a las que acostumbran a verse en el género (Curb Your Enthusiasm). Son como relatos neoyorquinos de un humor amargo, con algún que otro asomo de ternura, como cuando van a Pennsylvania a visitar a una tía de 96 años o cuando él le regala un patito a una chica afgana. Ahora que es mundialmente famoso, puede darse lujos: capítulos divididos en dos partes, sin ninguna relación entre sí, con escenas gratuitas en el buen sentido (en particular “Subway”). Joan Rivers de invitada. Pasa un tema musical completo, sin cortes. Además está Pamela Adlon, que es asistente de producción y hace de ella misma. En un episodio brillante de la segunda temporada, Louie se la intenta levantar con una declaración de amor sincera, y todo el tiempo pensamos que es un chiste pero no, es en serio, está enamorado de una mina copada y linda que lo rechaza de una manera encantadora, entonces lo vemos sufrir y gritar en la calle, y no podemos menos que creerle.

Hay un montón de videos en Internet, fáciles de encontrar, por eso preferimos subir éste en el que HBO reunió a Ricky Gervais, Jerry Seinfeld, Chris Rock y Louis CK alrededor de una mesa para hablar sobre eso que hacen.

La suma de todos los aciertos

16 Ago

Hay que ser muy valiente o muy pelotudo para tomar como referencia directa a esa genialidad televisiva que se llamó Twin Peaks. Iguales son los afiches de una y otra serie así como calcada es la manera en que se descubren los cuerpos, incluida una madre que grita a través del teléfono. Las “coincidencias” siguen: ambas ocurren en el estado de Washington. El asesinato de una adolescente afecta a toda una red de personajes cercanos, y no tantos, de la víctima. Está la familia. Está la amiga. Está el culpable obvio y una larga lista de personajes secundarios efectivos para el desarrollo de la trama. Cada nueva pista, cada nueva certeza solo será el puntapié inicial para que las dudas se multipliquen de manera exponencial. Lo extraño es que The Killing dice ser una versión de otra serie de origen danés con el mismo nombre.

Las diferencias son producto del lógico paso del tiempo. Ya no vemos un pueblo sino una ciudad.  Ya no es un detective sino una mujer la que lidera la investigación: Sara. Una colorada que no es sexy, que sonríe poco, que se viste igual que sus compañeros hombres. Es eficiente, ve cosas que los demás no ven. Tiene un hijo y está a punto de casarse aunque sospechamos que no tiene muchas ganas y que este nuevo caso sin resolver le viene como anillo al dedo para posponer el asunto. Por su simpática rudeza y su dedicación al límite de lo obsesivo es muy difícil no pensar en una joven Helen Mirren, en aquella otra gran serie que se llamó Prime Suspect (¿No la viste? Andá buscándola y vas a entender muchas cosas de la ficción televisa policial actual). No falta, tal como indica el manual del guionista, el compañero canchero, Stephen, que compensa falta de experiencia con entendimiento de cómo funciona el mundo en algunos lugares. Sabe que para obtener información de un adolescente nada mejor que ofrecerle un poco de porro. El costado político, tópico aparentemente imprescindible en cualquier serie de hoy en día, está representado por Darren Richmond, que en plena campaña por convertirse en intendente se ve afectado  por las implicaciones de este asesinato.

¿Pero entonces estamos recomendando una serie que afanó de muchos lados y que no presenta ninguna novedad? La respuesta es sí y podemos resumir los argumentos de peso en tres sencillas razones:

  1. Un buen ladrón roba a los grandes. Y cuando muestra sus posesiones lo hace de tal manera que uno termina convencido  de que es el legítimo dueño.
  2. Hay mucha oscuridad y llueve seguido. No se puede sentir otra cosa que miedo, mucho miedo.
  3. The Killing, además, es altamente eficaz en clavarte las dudas al final de cada episodio con la profundidad necesaria para que no te quede otra opción que salir corriendo a buscar el que sigue.

