Locura tardía

21 nov


En el nebuloso y resbaloso mundillo del arte la experimentación existe. En algunas ramas el público pareciera estar más dispuesto (la pintura, la escultura, quizá el teatro), en otras un poco menos (el cine, la literatura). Pero en el terreno de la música la cuestión es el limitado número de variantes. Se puede no respetar el orden impuesto de notas y escalas, se puede tocar sin saber, o se puede optar por el silencio intencional como snob muestra de espíritu artístico. Y no hay mucho más que eso. En otras épocas tal vez se podía tratar de estar a la vanguardia rescatando algún instrumento indígena de la Alaska profunda o golpear envases vacíos de yogur. Pero en estos electrónicos tiempos cualquier sonido puede ser reproducido y mezclado con otros por cualquier hijo de vecino en la comodidad de su hogar. (*) (**)

Electrónico sería el género del primer/último disco de David Lynch. Y la etiqueta “alternative” será agregada por el inteligente reproductor multimedia que elijas usar. El principal problema es que quizá uno esperaba más. David es un genio, qué duda cabe. Y genio en el sentido barrial del término, como sinónimo de capo. Pero decir cosas tales como que Crazy Clown Time es innovador,  perturbador, fuera de los cánones habituales, avant-garde o términos similares, solo puede deberse a dos razones:

1 – No escuchaste el disco. Lo cual sería cuando menos vergonzoso si lo tuyo es escribir en alguna revista especializada o en el suplemento cultura de un diario.

O

2 – Te gustan los Rollings, U2, Soda Stereo en su primera época y alguna vez en un ataque de locura te bajaste un tema de The Beta Band después de haber visto Alta Fidelidad.

Esto último dicho sin ningún tipo de condescendencia. Pero Crazy Clown Time, que es un buen disco, suena muy parecido a cualquier otro disco de esta época. Se puede afirmar incluso, sin temor, que llega con un leve retraso o que su sonido justificaría que se escuche de fondo el ruido sucio de una púa saltando sobre vinilo (úsese Good Day Today como botón de muestra).  Hasta se puede decir que suena amable. Y tal vez esa sea la verdadera rareza de todo este asunto. Jugando al lugar común, Crazy Clown Time es para prenderse un faso y tirarse en el sillón teniendo como única luz la de una lámpara ubicada de manera estratégica en el rincón más lejano del living. Se recomienda especialmente para este caso She Rise Up o el pertinente Strange and Unproductive Thinking. Si tenés un enano cerca con The Night Bell with Lightning te vas a sentir en Twin Peaks.

En todo caso, si querés un poco de perturbación, volvete a escuchar un viejo disco de Tricky, tipo Pre-Millennium Tension o Angels with Dirty Face.

* ¿Alguna vez tuviste la suerte de jugar con el MTV Music Generator en la vieja Playstation 1?

** Si querés ver un pequeño chiste sobre el estado del arte contemporáneo pegale una mirada a Untitled.

Loca de amor

14 nov

Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen me produce cierta fascinación y morbo. Todo lo que tenga que ver con mujeres bellas que enloquecen por amor me produce muchísima más fascinación que morbo. “Tabloid”, de Errol Morris, cuenta la historia de una preciosa chica, Joyce, que se enamora de un almidonado mormón, Kirk. Joyce y Kirk se prometen amor eterno. Kirk desaparece. Joyce lo encuentra en Inglaterra y lo salva del culto (el culto es, para Joyce, la religión mormona) haciéndolo pasar con ella un fin de semana de diversión, comida y sexo. Ella dice que lo rescató de las garras del culto, él dice que ella lo secuestró. A ella la acusan de secuestro y violación. Ella dice que no se puede violar a un hombre.

La prensa sensacionalista enloquece con la historia de Joyce y Joyce se vuelve archifamosa de un día para el otro: algunos diarios la tratan como una puta loca y otros como una enamorada dispuesta a todo. La persiguen, le inventan historia y bucean en su pasado para descubrir sus miserias. Todas esas cosas que hacen los programas de chimentos de la televisión de la tarde. Y es en este punto es donde el documental de Errol Morris, un clásico documental de entrevistas y material de archivo, se vuelve mucho más interesante: todos los cortes de las entrevistas se ven ahí, sin nada que los tape, poniendo en evidencia que el montaje es una herramienta para construir un relato. Errol Morris corta tanto las entrevistas que por momentos pareciera que está armando una oración con una palabra por plano, pareciera que está inventando todo. Sobreimprime palabras contundentes sobre los entrevistados, juega a armar titulares a partir de las frases que dicen, repite fragmentos de entrevistas hasta tres veces. En fin: se caga de risa de todo. Juega a armar un documental sensacionalista. Y gana.

Y encima, sobre el final, mete una perlita imperdible que incluye perros clonados.

Auto fantástico

11 nov

Muchas veces el cine se dedicó a esa forma violenta, más o menos clandestina y organizada de hacer negocios que conocemos como mafia. Drive, una de las últimas películas de Ryan Gosling -star del momento que fue metamofoseándose a pedido de la industria en un Vin Diesel sensible y carismático-, toca de costado el género sacándole provecho: cuando nos enteramos, junto con el protagonista, de que detrás de un préstamo está metida la pesada de la Costa Este, sabemos que  las cosas van a terminar mal. Pero el director no hizo otra de mafias y asesinos a sueldo. Creó un gran personaje, climas densos y macabros con la ayuda de nada menos que Angelo Badalamenti y, en el medio, una historia de amor casi sin palabras, un cruce sutil de soledades y miraditas en el supermercado.

Gosling transmite ternura, pero desde hace tiempo también porta músculos. Combinando su nueva faceta con aquella de chico loser de película indie (Lars and the Real Girl) logra quizás una de sus mejores actuaciones hasta el momento. Es un conductor parco, profesional e imprevisible, aunque no por eso menos protector y cariñoso. Maneja lo que le den y para lo que sea. Puede ser chofer de dos desconocidos vestidos de negro o doble de riesgo. No tiene pasado ni amigos ni nombre. Bryan Cranston, el dueño del taller, lo usa para todo tipo de trabajos, siempre sacando su tajada y aprovechándose de que él no se queja. Es lo más parecido a un padre que tiene.

A Nicolas Winding Refn, el director de esta película, más que el crimen organizado y los autos le interesa otra cosa: convertir la violencia en un objeto estético, al mejor estilo La Naranja Mecánica. Ya lo había demostrado en Bronson (que a su vez parece una remake desmesurada de Chopper, lo mejor de Eric Bana en toda su carrera). En Drive, el conductor apuñala a un capo mafia: lo único que vemos son sus sombras luchando. Otra muerte es en el mar, de noche, con un Gosling irreconocible. De a ratos parece una parodia de Brian de Palma o de cierto cine clase B (esos créditos), como si se tratara de un Meteoro vengador.

Los aciertos de guión y dirección son varios. No hay exceso de persecuciones motorizadas ni fetichismo con los autos. La trama, como el conductor cuando tiene patrulleros acechándolo, no se apura en ningún momento y gana tensión de a poco a partir de un recurso infalible a la hora de contar: una historia simple que se complica. Ron Perlman, un gigante del cine -literalmente- , con su inconfundible cara de rasgos simiescos, no hace uno de los papeles a los que nos tiene acotumbrados (Hellboy). La charla entre Gosling y el otro mafioso en el restaurante, con el hombre ya bastante cabreado (Albert Brooks, el infaltable italoamericano), no tiene desperdicio: “Cualquier sueño que tengas, planes o esperanzas para el futuro, vas a tener que suspenderlos. Te digo esto porque quiero que sepas la verdad”. A esa altura, Drive es un thriller en el que todos miran en el espejo retrovisor de su paranoia porque alguien viene a cobrar la deuda, rápido y muy furioso.

La Casita del Horror

31 oct


A Estados Unidos se le debe reconocer que nunca tiene miedo de poner la etiqueta de universal a todo aquello que produce. Y nos guste o no, sin ponernos a pensar en las razones y/o consecuencias de esto, la verdad es que en cuanto a educación musical y fílmica, el material de estudio casi siempre nos vino del norte y en idioma inglés. También, mal que le pese a Greenpace, es experto en reciclaje. A tal punto que hay toda una generación que cree que, por ejemplo, las versiones de las canciones que se escuchan en Glee son originales y no covers de grandes (y no tanto) clásicos.

Su creador, Ryan Murphy, repite la fórmula que tanto éxito le dio usando esta vez como materia prima los elementos que definen el género del terror. Entonces, en American Horror Story no vas a ver nada que no hayas visto antes. Todo lo contrario, podes jugar a reconocer a qué película hace referencia ese asesinato, ese giro del guión, esa banda sonora, o esa toma, que, con la excusa del homenaje se repiten una y otra vez a lo largo de la serie.