Quebrando mal

10 Ago

Heisenberg tiene unos pantalones blancos nuevísimos y zapatillas tenis rojas recién estrenadas. Acaba de disolver un cuerpo en ácido sulfúrico. Es el final del primer episodio de la cuarta temporada de Breaking Bad, que salió al aire el 17 de Julio pasado. El título es directo: “Box Cutter”, y hace referencia a esa cuchilla filosa con la que se corta la cinta adhesiva de las cajas, entre muchas otras cosas.

Con el desafío que implica un cierre de temporada tan arriba como el de la tercera, el arranque está construido hábilmente a partir de pequeñas historias sobre el infierno en que se convirtió la vida de los que rodean a  Walter White (Bryan Cranston, ahora, como pasó con Michael C. Hall y Dexter, productor de la serie que protagoniza), que giran alrededor de una central: la de Jesse y White metidos en un gran, gran problema.

Por un lado, la incertidumbre de su mujer, que lo busca desesperadamente y sabe que pasó algo malo porque el auto de White (A.k.a. Heisenberg) está estacionado afuera de su casa, y ellos se separaron hace rato, aunque tengan negocios en común. 

El cuñado y un momento fuerte, cuando la mujer trata de ser dulce y optimista con él (que está paralítico), y termina acomodándole la chata para que haga sus necesidades.   

Saul Goodman, el abogado, revisa en cuatro patas todos los rincones de la oficina en busca de micrófonos escondidos, habla desde teléfonos públicos, y el brote de paranoia parece imparable.

En la “cocina”, ese inmenso y lujoso laboratorio, White y Jesse esperan a que llegue Gus, uno de los mejores personajes de la serie, el protagonista indiscutido de este comienzo de temporada. El guión de esa escena es un microrrelato perfecto, hace valer el episodio entero. Serán cinco, seis minutos en total, o pocos más. Cuando entra, además de cambiarse la ropa por el traje aislante, Gus saca de alguna parte el cuter. A partir de ahí la cámara sigue sus movimientos, mientras White intenta convencerlo con argumentos que el otro no escucha. Porque Gus es un tipo de pocas palabras, bien práctico: prefiere los hechos, puros y duros; como tiene que ser la metanfetamina de buena calidad.

No es fácil sostener una trama tan al límite, teniendo en cuenta que todos los espectadores saben algo de antemano: White no va a morir. Ni de cáncer ni envuelto en alguna vendetta de narcos, porque eso sería el final de la serie. El crecimiento y las muchas transformaciones de su personaje lograron que Breaking Bad esté hoy donde está. El riesgo es que se desgaste, porque puede no resultar creíble que sobreviva a tanto sicario dando vueltas en el desierto de Alburquerque, o a las conspiraciones de sus propios socios. Veremos cómo sigue.

Wilfred

26 Jul

Podría ser el nuevo Alf, si no fuera porque Wilfred es un perro al que sólo puede escuchar Ryan -Elijah Wood, un abogado joven con ganas de suicidarse, enamorado de su vecina, la dueña de la bestia parlante- y no tiene ni un poco del humor ingenuo y ATP al que apuntaba la sitcom de Michu Meszaros.

Originalmente es una serie Australiana que tuvo 3 temporadas, co-creada por Jason Gann -el mismo que hace de perro -, que en Norteamérica toma cosas de Arrested Development, cualquier película de Apatow y, por qué no, Peep Show. Como en el programa de Mitchell y Webb, hay una trama que no falla: dos amigos o roomates muy distintos, el nerd/neurótico/tímido/loser conviviendo con el inconsciente y egoista al que no le importa nada si tiene a mano mujeres,  porro o comida, en el orden que se quiera.

Wilfred aprendió bien la lección de la comedia contemporánea:  tiene personajes secundarios geniales (la hermana neurótica y controladora de Ryan es muy buena; el vecino adicto al porno), entre los cuales hay colaboraciones esporádicas que encajan perfecto en el episodio y entran en el humor de la serie de memoria, sin mucho esfuerzo (como Rashida Jones, de Parks and Recreation y el cada vez más instalado Ed Helms).

Está claro que lo mejor es el choque entre el humor negro y ácido del perro y la personalidad abúlica, casi inocente de Ryan, que se deja llevar por Wilfred como si  lo iniciara en el camino a los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos (“Confianza”, Miedo”, “Aceptación”) o en etapas que encierran enseñanzas de vida valiosas para el otro (un gran acierto, además, son las frases del comienzo, el toque british: “Sanity and happiness are an impossible combination”  es la frase de Mark Twain con la que arranca el primer Episodio, justamente “Happiness).