Una familia de apellido Harmon, compuesta por un matrimonio y una hija adolescente, se muda de Boston a Los Ángeles. Las razones de dicha mudanza son tan familiares como trágicas: una infidelidad y una muerte. Si bien son clase media consiguen una mansión reciclada a muy buen precio como nuevo hogar. Lo que no saben es que la misma está embrujada y que su maravilloso piso de madera ha sido manchado con sangre con alarmante frecuencia.

Hay un problema de formato. No es lo mismo una película de una hora y media que una hora semana tras semana hasta completar trece capítulos, que es lo que durará la primera temporada. Para el cuarto episodio ya hemos perdido la cuenta de la cantidad de desgracias, disgustos y experiencias siniestras, no siempre sobrenaturales, que ha atravesado esta familia. A esta altura, es más la gente muerta que anda dando vueltas que la viva. ¿Qué están esperando los Harmon para irse? ¿Cuántos más tienen que morir? ¿Son boludos o se hacen?

Suponemos un eficiente y aceitado grupo de guionistas que por ahora sostienen la trama en el delicado límite de lo verosímil. Los argumentos van desde la crisis inmobiliaria (el nuevo Vietnam de los norteamericanos) hasta la lógica pérdida de conciencia de la realidad de los desafortunados nuevos moradores. Tenemos fe además que la historia avanzará sobre esa sensación de condena que tienen los sanguinarios y malévolos espíritus que habitan la mansión, que ya están un poco cansados de tanta muerte violenta y solo quieren irse al infierno.

Un apartado especial para Jessica Lange, que resume toda la maldad del mundo en forma de vecina, que no tiene ningún problema en llamar mogólica a su hija con síndrome de down o en robar cucharas y tenedores para luego venderlos por eBay. Otro gran personaje es la hija adolescente, que por estar atravesando esa época de la vida, es la que menos se asusta y hasta disfruta de tanto desquicio a su alrededor. Tal vez porque sabe que así como no hay nada nuevo bajo el sol, tampoco se encuentran muchas novedades entre las sombras.

Los que limpian

19 oct

Producto de la revolución industrial y de esa maldita costumbre de explotar colonias en el extranjero, a la larga tradición aristocrática inglesa se le adosa y se le pega toda una generación de burgueses con la suficiente plata como para comprar títulos de nobleza, castillos y por supuesto un verdadero ejército de sirvientes que, entre todo lo que hacían, tenían la tarea de recordarles, día tras día, que ellos también pertenecían.

Downton Abbey se ubica temporalmente a comienzos del siglo XX. 1912 para ser exactos y comienza con una que la sabemos todos: el hundimiento del Titanic.  Evento que sirve de punto de partida para que acompañemos a la famila Crawley tratando de superar esta y otras tragedias de diversos tamaños. Al recorrido también se suman todas las personas a su servicio: mayordomos, ama de llaves, ayudantes de cámara, cocineras, lacayos, sirvientes y chofer.

Mirando esta serie de origen británico es imposible no pensar en Lo que queda del día, en la maravillosa y obsesiva Gosford Park o en cualquier otra película, basada casi siempre en algún libro, cuyo objetivo es  detenerse y explotar el detalle más simpático de la época: la caída inevitable de la tradición, la rebelión pequeña y cotidiana de los que estaban al servicio de los más poderosos. Downton Abbey suma como fortaleza además el rescate de los detalles de tipo anecdótico: la introducción en la vida cotidiana de la electricidad, del teléfono, del uso de la expresión “fin de semana”, de los primeros pantalones para mujeres.

No faltan los amores imposibles, por conveniencia y prohibidos. Están los villanos, aristocráticos y plebeyos. Están el pasado y el futuro como amenaza constante. Está la salvaje pero diplomática dinámica de la interacción familiar así como la mirada y el acecho de todos aquellos que los ayudan hasta para vestirse. Como frutilla del postre, un vestuario impecable, calidad fotográfica de la imagen y unas actuaciones brillantes. Es la serie inglesa más cara producida hasta el momento. Según dicen, un millón de libras gastadas por episodio. Sabemos que costo y calidad no necesariamente van de la mano, pero acá, queda poco espacio para la duda.