Entre Alf y Willie había una relación que dejaba en el espectador la idea (reforzada por el entorno de la familia) de que se detestaban pero en el fondo se querían. Con Wilfred y Ryan pasa algo así, pero en el fondo hay un sótano donde fuman porro y el perro se tira pedos y siempre está dos pasos adelante del otro, encargándose de ponerlo paranoico por cualquier cosa, como cuando le dice que en las fibras íntimas de su calzoncillo huele…restos.

Por qué hay que mirar Treme

1 Jul

Porque tiene un gran primer episodio: en casi una hora y media demuestra que se puede presentar una serie sin golpes de efecto ni velocidad de video clip.

Porque en ese comienzo, Clarke Peters (de la nueva camada de actores negros norteamericanos, uno de los mejores) danza en el estilo tradicional del Mardi Gras, y es literalmente increíble: por un segundo dudás que sea él en ese traje.

Porque es en Nueva Orleans post Katrina: barrios obreros con casas separadas por alambrados bajos, bares oscuros y brumosos donde todos se conocen, jazz sin glamour ni esnobismo, patios atestados de porquerías listos para la barbacue, mucho patrullaje policial, muchos chalets vacíos, arrasados por la humedad.

Porque todo el tiempo hay música (en parte, se trata de los músicos y esa tradición gastada, de paquete turístico, que todavía conserva la ciudad versus los nuevos jazzistas, que desde hace muchísimo se van a Nueva York) y, en lo posible, hecha por locales: Tipitina, Dave Bartholomew, Buona Sera de Louis Prima.

Porque igual que en The Wire (misma dupla de creadores, Dave Simon y Eric Overmyer) los personajes son sólidos y bandean de la calma introspectiva a la furia y el conflicto que, muchas veces, y esto es lo interesante, es una discusión fuerte sobre cómo ven el mundo o qué pasa con las decisiones que tomaron o que hay tomar en medio de tanta devastación.

Porque está John Goodman.

Porque reaparece (estaba en The Wire) Wendell Pierce, quizás el personaje menos complaciente y más crudo de la serie.

Porque sí, como en The Wire, escarba en las llagas más dolorosas e incómodas de los yanquis, que siguen siendo heridas abiertas pero de rincones poco frecuentados (Baltimore, Nueva Orleans) mientras en la ciudad de la estatua de la libertad se aprueba el matrimonio Gay y todos nos enteramos enseguida.

Porque tiene un tema de apertura muy pegadizo y la presentación es impecable (recuerda un poco a la de True Blood).

Ya va por la segunda temporada, y acá encontré un teaser  que vale más que mis 343 palabras.

La serie que no entendía si me gustaba o no me gustaba

29 Jun

Así como con la música me pasa que me gusta o no me gusta y no puedo dar razones ni explicaciones, con otras cosas me pasa que no sé. No sé si me encanta lo que estoy viendo o leyendo. Directamente, no puedo formar una opinión.

Eso fue lo que me pasó con los primeros seis o siete capítulos de Running Wilde: no sabía si me gustaba. Percibía que algo no me cerraba pero seguía mirando. Qué pasa en el primer episodio: Puddle, hija de Emmy -que sí, las sospechas quedan cofirmadas: Emmy es Felicity, y sí, Felicity fue creada por JJ Abrams- (madre soltera, ecoterrorista part time) le pide por favor a su mamá que dejen de vivir en la jungla, que por favor, que quiere tener una vida normal. Caen en lo de Steve (soltero, millonario full time) porque Emmy es hija de una ex mucama de Steve y ellos fueron amigos en la adolescencia y casi casi un poco más. Entonces: lucha entre la riqueza y la pobreza, entre el trabajo y la holagazanería, entre tener y no tener, y querer y no poder, o poder y no querer. Y en el medio, la casi casi historia de amor entre Emmy y Steve.