Tal vez el único defecto sea que a veces tenemos la sensación de estar mirando la más trillada de las novelas. Pero al fin y al cabo, esto es televisión, y ante tanto brillo y prolijidad tampoco es cuestión de andar exagerando con las pretensiones.

Irse por las ramas

28 sep

En Adaptation, la película de Spike Jonze que acá se conoció como El ladrón de orquídeas, un guionista (Nicolas Cage) que sufre bloqueo, grabador en mano, empieza a tirar ideas para un futuro proyecto, de manera caótica y sin pausa. Arranca con la extinción de los dinosaurios y sigue enredándose, transpirado, en un brainstorming que no lo lleva a ningún lado. En cambio su hermano, siguiendo las enseñanzas del gurú hollywoodense Robert McKee, combina dos o tres elementos y lograr un thriller ajustado, previsible, ganchero. Uno anda por la casa estupidizado de tanta felicidad, el otro se masturba frente a la computadora.

Ya se habló muchísimo de la última de Terrence Malick, Tree of  Life. La noticia de hoy era que en Estados Unidos, si el espectador no tolera los primeros treinta minutos, se le devuelve el dinero. En esa primera media hora, Malick es el hermano interpetado por Cage que parodia al principiante que no sabe que a la hora de escribir, muchas veces menos es más. Puso en imágenes todo lo que le vino a la cabeza al momento de pensar la película, sin reprimirse ni guardarse nada. Llamó a un especialista en efectos especiales a la antigua, que había trabajado con Kubrick en 2001 Odisea del espacio, para darle forma a la Creación. Lo que se ve es fuego, líquidos en movimiento, algo que podrían ser las primeras criaturas que dejaron el agua para poblar la tierra. Esta parte no tiene nada de hipnótico (como se dijo por ahí) ni tampoco otras escenas que parecen sacadas de documentales (aunque es cierto que pueden ser disfrutables). Y nada suma que en el final veamos cómo es la vida adulta del más grande de los hermanos, donde aparece Sean Penn. Ni él ni Brad Pitt resultan imprescindibles para la trama, aunque Pitt siempre cumple. Son los chicos y la madre  (Jessica Chastain: una belleza helada) los encargados, con ayuda de un vestuario impecable y una musicalización minuciosa, de generar un clima de terror doméstico pocas veces visto.

Después sí, hay una familia en Waco, Texas, con un conflicto definido pero también ambiguo, intrigante, que toma desvíos. De más está decir que Malick jamás va a ser el segundo de los hermanos guionistas. Es uno de esos pocos directores que uno reconoce enseguida. Los saltos en la edición, los travellings, las imágenes apabullantes, la fotografía perfecta. Con muy poco de diálogo, con algunas frases susurradas y un punto de vista cambiante (aunque la mayor parte de la película se la lleva el hijo mayor) hace funcionar una historia que no tiene nada de novedoso salvo (y esto quizás sea todo) la forma en que está contada. Sólo por eso vale la pena verla.

El chirolita de Mel

27 sep

Imaginen esta escena: un guionista entrega su manuscrito a la prestigiosa y reconocida Jodie Foster, y a ella le encanta. Entonces reúne a los productores, convoca a un actor taquillero y del mismo prestigio que ella, compromete a un estudio. Imaginen ahora la cara de todo el mundo, ya en el set, después de haber leído el guión, aguantándose la risa o el espanto, porque Mel Gibson interpretará a Mr. Black, un señor que sale de una depresión gracias a que encuentra un muñeco de peluche en la basura (para más detalles, un castor) y, a partir de ahí, como si fuera un ventrílocuo trucho o un aprendiz de, lo hace hablar. Lo convierte en su alter ego, uno seguro de sí mismo, que le da consejos de vida y se transforma en el mejor terapeuta que puede tener.  Con su ayuda vuelve a ser un excelente empresario y padre de familia. Y ahora adonde va lleva a su no tan simpático castorcito, que habla por él y juega con su hijo, que acaba cuando él acaba y hasta (escena memorable) le da un beso en la boca a la mujer, que es, claro, Jodie Foster (¿no envejece?).

El castor (o sea, Gibson parloteando como si se tratara de otra persona) se expresa en un lenguaje confuso: inglés australiano cruzado con balbuceo de borracho, digamos. Cada tanto tira un “mate”, y listo. Leí por ahí que la historia secundaria (la del hijo que lo odia y quiere viajar) es más fuerte que la principal, cosa con la que es difícil estar de acuerdo. Ningún personaje levanta mucho: sencillamente no pueden competir contra un tipo que se baña con el castor en la mano (tratemos de no caer en el chiste fácil), que lo lava y lo viste. 

Hace poco también leí que el actor asutraliano dijo algo increíble sobre prepucios y párpados. Creo que me cae mejor el animalito interior de Mel, ése que alimenta con algunos tragos y no puede ser parte de ningún programa de autoayuda (dice que sus dichos anitsemitas fueron producto del alcohol, a quién no se le escapa alguna pavada en pedo). Hay que decir, por si alguno se anima a mirarla, que el canto a la vida tiene un giro no sé si inesperado pero aliviador, después de tanta tomada de pelo (que en una comedia aguantaría los primeros diez minutos, como mucho, y acá va en serio). La película en cuestión fue directo al DVD, y te deja pensando si nadie se dio cuenta, si de verdad hubo buenas intenciones o si creen que el público está ahí para que lo traten de boludo.

Louie

6 sep

Ricky Gervais dijo que es el comediante de stand-up vivo más gracioso de América, lo que equivale a decir del mundo.

Empezó como guionista de Chris Rock y Conan O`Brien, dirigió películas y cortos, trabajó en la tele, todo porque desde chico pensó en meterse adentro de la caja boba y cambiar la programación horrible que había para recompensar a su mamá, que era madre soltera y trabajaba todo el día. La pregunta, ahora que parecería estar de moda eso del micrófono y el escenario de una sola silla,  es ¿por qué Louis CK la pegó tanto que Ricky Gervais se hizo su mejor amigo y ayudó con una frase a que vendiera todas las entradas de su gira por UK?

Su programa “Louie” -que transmite la Fox- puede parecer un homenaje a Seinfeld, de quien fue telonero, aunque enseguida saltan las diferencias. Louis CK es más desprolijo, decididamente autobiográfico y, si lo de Larry David y Jerry Seinfeld era de interiores y sobre la “nada” misma, “Louie” tiene muchos exteriores -una Nueva York con todo su encanto y su sordidez-, y un asunto o conflicto bien marcado por episodio.

Encontró una manera novedosa y brutal de hacer ese humor de lo cotidiano (everyday humor): reírse del caos, de la cantidad de cosas absurdas que pasan todo el tiempo alrededor nuestro. Ejemplos sobran: la escena del homeless que corre hacia él y, como se las ingenia para esquivarlo, termina atropellado por el colectivo; la vecina de más de setenta años que entreabre la puerta de su casa  y asoma apenas la cabeza amenazándolo: “Estoy desnuda. No tengo ropa puesta”; los caprichos de sus hijas, que cada tanto lo hacen sentir miserable comparándolo con la madre.

En los shows en vivo sabe meter el humor negro y lo políticamente incorrecto cuando el público no lo espera (“Es mentira que cogería con un chico, lo digo para que ustedes se pongan así”). En sus chistes hay: pedos, diarrea, semen, decadencia corporal, agujeros, penes arrugados. Es muy recomendable “Hilarious”, una presentación en vivo en la que, entre otras cosas, narra las vacaciones en Italia con sus hijas, y cuenta desde una invasión de ponys que muerden hasta el día que una de ellas hace sus necesidades literalmente en el piso.

Arrancó “Louie” con un presupuesto de 200.000 dólares. Escribe, dirige y edita él mismo. Los episodios van creciendo en intensidad con diálogos y escenas muy distintas a las que acostumbran a verse en el género (Curb Your Enthusiasm). Son como relatos neoyorquinos de un humor amargo, con algún que otro asomo de ternura, como cuando van a Pennsylvania a visitar a una tía de 96 años o cuando él le regala un patito a una chica afgana. Ahora que es mundialmente famoso, puede darse lujos: capítulos divididos en dos partes, sin ninguna relación entre sí, con escenas gratuitas en el buen sentido (en particular “Subway”). Joan Rivers de invitada. Pasa un tema musical completo, sin cortes. Además está Pamela Adlon, que es asistente de producción y hace de ella misma. En un episodio brillante de la segunda temporada, Louie se la intenta levantar con una declaración de amor sincera, y todo el tiempo pensamos que es un chiste pero no, es en serio, está enamorado de una mina copada y linda que lo rechaza de una manera encantadora, entonces lo vemos sufrir y gritar en la calle, y no podemos menos que creerle.