En el séptimo u octavo episodio me di cuenta: no me gusta Emmy. No me gusta su falso ecologismo y su lucha hipócrita. No me gusta que la juegue de orgullosa, que no acepte un regalo, que mienta todo el tiempo, que nunca llegue a ser graciosa. Y lo raro, o llamativo, es que Steve también es mentiroso, vago e hipócrita, pero es uno de los actores más graciosos que haya visto en toda mi vida.

La serie tiene “momentos carcajada” y momentos “qué porquería”. Tiene personajes secundarios increíbles que merecen un post aparte, especialmente Fa´ad, vecino millonario y amigo/competidor de Steve. Yo ni siquiera conocía a Meter Serafinowicz, el actor que hace de Fa´ad, pero sólo poniendo su nombre en youtube me di cuenta que es grosso. Grosso de los que son grossos de verdad, de esos que hacen cualquier cosa y son graciosos. Para muestra basta un click. Y otro. Y otro más.

También cotizan mucho los demás personajes secundarios: el niñero gay de Steve, el chofer que hace las veces de amigo fiel y el prometido de Emmy, un boludo bárbaro al que con el correr de los episodios se le toma un toque de cariño.

No entiendo, todavía sigo sin entender, a quién está orientada la serie. La voz en off que acompaña y en algunos casos sobreexplica las situaciones es la de Puddle, la niña hija de Emmy que a veces va de niña prodigio y a veces de niña inocente, le da un aire medio familiar a la serie, pero no me imagino una familia sentada mirando la serie como sí me imagino una familia sentada mirando Modern Family. Es el único punto que me quedó colgado cuando terminé de ver la primera temporada. Aunque tampoco creo que importe tanto.

La tierra del cliché

31 May

Portlandia arranca con un número musical. Eso me hizo sospechar muchísimo, primero porque los musicales no son de mi preferencia, y segundo porque el tema hablaba de lo que pasaba en los ´90 en Estados Unidos y temí que la serie fuera total y absolutamente localista. Pensé que me quedaría afuera de todos los chistes.

Bueno, no. El musical con el que arranca Portlandia no es en realidad un manifiesto explicativo de la serie que vamos a terminar viendo. Pareciera una licencia poética: hablar de los clichés de hace quince o veinte años cuando, en realidad, la serie trata de los clichés de hoy.

De qué la va: sketches. Pequeños videos de entre dos y tres minutos que atacan a todas las tribus urbanas que podamos imaginarnos. Hypsters. Geeks. Hippies. Punks. Fundamentalistas de la decoración. Ciclistas. Feministas. Vendedores de celulares. Parejas progres. Dos o tres minutos que plantean el cliché y lo destrozan. Y tal vez en el planteo del cliché esté el problema: está todo tan hiperbolizado que el efecto se pierde, se vuelve previsible: las feministas son todas lesbianas, los hippies caminan por la calle hablándole a las plantas, los punks gritan y los vendedores de celulares marean con tantas opciones de planes.

Fuera de ese detalle, y como toda serie de sketches, tiene momentos grandiosos y momentos para aprovechar e ir a calentar el agua para el mate. Me quedo con los grandiosos porque me sacaron carcajadas (los fanáticos de la comida orgánica que viajan hasta la granja donde se crió el pollo que van a comerse para ver si realmente se crió con toda la libertad que la camarera afirma), y porque en ciertos casos, la exageración extrema está perfectamente utilizada (en este sentido colabora la edición de ciertos segmentos, atenti al video que pongo abajo). Suman (y mucho) las participaciones especiales de Kyle MacLachlan, Aubrey Plaza, Steve Buscemi, Selma Blair (que está más linda que nunca), Jenny Conlee (de The Decemberists) y Gus Van Sant (entre muchos más), y en especial las actuaciones de Aimee Mann y Sarah McLachlan haciendo de empleadas domésticas de la pareja progre que las admira pero al mismo tiempo les hace notar que no limpiaron bien la cocina.

Voy a terminar de ver el último capítulo de la temporada y voy a esperar a que salga la segunda (falta mucho, algo así como siete meses) porque a pesar de las fallas en ciertos segmentos, hay algo que no puedo negar: la pareja protagónica (Fred Armisen y Carrie Brownstein) me parece excepcional.

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