Hay un montón de videos en Internet, fáciles de encontrar, por eso preferimos subir éste en el que HBO reunió a Ricky Gervais, Jerry Seinfeld, Chris Rock y Louis CK alrededor de una mesa para hablar sobre eso que hacen.

1000 maneras de morir

30 ago

La chica estaba teniendo sexo virtual con su novio. Se ata a la silla y se pone una cinta adhesiva en la boca para excitarlo. En eso entra un ladrón, y después de robarle, le dice susurrando, bien cerca de la cara: “Cariño, me has hecho el trabajo más fácil”. Ella muere. ¿Se muere de miedo? ¿Le agarra un patatús? ¿Un paro cardíaco? No. Se muere a causa del mal aliento del ladrón.

Un grupo de veinteañeras se encuentra después de diez años de haberse conocido. Arman una piyamada, visten camisones sexies, hablan con muñecos de peluche y pelean con almohadas mientras de fondo se escucha una música bien pornográfica. Una de ellas, la madura del grupo, se ha convertido, palabras textuales del locutor, en “una imparable perra”. Juegan al “conejo mofleutdo”, que consiste en ponerse malvaviscos en la boca y hablar. La que más malvaviscos junta, gana. La imparable perra, por supuesto, gana. Y por supuesto, muere. ¿Cómo? Atragantada.

Esos son algunos de los miles de ejemplos de muertes insólitas que se muestran en “1000 maneras de morir”, un programa estrenado en Estados Unidos en 2008 y que actualmente se transmite por el canal Infinito los domingos a la medianoche.

Además de las recreaciones, que son de lo más bizarro que pueda encontrarse desde el tan añorado Zap!, aparecen científicos, psicólogos, médicos y especialistas. Una, por ejemplo, cuenta que la inseguridad es un factor clave en las reuniones donde las chicas juegan a ser chicas malas. No hay mucho más para decir del programa. Es gracioso, por momentos inverosímil, uno se encuentra riéndose a carcajadas de la chica que murió porque se le explotó el corpiño o del que de tanto bailar se prendió fuego. Es el mejor programa de toda la televisión.

Seducido y abandonado

30 ago

Ya sea como motor de la historia o como inspiración, si las mujeres no abandonaran a los hombres habría mucha menos literatura. Esto es lo que le pasa al protagonista de Trampa de Luz, de Matías Capelli. Una mujer que se fue, y regresa solo por un rato, deja en evidencia el espacio vacío. Por desborde, el lugar de esta pieza faltante empieza a ser ocupado por la propia historia que incluye otras ausencias, la billetera casi vacía, un departamento deteriorado, un auto estacionado desde hace mucho tiempo en el mismo lugar. Hay otras mujeres, sensuales pero distantes o prohibidas por la sangre. Largo será el día hasta llegar a la noche. Contará con la ayuda  de Silas, un portero devenido en guía sentimental y geográfico, sin tener demasiada conciencia de ello. El viaje concluirá a la mañana siguiente con algo así como una respuesta o una frágil esperanza.

En su primera novela (y segundo libro) Matías Capelli es agudo y preciso en los detalles, en los gestos que terminan de completar diálogos y situaciones. Exhaustivo en la descripción de los pensamientos que surcan la cabeza del protagonista, logra a su vez una historia que avanza sin pausa por la acción. Un After Hours indefectiblemente porteño y por eso melancólico, oscuro y asfixiante, donde no falta ni la lluvia, ni la puta, ni el cruce con personajes varios de distinta calaña, reconocibles y particulares a la vez. Se sospecha, de tanto en tanto, un cierto abuso de metáforas y comparaciones de corte poético así como de palabras que suenan un tanto anacrónicas.

Por estilo y clima es posible asociar Trampa de Luz con Placebo, de José María Brindisi. Y por qué no cerrar un triángulo sobre la soledad masculina con Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Con este último  además comparte la noción de viaje pero sin fines  iniciáticos o epifánicos. Se trata más bien de contar qué es lo que pasa en la mitad del recorrido, en las paradas al costado de la ruta, en la descripción de los paisajes cambiantes a medida que se avanza. En cada caso serán distintos los ribetes, otros los destinos. Pero cada uno servirá para llegar a la misma conclusión: a veces es bueno que el hombre esté solo.

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